Salvador Dalí en Borisov

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En Borisov no pasaba nada. Solo el tiempo. Cuando Salvador Dalí pintó “La persistencia de la memoria, también conocida como “Los relojes blandos”, jamás pensó que ésta iba a convertirse en la obra que lo acercaría por completo al gran público, puesto que con el paso del tiempo el óleo ha pasado a ser una imagen familiar incluso para aquellos menos interesados en el arte del siglo XX. Se dijo durante años que “la teoría de Dalí sobre lo blando y lo duro encuentra en las estructuras de los relojes su máxima expresión, sobre todo como manifiesto del tiempo que se come y que come“. El tiempo siempre pasa aunque no pase nada. El tiempo es eso: tiempo. El tiempo languideciendo entre el paisaje de Dalí fue objeto de diferentes interpretaciones en la prensa de la época y cuando la pintura llegó a Estados Unidos -fue expuesta en la Julien Levy Gallery de Nueva York en 1932- surgieron teorías algo estrafalarias que se preguntaban si “la textura blanda de los relojes expresaba impotencia”. “O potencia”, decían otros, “ya que el tiempo, simbolizado por los relojes, significaba un poder que se podía transformar en cualquier cosa”. En realidad pocas pinturas satirizan mejor algunas de las principales obsesiones consustanciales a la experiencia vital del ser humano desde el siglo pasado: el paso del tiempo, la importancia del mismo y la angustia del hombre ante su propio destino. Relojes diluidos, que no sirven, que no funcionan, que abogan por acabar con el existencialismo y con una angustia que nos persigue a todos. La angustia de sentir el paso del tiempo y tener que escribir una crónica sin que pase nada más, solo el tiempo.

“Lo mismo que me sorprende que un oficinista de banco nunca se haya comido un cheque, me asombra que nunca antes de mí, a ningún otro pintor se le ocurriese pintar un reloj blando”.

El tiempo pasaba y así se llegó al descanso. Lo anecdótico, -4 grados en el Borisov Arena, se convertía por momentos en lo único destacable para explicar unos primeros 45 minutos sin ocasiones claras. El BATE no quería destaparse, asumiendo que la utópica lucha por la 2ª plaza del grupo era eso, una auténtica quimera, y el Oporto dejaba pasar los minutos manteniendo el control del esférico y confiando en que la inercia y la diferencia de nivel técnico en las posiciones de ataque le acabaría dando rédito en el segundo tiempo. No se equivocaban. Por alguna razón, al Oporto no se le ocurrió probar el disparo desde media distancia hasta el minuto 65 de partido ante un equipo que había encajado 19 goles en 4 encuentros. Héctor Herrera se animó a hacerlo con potencia desde el perfil derecho y Chernik apenas opuso resistencia.

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Vitali Rodionov disputó 75 minutos. Foto: Edu Ferrer Alcover. Todos los derechos reservados.

Con el gol en contra, el reloj del BATE pareció detenerse. Se quedaron clavados, desconcertados. Sin pilas. Y el Oporto aprovechó para certificar la victoria con un remate ajustado al palo de Jackson Martínez, asistido por Herrera, a falta de 25 minutos para el pitido final. Tras un cuarto de hora en el que sí pasaron cosas, el Oporto se limitó a dejar pasar lo que siempre pasa: el tiempo. Tello (0-3), sobre la hora, dejó su firma en la pintura de Borisov. 

Foto de portada: Edu Ferrer Alcover. Todos los derechos reservados.

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