El Brasil de Paulinho: un Brasil “corinthianizado”

El Corinthians que ganó el Mundial de Clubes en 2012, con Paulinho en el once inicial (Foto: Teófilo Pereira)

Durante la Copa Libertadores 2012, me tocó comentar muchos partidos del Corinthians. En la primera fase, concretamente, dos de manera casi consecutiva ante el Cruz Azul mexicano. El de ida, que se disputó algo así como a las 04:30 de la madrugada en España, fue terriblemente insulso. Acabó 0-0 y casi no pasó nada. El de vuelta tuvo un guión similar, aunque entonces ganó el Corinthians por 1-0.

Ocurrió entonces que, en cuartos de final, al Corinthians le tocó el Vasco da Gama, que había basado su acceso a esa ronda en parámetros bastante parecidos: extrema rigidez táctica, preponderancia de lo físico, obsesión por evitar que el rival construya con comodidad. En estos cuatro años que llevamos en Gol Televisión comentando la Copa Libertadores, José Sanchis y yo hemos aprendido algo: el estilo dominante en el fútbol brasileño en la actualidad está muy lejos del que uno aún imagina cuando piensa en lo que ha sido su selección en el pasado. Ya no es una cuestión de la absoluta de ahora de Scolari o las que hayamos podido ver en los últimos tiempos. También a nivel de clubes, los que priorizan el equilibrio defensivo por encima del espectáculo son mayoría. Quizá por ello ha causado tanta sensación durante este 2013 el fútbol practicado por el Atlético Mineiro de Ronaldinho, Bernard, Diego Tardelli, Luan y Jô. No sólo por ser bello: también por salirse de la norma. Ahora mismo, en Brasil, el estilo que se impone en la mayoría de clubes está mucho más cerca de esta selección de Scolari que de los míticos equipos del 70 o el 82.

Decíamos, entonces, que en cuartos de final de la Copa Libertadores 2012, al Corinthians le tocó el Vasco da Gama. Eran, a priori, partidos duros de afrontar para el público europeo que hace el esfuerzo de quedarse hasta las cinco de la madrugada sin tener ningún vínculo emocional con ninguno de los dos clubes. Nos temíamos lo peor, y casi vendimos los partidos con ese atractivo como cebo: “Vamos a ver cuántas ocasiones hay. Puede ser histórico. Quedaros a verlo para comprobar si, en efecto, no pasa nada”. Y, en efecto, en la ida no sucedió nada: acabó con el resultado esperado: un 0-0 de libro. Despedimos la transmisión casi vanagloriándonos: “Jijijaja, qué aburridos son el Corinthians y el Vasco, qué cachondos, todo el planeta sabía que iban a empatar a cero y han empatado a cero”.

Pero el partido de vuelta cambió mi percepción por completo. No sé qué fue. De hecho, no parecía haber muchos motivos para que mi impresión personal con respecto al Corinthians sufriera una modificación tan pronunciada. En teoría, el encuentro fue igual que el de la ida: no había ocasiones. Pero viéndolo empecé a entender lo que no había entendido en todos los partidos del Corinthians visionados hasta ese día. Viéndolo, aún cuando iba 0-0 avanzada la segunda parte, empecé a pensar que ese equipo tenía muchísimas opciones de ganar la Copa Libertadores. Muchísimas. Diré más: en ese momento de procesamiento mental, de revisión de las ideas previas, empecé a admirar al Corinthians de Tite. Empecé a admirarlo pese a que seguía jugando a lo mismo que me había parecido insoportable durante toda la Copa. El Corinthians seguía siendo aburrido, pero pasó a gustarme de la noche a la mañana. Concretamente, pasó a gustarme durante la segunda parte de un Corinthians-Vasco que estaba empatado a cero.

Pero no acabó 0-0. Cuando todos asumíamos que la eliminatoria se iba a los penaltis, ocurrió esto:

 

 

Minuto 87. Córner desde la izquierda. Gol de cabeza de Paulinho. Como en el Brasil-Uruguay de la semifinal de esta Copa Confederaciones.

La coincidencia puede tener mucho de casual, pero al mismo tiempo creo que refuerza una teoría que se viene manejando desde el inicio de la Copa: este Brasil se parece mucho al Corinthians campeón de 2012 y comparte con él la elección de Paulinho como su jugador contextual.

¿A qué me refiero cuando hablo de “jugador contextual”? Al que define el estilo del equipo. Al que determina a qué se juega. Al que más se parece, desde un punto de vista individual, a la idea colectiva del grupo.

Nadie puede discutir que Neymar es la figura de Brasil. Es obvio: el nuevo jugador del Barcelona posee unos recursos de desequilibrio individual que ningún jugador de su país puede ofrecer en estos momentos. Pero, aún habiendo sido el hombre más determinante para el conjunto de Scolari en lo que va de Confederaciones, aún habiéndose echado el equipo a las espaldas desde el minuto uno del choque inaugural de Brasilia, es complicado decir que este Brasil sea neymarismo puro. A mí, el equipo en general, me parece tremendamente paulinhista. Es un Brasil corinthianizado.

