¡Maldito Ramsey!

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Aaron le costó al Arsenal lo que cuesta un frapuccino en Starbucks, cinco millones de libras, y desde que debutó frente al Wolverhampton Wanderers, allá por 2009, tenía pinta de acabar componiendo canciones ligeras para Take That mientras descubría negocios internacionales turbios como espía en el MI6. De Gales y medio Príncipe, Arsène se aventuró a decir con solemnidad de notario que se trataba de un “offence-minded Roy Keane”; por supuesto muchos no le creímos. No había ni rastro de esa mueca de ira contenida que sólo han puesto Keane en Old Trafford, Hopkins en El silencio de los corderos y, más tarde, Ballesteros en el Ciutat de València.

Él era pura frescura y jugaba como un pingüino. Se movía por el terreno de juego erguido, a pasitos, casi siempre en una línea imaginaria de arriba a abajo que le servía para poner luz y armonía a un centro del campo de fuegos artificiales que a ratos se volvía desconcertante. Tenía hielo en la sangre pero su fútbol se volvía cálido: bajaba a recibir, guardaba la pelota con mimo en la bolsa de plástico que envolvía su pie derecho y la entregaba arriba con elegancia. El cartero de Caerphilly. No era un tipo corriente, incluso alguna vez jugó con sombrero de copa y corbata anudada a lo Windsor.

Arsenal v Chelsea Barclays Premier League

Aaron Ramsey. Foto: Focus Images Ltd

Su trayectoria futbolística se escribe en dos párrafos bien cargados de letra, separados por un punto y aparte marcado con tinta roja un 27 de febrero del año 2010 en el Britannia Stadium. Desde aquella tarde, el Arsenal viaja a Stoke-on-Trent con dieciocho jugadores y veinte camillas, por si alguno tiene que volver a Londres por piezas. Dolor. El golpe seco de Shawcross, siempre un seis en la Fantasy, cortó a Ramsey en chuletitas y el Arsenal se tuvo que comer una recuperación lenta y dolorosa. La cosa pintaba muy mal desde el principio, pero nadie podía esperar que un producto de alta gama acabaría vagando por el desierto de las rebajas durante un par de años. De hecho, los mismos que dudamos de la solemnidad de notario de Wenger meses atrás casi acompañamos al medio galés a firmar su testamento ante fedatario público en una especie de peregrinación amarga llena de velas y capuchones rojiblancos.

Rompió la tibia, el peroné y cientos de fotos pegadas en las carpetas de jóvenes británicas que guardaban sus apuntes al abrigo de una dentadura blanca y pelo rubio de yerno perfecto. Eso y la polea que poco a poco estaba destinada a arrastrarlo a la élite del fútbol continental. Ahí comenzó su penitencia: nueve meses después del embarazo en forma de tackle inseminador, nació una cesión al Forest de Billy Davies. Luego, otra de un mes al Cardiff City, para por fin acabar sentándose -que no asentándose- en el Emirates. Llegó caminando, aunque con andador. Y los fantasmas del incidente en North Staffordshire lo visitaban en cada control, en cada sprint y en cada golpeo. No conseguía pasar página y Wenger parecía un capitán a la deriva en medio del Pacífico, gritándole a su tripulación que tarde o temprano el barco de Aaron llegaría a tierra firme, cuando la impaciencia amenazaba con acabar tirando al galés por la borda entre el fervor de una afición amotinada.

Cuestionado por paganos y creyentes absolutamente desmotivados, escurriéndose bajo las arenas movedizas de la alta competición, Ramsey se enchufó sin cargador y consiguió asomar la cabeza evitando la guillotina: encajó juntas, atornilló su rótula en pedacitos, acabó pronto el frasco de Loctite, le dio una palmada en la espalda a Wilshere y, soldándolo todo, saltaron tantas chispas que al levantar la cabeza lo vimos ser Califa en la Champions, bautismo de fuego como mediocentro de cartón-piedra ante un Fenerbahçe apagado o sin cobertura. Por fin todo encaja. Parece un silo de cereales concentrado en una barrita energética, menos MI6 y más carterista, menos Duque de Edimburgo y más callejero, pillo y mediofondista, keniata de 10.000 obstáculos en un círculo central del campo lleno de zanjas y vallas. Le falta un clic en el pase, la sustancia que lo hacía especial, el punto de genialidad que, a veces, muestra con nitidez entre tanto garabato. Su absolutismo comienza a abarcarlo todo y Arsène, insaciable, le pide más y más a uno de sus favoritos, a su “all-around player”. Toc toc. Ya está aquí.

Foto de portada: marcadorint

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5 comments

Hermoso artículo! tiene todo lo que le gustaría escribir a la "creyente desmotivada" que fui luego de lo de Shawcross.

Gracias.

Pues yo creo que a Ramsey en los partidos grandes se lo van a comer con patatas. A mi me hermana ya le he dicho que no forre la carpeta con su foto.

Me ha encantado el artículo. Esperamos mucho de Rambo este año.

Por cierto, gran fichaje el de Rosende para MI, esperemos que el Arsenal haga fichajes de tanta calidad como este

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