¿Hasta cuándo?

during the International Friendly match at the Emirates Stadium, London
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28/03/2015

Nací hace 24 años y para mí el Mundial de Alemania en 2006 es un punto de inflexión en la historia moderna de la selección brasileña. Antes de explicar los motivos, debo decir una cosa: nunca he visto (en directo, por mi edad) practicar a Brasil con regularidad el fútbol asociativo y virtuoso que tanto se reclama a menudo. El Brasil del 70 o el Brasil del 82, de momento, no ha vuelto. Tampoco parece cercano su regreso.

En Corea y Japón se proclaman campeones del mundo con un esquema que incluía tres centrales y dos mediocentros como Kleberson y Gilberto Silva, ninguno de ellos un virtuoso con la pelota -lo cual no quiere decir que Gilberto no fuese muy buen mediocentro-. Sí poseía individualidades capaces de resolver en una acción el partido: Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos o Cafú. Pero no abundaba el fútbol fluido, asociativo y atractivo que tanto se ha exigido en la pasada década.

La participación brasileña en el Mundial de Alemania amenazaba con ser otra cosa. Aquel equipo tenía rasgos de conjunto demoledor y los amistosos previos de preparación nos hablaban del mejor jugador del mundo entonces (Ronaldinho) integrado en un cuarteto extraordinario con Ronaldo, Kaká y Adriano. Era su momento. Pero apareció el pie de Thierry Henry, en una especie de final anticipada contra los galos, y aquello se acabó. Ronaldinho nunca volvió a ser el mismo después de ese torneo, Ronaldo perdió fuelle al cumplir los 30 años y la pentacampeona del mundo entró en una espiral de mediocridad, pérdida de caché y credibilidad.

“Ahí hay un punto psicológico. Cuando Ronaldinho consigue ser el mejor jugador del mundo, creo que se libera de todos los traumas que le han motivado a ser el mejor: la muerte de su padre (un gran aspirante a ser un buen futbolista), la lesión de su hermano en el PSG, que una familia relativamente humilde pueda vivir acomodada… Y de golpe y porrazo, cuando ha hecho todo eso, él espera que le lleven en volandas. Y la gente le sigue exigiendo que marque goles, le sigue exigiendo que sea el mejor, le sigue exigiendo que marque diferencias… ya no puede, porque se ha dado un respiro. ¿Qué ocurre? Jugaba a la velocidad de la luz y, de golpe y porrazo, pasa a jugar a cámara lenta porque administra sus recursos”, cuenta Ramón Besa en el programa ‘Informe Robinson’ dedicado al astro brasileño.

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“En el 70 estaba Pele y cuatro más a su alrededor, en el 82 tenías a Sócrates, Zico y Falcao, que eran la hostia. En el 90 y 94 había jugadores importantes. Antes cada equipo en Brasil tenía cinco jugadores internacionales. Y tú que no eras aficionado del Flamengo o del Fluminense sabías el equipo que tenían. Hoy, yo que soy aficionado del Vasco de Gama, no sé cual es su alineación. Perdimos esa fábrica de jugadores”, se lamenta Mazinho en una entrevista con ‘El País’.

Porque los problemas recientes del país que más veces ha ganado la Copa del Mundo no se reducen al estilo de juego impuesto por sus distintos seleccionadores, ni tampoco a los malos resultados o a la ausencia de un ‘9’ convincente (Fred, Jonas, Jô, Oliveira o Gabriel han ocupado últimamente ese papel).

Mazinho en ‘El País’: “Hace poco pensaba: ¿cuándo perdimos la técnica? Y creo que fue cuando ganamos el Mundial en 1994, porque fue cuando cambiamos el sistema. Nunca antes un equipo brasileño había jugado con un 4-4-2. Nuestro fútbol era un 4-3-3 o un 4-1-5. No teníamos hombres fijos en la mitad del campo. Pero, por la necesidad de ganar un título en Estados Unidos, cambiamos el sistema. Habían pasado 24 años desde la última vez que Brasil había conquistado el Mundial y Parreira pensaba que tenía que igualar la fuerza europea. Dejó a Bebeto y Romario arriba, sin preocupaciones defensivas, y el resto teníamos que trabajar como locos. A partir de entonces, los clubes brasileños empezaron a copiar el sistema. Ese fútbol combinativo que teníamos parecía lento porque la gente no se movía, pero no lo era. Corría el balón, no los jugadores. Nadie era capaz de robarnos una pelota. No había esa prisa.”