 

El Corinthians que ganó el Mundial de Clubes en 2012, con Paulinho en el once inicial (Foto: Teófilo Pereira)
El Corinthians que ganó el Mundial de Clubes en 2012, con Paulinho en el once inicial (Foto: Teófilo Pereira)

Si el Brasil de Scolari se parece al Corinthians es porque su centro del campo está organizado de manera idéntica al del cuadro de Tite que acabó ganando esa Libertadores (después de superar al Vasco, eliminó en semifinales al Santos de Neymar y en la final derrotó al Boca Juniors de Riquelme). El Corinthians formaba con una pareja Ralf-Paulinho en el doble pivote. Ralf, que también ha sido internacional absoluto con Brasil, resultaba poco llamativo. Pero siempre estaba bien colocado. Al Corinthians nunca le hacían una contra y el media punta rival casi nunca intervenía. Porque Ralf dominaba perfectamente el posicionamiento táctico defensivo. Y cuando robaba la pelota, nunca la perdía. José Sanchis y yo bromeábamos mucho sobre él, porque a mí me encantaba. “Cómo toca Ralf, ¿eh, Axel? ¡Cómo toca! Qué fácil toca Ralf…” me decía con cierta ironía cada vez que Ralf se la pasaba al de al lado. Y sí, se la pasaba casi siempre al de al lado. No generaba ventajas en ataque. Pero era el jugador fundamental para que al Corinthians no le hicieran ocasiones de gol. En la Brasil de Scolari, Ralf es Luiz Gustavo.

Al lado de Ralf estaba el espectáculo: Paulinho. Un Paulinho del que nos había hablado nuestro amigo Joao Vaz la temporada anterior, definiéndolo como “el mejor centrocampista de la liga brasileña”. No salíamos de nuestra incredulidad ante semejante comentario, porque lo único que sabíamos de Paulinho era que había jugado en equipos de la liga polaca y la liga lituana y había tenido que regresar a Brasil porque no había conseguido hacer una carrera en Europa. Y, como con el Corinthians en general, lo observamos en la Copa Libertadores con una indiferencia casi tediosa en los primeros partidos. Hasta que entendimos que él era el que determinaba a qué se jugaba en los encuentros de su equipo. Cuando el rival tenía la pelota, Paulinho ayudaba a Ralf: o presionando al adversario poseedor del balón, o marcando al centrocampista oponente de más calidad para que no la recibiera o simplemente ocupando un espacio al lado de su compañero para hacer imposible el pase del media punta. Cuando el Corinthians robaba, él salía disparado como un torbellino. Daba un pase que parecía “normal” pero que iniciaba una contra frenética o pisaba el área adversaria a los pocos segundos y aparecía por sorpresa para rematar con su exuberancia. Esas arrancadas de Paulinho me recuerdan a las del Lampard de la mejor época. Las veíamos en el Corinthians campeón y las vemos en el Brasil de Scolari. Y en la final de hoy pueden ser extraordinariamente dañinas, porque Italia puso en muchos problemas a España buscando ese espacio a la espalda de Busquets aprovechando que Xavi se colocaba más arriba para incomodar a Pirlo y de este modo el de Badía se quedaba como único medio centro del equipo también en fase defensiva.

Esa capacidad de Paulinho para abarcar tanto campo está perjudicando algo a Oscar en Brasil, ya que el centrocampista del Chelsea preferiría menos frenesí. A Oscar le gusta empezar las jugadas en la misma zona que a Paulinho, pero de una manera diferente: ofreciéndose e iniciando la acción con más pausa, con más reflexión, con más elegancia. Paulinho juega como si no existiera el media punta: él lo es todo a la vez (medio centro, interior, media punta) y se come el terreno de Oscar. De hecho, en el Corinthians campeón no existía el media punta: los teóricos medias puntas caían algo a los costados y liberaban el carril central para que Paulinho pudiera aparecer con el vértigo que le caracteriza. En eso, el Brasil de Scolari (que juega 4-2-3-1) y el Corinthians de 2012 de Tite (4-2-2-2 con el llamado “cuadrado mágico”) se distinguen. Pero Paulinho ya se encarga de que no se note.

Sin embargo, en el Corinthians campeón los goles más importantes los marcó Emerson Sheik. En el desequilibrio individual en los últimos metros, Emerson Sheik fue el jugador decisivo. Partía desde la izquierda y acababa resolviendo tirando diagonales hacia la portería. Como Neymar en Brasil, sólo que Neymar es mucho mejor que Emerson. Pero la idea de Scolari se parece bastante a la idea de Tite que, tras repudiarla, acabé apreciando: nuestro medio centro lo barre todo; Paulinho defiende, ataca y desgasta; y el crack arriba aprovecha ese trabajo para ganar los partidos. Un Brasil corinthianizado.

 

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3 comments

Me ha encantado el articulo, desde el desconocimiento de la liga brasileña todos llamamos a este brasil el brasil de neymar por su importancia en el juego ofensivo y las ganas de ver algo espectacular cada vez que recibe la pelota, porque es asi como como se espera a brasil (el jogo bonito), pero la realidad es esta , es un brasil mucho mas tactico en el que paulinho pese a ser un total desconocido para la mayoria de nosotros, esta destacando.
Un gran texto Axel, un placer leerte como siempre.

Axel,

No crees que a este Brasil Paulinhista le vendria mejor Kaka (aunque sea a un nivel medio) en la media punta que Oscar?

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