Clichés

Italia, subcampeona de Europa. Japón, campeona de Asia. Se dice de la azzurra que es la competitividad hecha selección. Que nunca están muertos. Se dice de los samuráis que son estetas, trabajadores y que dominan los partidos. Pero también que no la meten y que defienden mal. Son dos culturas futbolísticas que solo tienen de parecido el hecho de que ambas usan el balón para expresarse. Y ambas se manifestaron en todo su esplendor en la lluviosa noche de Recife. El Italia-Japón permitió que viéramos cómo esos clichés y lugares comunes se siguen ajustando a la realidad para desgracia de unos y gusto de otros.

Cesare Prandelli mantuvo en el once inicial a la que parece ya su apuesta personal, Emanuele Giaccherini, y tan solo dio la titularidad a Alberto Aquilani en detrimento de Claudio Marchisio con respecto al equipo que le ganó al Tri. Parecía que se iba a prolongar el extraño 4-3-2-1 que funcionó a medias ante México el domingo, pero el jugador de la Fiorentina se colocó desde el inicio en la demarcación de mediapunta, lo que llevó a la escuadra azzurra al 4-4-2 en rombo con el que venía jugando hasta hace no tanto. La consecuencia de que no hubiera volantes abiertos era que Giaccherini quedase completamente descontextualizado como “delantero” en la línea de Balotelli. Evidentemente, unos metros por detrás, lo que supuso todo un desbarajuste táctico. Alberto Zaccheroni dio continuidad al once tipo con el que Japón jugó los clasificatorios asiáticos para el Mundial y retiró a Kiyotake para poner a Okazaki en banda y a Ryoichi Maeda en la punta del ataque.

“Hemos mostrado solo el 50% de lo que somos”, decía Zaccheroni el sábado. La idea era que podían hacer más y que los tempraneros goles brasileños (tras tres minutos del inicio de cada tiempo) los habían dejado anonadados y moralmente dañados. Que tenían que demostrar que podían ganar a la selección italiana. Y salieron a por ello. Desde el inicio se apreció una presión máxima de los hombres de tres cuartos más Endo y Maeda que impedía la continuidad de casi todas las jugadas italianas. Plantada sobre Pirlo y Montolivo, la azzurra no podía acercar el balón a los terrenos de Kawashima si no era por bandas. Lo hizo poco y la posesión fue mayormente japonesa. Y con el balón aparecieron las mejores versiones de Kagawa en el fuera-dentro, de Honda en la mediapunta, de Endo llegando desde atrás como en los mejores días y de Okazaki metiéndose en el área por su naturaleza de delantero. Italia no se esperaba tanto y no fue defensivamente fuerte al inicio. Con una cesión de enemigo de De Sciglio a Buffon, Okazaki causó el penalti del 0-1 que transformó Honda. Con el consentimiento de Giorgio Chiellini, Kagawa marcó el que hasta ahora es el gol de la Copa.

0-2 tras media hora. Toda una demostración de dominio y de asociaciones estéticas. Lo mejor de la cultura del fútbol nipón –y del Asia oriental en general–.

Foto: Kate Lokteva

Prandelli tenía que reaccionar y sí que lo hizo. Tácticamente asentó el rombo con la entrada de Giovinco por Aquilani. Giaccherini dejó de corretear perdido por la cancha para ser el más adelantado de un rombo que es mucho más familiar para la azzurra. Italia logró controlar la situación y jugar con mucha más lógica interna. Apareció De Rossi. Apareció Pirlo. Apareció Balotelli. Y llegó el 1-2 en un córner en el que Pirlo la cuelga –qué golpeo de balón tiene– y De Rossi remata de cabeza. Italia pudo irse con el empate al descanso, pero en la segunda parte acabó de reaccionar. Japón no logró hacerse del todo con el cuero, perdió por un momento el control y su defensa –especialmente sus centrales– quedaron expuestos. Yoshida yerra clamorosamente y Giaccherini genera el autogol de Uchida. Hasebe intenta despejar yendo al suelo, el balón le da en la mano y Balotelli pone el 3-2 desde los once metros.

Tres goles encajados por fallos propios atrás. Los dos que suponen la remontada momentánea, encajados en dos minutos. Sin contar la duración del descanso, tras 10 minutos Japón pasa a perder un partido que dominaba y en el que se gustaba. Lo peor de la cultura del fútbol nipón.

Tras ese momento se temió de forma generalizada un bajón anímico similar al que supuso el gol de Paulinho en Brasilia. Pero no. Reaccionó. Dio motivos para que su país y su afición se sintiesen orgullosos. Las declaraciones de Yasuyuki Konno, Shinji Kagawa y el propio Zac daban a entender que había ganas de mostrarse tal y como son ante el mundo, de competir y de no intimidarse tras sufrir un duro golpe. Italia se vino abajo –según Prandelli, por motivos físicos– y Japón exhibió la mejor presión y el mejor ataque posicional del primer tiempo. Incluso, optimizado. Quizá lo uno fue causa de lo otro y no consecuencia. Endo se pronunció. O más bien, comenzó a manifestarse artísticamente. Con la ayuda de Kagawa, Honda y hasta Hasebe, comenzó a ser generador y conector. Convirtió el rombo italiano en una de las dos líneas planas que Italia formaba replegada. Y replegada sobre su área. Japón se metía en ella pero le faltó disparar. Faltó meterla después de haberse insinuado. Honda aumentó su protagonismo al evitar que tras los fallos hubiese contragolpes italianos. Su movilidad por la frontal del área permitió que si Kagawa por izquierda no podía lo intentase Endo por el centro, u Okazaki por la derecha. Un regulador instalado en tres cuartos al que ni Pirlo ni De Rossi consiguieron apagar como sí hizo Luiz Gustavo.

Endo botó una falta que Okazaki convirtió en gol saltando más que Montolivo. 3-3. Quizá la premisa de jugar bonito y no ganar se podía acabar. Quizá ese carácter peleón de los Samurai Blue podía hacer que jugar bonito también pudiese servir para vencer. Y para vencer a Italia. Pero la cultura pesa. Y no se metió el cuarto. Un cuarto que pudo ser de Kagawa, de Maeda, de Honda y de Okazaki. Hasta incluso de Makoto Hasebe. Pero entre fallos, decisiones tardías, palos y travesaños, se mantuvo el 3-3. El final fue cruel para los nipones: Marchisio, que entró en la segunda mitad, asistió a Giovinco en un contragolpe. Japón estaba volcada y replegó mal. Fallo atrás. Gol. 4-3. Italia disfruta de su pase a Semifinales pese a haber sido anulada en su totalidad durante muchos momentos. Ganar así sabe fantástico, pero Italia debe tomarse el partido de hoy como un serio toque de atención para seguir demostrando su entidad y pelear al 100% por el torneo.

El romanticismo de la propuesta nipona se quedó sin premio. Una vez más. Una de muchas. Demasiadas.

“Japón es como el que recita poesía mientras el malote se lleva a la chica”

Axel Torres

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