 

Un grave problema afecta a las dificultades para formar mediocentros de primer nivel. No hay un Mauro Silva, un Mazinho, un Gilberto Silva que mande en el medio, que gobierne los partidos y tenga una gran autoridad en el juego.

¿Hasta cuándo?

Foto de portada: Focus Images Ltd

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4 comments

Magnífico artículo, se tiene que analizar más en profundidad, tanto a nivel histórico como táctico, los problemas de Brasil para tanto realizar un juego vistoso como para ser competitiva en las grandes citas. Es cierto lo de la falta de mediocentros dominantes, y es un problema crucial ya que en el fútbol de hoy es muy de dominar a base de tus centrocampistas. Cuando lo mejor que tienes en ese puesto son Casemiro o Fernandinho es dificil que vayas a dominar con soltura ante selecciones menores o competir con las más fuertes. La falta de entrenadores top es muy importante, pero tiene que ver con la cada vez mayor distancia entre el fútbol que se juega en Brasil y el de Europa. ¿Sería lo mejor para Brasil tener un entrenador europeo de renombre asociado al fútbol más moderno, tipo un Roger Schmidt o un Jurgen Klopp, o sería su fracaso todavía mayor al internar implementar una visión muy alejada tanto de su tradición como de su presente? Es decir, si la solución parece claro que no pasa por una Brasil que intente ser defensiva y de contraataque como últimamente, ni puede pasar por volver a un fútbol maravilloso de cinco mediapuntas por la competitividad Europea que el propio Mazinho cita que les forzó en el 94 a abandonar el tradicional tiqui-taca y cinco arriba, y por que esta competitividad no ha hecho sino aumentar en las últimas dos décadas, entonces si tampoco pasa por llevar las ideas europeas modernas ahí, no hay ninguna solución?

Yo creo que a Brasil, al menos en los últimos 10 años lo que le falta son jugadores dominantes y de primer nivel, da igual detrás, en medio o delante. Desaparecido Ronaldinho (y Kaka), y antes de Neymar, los mejores brasileños son los defensas. Y, obviamente, faltan buenos entrenadores que entiendan (o quieran practicarlo) el fútbol moderno. Por último, realmente su gran problema es falta de humildad y autocrítica (reflejado quizás más en entrenadores que en jugadores), pues siguen pensando que son la gran Brasil de los 70 y 80 (y parte de los 90).

De todas maneras, ¿no hay algún entrenador brasileño joven con el suficiente talento para poner en marcha un sistema de este tipo? Ya no en la selección, sino incluso a nivel de clubes. Y es cierto que los jugadores que salen hacia Europa no cuentan con estrellas renombradas con capacidad de desequilibrio por sí mismas, quizá Neymar y Douglas Costa. Pero ciertamente les falta toque y despliegue en el medio.
Dunga apostó al músculo y a la fuerza y erró. Si es hora de buscar otra cosa, Tite no parece el indicado, sus equipos siempre se parecieron a los de Dunga: rocosos, duros, poco expresivos en el juego

Lo de Brasil es complicado, pero es algo que se veía venir. En un momento la abundancia de talento (jugadores como Djalminha, Marcio Amoroso, Assuncao, Juninho Pernambucano eran una segunda selección de lujo) logró que un técnico anticuado como Mario Lobo Zagalo ganara la mayoría de titulos desde el 94 al 98 e incluso alcanzara la final del Mundial. Lo que parecía ser un proceso de “modernización” con Wanderlei Luxemburgo se frustró y luego se apeló a un esquema muy contranatura implementado por Scolari en el 2002, ganando con ese esquema de tres centrales y carrileros el Mundial (tercera final consecutiva de Brasil de las cuales ganó dos). Luego volvió Parreira, y más tarde otra vez Scolari; es decir, se entró en un bucle que fue consumiendo a la selecao, y ante la falta de tanto talento como antaño, se están viendo las consecuencias de una dirigencia nefasta y técnicos desfasados y poco preparados. En Argentina posiblemente ocurra lo mismo una vez que la generación de Messi se retire luego del Mundial 2018, y aún con grandes chances de ganarlo (y encadenando varias finales en distintos certamenes), se avizora un futuro bastante preocupante, producto de una dirigencia impresentable.

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