Una goleada

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Viendo jugar a Tahití me he acordado de la mayor goleada que metí en mi vida jugando al fútbol. Un 23-0 en fútbol sala. Sólo teníamos 11 o 12 años y terminamos ganando la liga con 231 goles a favor. La cifra exacta no se me ha olvidado, como os podéis imaginar. Ahí marcaba hasta el más cojo, que era nuestro central y que espero que no lea esto. Se nos dio bastante bien, aunque no puedo decir lo mismo de los años siguientes de mi carrera deportiva porque aquí me tenéis, sentado y contando qué tal juegan otros.

Era ir cada fin de semana sabiendo que ibas a ganar pero no cuántos ibas a meter. Era divertido porque éramos pequeños y marcábamos muchos goles, motivo más que de sobra para volver feliz a casa. Pero ya. Luego empezamos a empatar y a perder, a jugar al fútbol real, al de fallar penaltis, al de las expulsiones y ascensos fallidos.

Tahití salió contra España sabiendo que iba a perder, que es como ir a un examen sabiendo que vas a suspender pero con matices: si vas a suspender, a los cinco minutos te levantas y te piras; pero si vas a perder, te toca estar todo el partido dando la cara como un machote.

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(Foto: Ferminius)

A los de Tahití lo de dar la cara se les está dando bastante bien, teniendo en cuenta que su imagen fue mejor que la de Nigeria y que contra España, en la primera media hora, fue por el estilo. Luego llega lo inevitable: al portero se le escapa un balón, tiran el fuera de juego a su manera, es decir, de pena, y cualquiera que esté por el área comete penalti. No importa que los españoles jueguen un pimiento en el primer tiempo o que cambien de esquema en el segundo, dejando a Cazorla de mediocentro, con tres centrales y Navas reventando la banda derecha. No importa que Torres meta cuatro, diez o setenta o que Villa haga hattrick. Da lo mismo. Al final fue 10-0 y gracias. Tahití iba a perder de todas formas y ellos lo sabían.

Y como ellos lo sabían, como no había manera de que un equipo que no es profesional ganase a España en los 90 minutos, precisamente que esto ocurriese era necesario. Era necesario que España metiese 10, o 20 si hubiese podido, que jugase sin perdonar y que marcase goles hasta que tuviese tiempo porque así, sólo así, Tahití es como se iba a dar cuenta de que todo esto iba en serio y de que en el fútbol, o en el deporte en general, no te pueden regalar nada.

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