Historias de la final

A general view of UEFA Champions League Final at the Principality Stadium, Cardiff
Picture by Mike Griffiths/Focus Images Ltd +44 7766 223933
03/06/2017

El pizzero napolitano

La final de la Champions fue este sábado en Cardiff, pero ya llevaba tiempo horneándose en todo el planeta fútbol. Dos semanas antes de la final, Pablo estaba viendo el Málaga-Real Madrid en un bar de Londres. En el descanso, luciendo los colores del Madrid, se fue a pedir una pizza para llevar a la pizzería de al lado. Tras unos minutos de espera, el camarero, con rostro serio y acento italiano, le entregó la pizza diciendo ‘mensaje especial del chef’ y se marchó sacando una media sonrisa. El desconcierto inicial de Pablo se esfumó en cuestión de segundos, cuando descubrió que en la tapa de la caja habían escrito con rotulador ‘Hala Madrid! Fuck Juventus! Forza Napoli!’. A Pablo ya no le puedes decir de ir a coger pizza a otro sitio: ese pizzero napolitano se ha ganado su predilección.

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Foto: MarcadorInt.

Highway to Cardiff

Un numeroso grupo de aficionados devotos de la Juventus tomaron las carreteras rumbo a Cardiff a lo grande: montados en el trailer de un camión adaptado para que se pueda estar de pie, con música de ACDC de fondo y agitando banderas bianconeri. La imagen no tiene desperdicio.

El viaje en bus

Había alternativas a plantarse en Cardiff montado en un camión, y menos mal. Yo opté por ir en bus a Bristol desde la estación de autobuses de London Victoria -de Victoria a la victoria, debían pensar los aficionados de la Juve y el Madrid- y de ahí coger un tren a Cardiff. La mayoría de los hinchas en Victoria esperaban el bus a Cardiff de las 9am. Yo estaba haciendo la cola para el bus de las 8.30am a Bristol y tenía a cuatro bianconeri delante. Hubo un par de retrasos que dejaron a todo el mundo confuso, empleados de la estación inclusive. En esos instantes de incertidumbre, una pareja de madridistas se subieron a un bus con destino Bruselas creyendo que era el de Cardiff. Después les redirigieron al bus adecuado. Pero imagínense: no les llega a mirar bien el billete el inspector (en algunos buses ni siquiera lo sellan, simplemente le echan un ojo) y quizás se cruzan el Canal de la Mancha creyendo que están atravesando el Río Severn que separa Inglaterra de Gales. Me senté en la última fila de la segunda planta del bus con los hinchas de la Juve. Ellos viven en Londres, pero habían ido a Turín para el partido contra el Monaco. ‘¿Y qué tal?’, pregunté. Uno de ellos, que llevaba una camiseta de Claudio Marchisio firmada por toda la plantilla, respondió resoplando y agitando la cabeza y añadió un ‘incredible’. En el trayecto fueron alternando la visualización de vídeos de la Juve con la lectura de la Gazzetta; las cabezadas con los debates apasionados sobre calcio. “Los interistas… los interistas están nerviosos. Seguro que no han dormido esta noche. Tienen miedo de vernos hacer el triplete”, dijo uno. También hicieron FaceTime con un amigo suyo de Turín y cantaron ce ne andiamo a Cardiff’. Miro por la ventana y veo que bastantes coches están ocupados por aficionados de ambos equipos. El paisaje son postales de la verde campiña inglesa. Finalmente llegamos a Bristol. En frente de un hotel Holiday Inn hay un grupo de madridistas; varios de ellos se pasan el balón en un rondo.

Foto: MarcadorInt.
Foto: MarcadorInt.

El taxista de Bangladesh

Cogí un taxi a la estación de Bristol Temple Meads. El taxista, que era de Bangladesh, me preguntó qué me traía a Bristol. Desconocía totalmente que se jugaba una final en Cardiff y cuando se lo dije le extrañó que fuese de fútbol — él asociaba más a la capital galesa con el rugby, y no le faltaba razón, pues ese es el deporte principal del país. Nos cruzábamos algunas palabras de forma intermitente a lo largo del trayecto. Hablando sobre Londres me contó que en su día él había sido dueño de un restaurante indio en King’s Cross y que ahora tenía uno en Bristol. En un semáforo se giró y me miró diciendo ‘estás en una buena edad para empezar en el periodismo; yo empecé a tu edad’. ¿Dueño de un restaurante indio, taxista y periodista? ‘Así es. Aunque lo de periodista ahora lo hago gratis. Si sucede algo relevante, le mando una nota a la prensa de Bangladesh y no les pido nada a cambio porque tienen muy poco dinero y su moneda es muy débil en comparación con la libra’, me explicó. También me dijo que había publicado 20 libros — casi todos novelas, pero también algunos sobre política o economía. En el tramo final del viaje permanecimos en silencio hasta que de pronto me miró por el retrovisor y preguntó ‘¿qué tal te está tratando la vida?’. Mucha gente me había preguntado qué tal estaba y yo respondía que bien, casi de forma automática. Pero el taxista de Bangladesh formuló la pregunta de un modo que de verdad me hizo reflexionar sobre qué tal estaba y me hizo sentirme realmente complacido. Le devolví la pregunta. ‘Trabajo, tengo hijos, mis hijos crecen… todo marcha bien’, respondió.

Las calles de Cardiff

De Cardiff no pude sacar las mismas conclusiones que de Bristol porque la vi en un contexto complemente atípico. La ciudad había sido tomada por los fans. Era imposible no tener muy presente que se iba a jugar una final. Bianconeri y madridistas se preparaban para el partido. También había dos tipos de outsiders: los que venían con camisetas de otros equipos (vi a un grupo de gente con la del Athletic Club, a dos del Aberdeen, a uno del Manchester United…) y los galeses e ingleses que habían venido a unirse a la fiesta del fútbol, pero sobre todo a la de la cerveza. La calle principal que guiaba al Castillo de Cardiff estaba repleta de hinchas. Imágenes de las estrellas de cada equipo que participó en esta edición de la Champions decoraban la fortificación. En medio estaban Dybala y Bale. Encima, un dragón, símbolo de Cardiff y de Gales, resguardaba una gran réplica de la orejona.

Foto: Kristian Kane/Focus Images Ltd.
Foto: Kristian Kane/Focus Images Ltd.

El bianconero en grada comanche

Michael Rovezzi es un italoamericano de Boston. Vino a Cardiff cargado de ilusión para apoyar en la final a su equipo, la Juventus. Aunque su plan tenía un pequeño inconveniente: la entrada que había conseguido correspondía a una localidad en el fondo de los aficionados del Real Madrid. A Gales llegaba con la compleja misión de encontrar a un aficionado con entrada en el fondo de la Juventus que estuviese dispuesto a ver el partido desde la grada del Madrid. Preguntó a conocidos, miró en foros… pero nada. Cada vez quedaba menos para el partido. Iba a tener que morderse la lengua con el gol de Mandzukic -o celebrarlo solo y ser el individuo más detestado en el fondo del Madrid- y también tendría que ver cómo toda la gente a su alrededor festejaba la derrota de su Juve. Todavía tenía opciones de evitarlo. Eran, eso sí, remotas. Accedió al estadio por la zona del Madrid despertando miradas poco amistosas, y es que lucía no una sino dos camisetas de la Juve: una nueva y por encima una vieja, su camiseta de la suerte. Y suerte es lo que persiguió ya a la desesperada. Moviéndose por el graderío superior, Michael empezó a buscar a aficionados con la camiseta del Madrid que tuviesen cara de sentirse desubicados. Finalmente consiguió encontrar a un aficionado madridista con el que cambiar entradas y pudo ver la final rodeado de bianconeri. Menos fortuna tuvo su equipo, que cayó derrotado. Michael había hecho un largo viaje de ida soñando con un triunfo y se tenía que marchar aceptando una derrota. Pero no le importó. “Ya lo había vivido hace dos años cuando fui a Berlín y lo volvería a hacer otra vez. No hay nada como asistir a una final, y te lo digo habiendo visto cómo hemos perdido dos (ríe)”.

Foto: Paul Chesterton/Focus Images Ltd.
Foto: Paul Chesterton/Focus Images Ltd.

La mañana siguiente en Bristol

Salí del estadio a medianoche y me encontré unas calles mucho menos concurridas de camino a la estación de tren. En la estación de Cardiff Central largas colas de aficionados -casi todos madridistas que se habían quedado a saborear el triunfo de forma más distendida- esperaban a los trenes a Londres y Bristol. En la cola del 1.05am a Bristol, dos amigos madridistas hablaban de cómo esta final había sido la que más habían disfrutado. “Lisboa fue muy especial, Milan también, pero la segunda parte de hoy ha sido increíble”. La mañana siguiente, en Bristol, un aficionado del Real Madrid pasó al lado de un grupo de gente del mismo equipo. Sin cruzar miradas, el que iba solo dijo ‘cómo no te voy a querer’ y los otros siguieron el cántico y se fueron en direcciones opuestas. (Ese cántico, el ‘cómo no te voy a querer’, ha llegado a un punto en el que suena mal. ‘Cómo no te voy a querer si has sido Campeón de Europa por novena/décima/undécima vez’, eso sonaba bien. Ahora la letra extra que aporta el término ‘duodécima’ hace que el verso se haga muy largo y quede un poco raro. Bendito problema el que tienen los merengues: que de tanto ganar, su cántico preferido ya no quede bien). Bristol: calles con carácter, algunas callejuelas adoquinadas, con edificios coloridos, antiguos, agradables y decadentes, con arte urbano -incluido el del afamado artista Banksy, que es originario de la ciudad- y también los bares en barcos al lado del río, el ambiente universitario, una avenida rodeada de árboles y repleta de cafeterías donde gente guay toma brunch, parques, iglesias, tiendas de discos y anticuarios. La ciudad me ganó. En su día había sido una de las principales urbes británicas, sólo a la sombra de Londres. Con su sencilla salida al mar por el Río Avon, Bristol había tenido un rol protagonista en los tiempos en los que los bancos del Imperio Británico llenaban sus arcas con dinero procedente de la venta de esclavos en el Nuevo Mundo. A día de hoy es la sexta ciudad más grande de Reino Unido. Me dio la impresión de ser un sitio tranquilo al que tampoco le faltaba de nada, y me gustó. Me imaginé cómo sería una vida idílica ahí: escribir sobre el Bristol Rovers para la prensa local, pasear, bajar a ver qué se cuenta el río, ir a esas cafeterías a tomar brunch con una universitaria… Luego cogí el tren a London Waterloo, rememoré todos los detalles de la final y escuché Waterloo Sunset.

Foto: MarcadorInt.
Foto: MarcadorInt.
Foto de portada: Mike Griffiths/Focus Images Ltd

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3 comments

“El “‘cómo no te voy a querer’, ha llegado a un punto en el que suena mal.”
Os sonará mal a los antimadridistas. Nosotros encantados de ello.

A mí me da la impresión de que el verso del cántico en el que de dice cuántas copas ha ganado el club ahora se hace un poco largo. Creo que te lo has tomado como algo despectivo hacia los madridistas cuando precisamente es todo lo contrario: estoy resaltando lo exitoso que ha sido el Real Madrid en Europa. Un saludo, Javi.

A modo estricto, tanto Undécima como Duodécima tienen las mismas sílabas, es decir, ambos suenan algo forzados.

El verdadero problema vendrá cuando se gané la 13ª, porque decimotercera, si que tiene más sílabas que las anteriores

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