El Swansea de Rangel y el Swansea de Michu

Es jueves, 17 de abril de 2008, y estamos cenando en un restaurante de Wind Street. Los comensales que hacen de anfitriones son el portero holandés Dorus de Vries, el lateral irlandés Marcos Painter, el delantero mallorquín Guillem Bauzà, el entrenador de porteros Iñaki Vergara, el fisioterapeuta Òscar Brau y el lateral derecho catalán Àngel Rangel. El sábado anterior, el Swansea City ha ascendido en Gillingham. Bussy es el promotion hero, el autor de los dos goles del ascenso, y me presenta a los demás. Yo lo había conocido muchos años antes, pero esta historia ya la cuento en el capítulo sobre Swansea del libro 11 ciudades, y tampoco sería cuestión de destriparlo a dos semanas de que salga a la venta. Es una cena agradable, distendida. Una de las mejores noches en tantos años de periodismo. Son un grupo de amigos que juegan a fútbol y están lejos de los focos. Les hace hasta ilusión que alguien se haya subido a un avión desde Barcelona a Bristol y luego a un autobús de Bristol a Swansea solo para visitarlos y conocerlos. Nadie puede imaginar qué viene después, pero en ese momento el futuro no importa demasiado. Pasan chicas por delante del restaurante: hace frío, pero visten ligeras de ropa; los jugadores me preguntan si estoy soltero y me dicen que lo aproveche, que esa es una de las calles más ociosas del Reino Unido. Ellos tienen que irse a dormir: la mañana siguiente hay entrenamiento. Solo Òscar me acompaña a la discoteca más concurrida y nos dejan entrar porque le cuenta al portero que trabaja en el staff de Roberto Martínez.

Yo no tenía ni idea de quién era Rangel. De los three amigos, era el menos conocido. Bussy había sido campeón de Europa sub-16 y Orlandi había debutado en el primer equipo del Barça. Rangel venía de Segunda B. Del Terrassa. Bromeamos un poco: le dije que yo era del Sabadell y que había rivalidad. Hasta creo que hablamos de algunos jugadores. Sus compañeros me contaron que había sido elegido mejor lateral derecho de la League One, y él empezaba a echar raíces en Gales. Llegó soltero; hoy está casado y es padre de tres hijos. Es el único de todos los integrantes de la mesa de aquella cena que sigue perteneciendo al Swansea City. El único que levantó la Capital One Cup en Wembley.

Stage de pretemporada del Swansea, El Muntanyà. Verano de 2009. Roberto se acaba de ir al Wigan y el nuevo entrenador es Paulo Sousa. El contingente español se ha multiplicado: siguen Bussy, Orlandi y Rangel, pero además han llegado Fede Bessone, Gorka Pintado, Jordi López y Albert Serrán. Entre mi primera visita y esta segunda también fichó Jordi Gómez, pero lo hizo tan bien que acompañó a su entrenador en el viaje inmediato a la Premier. Rangel ya ha jugado una temporada en segunda división inglesa y se reivindica. Cree que en España no se da oportunidades a los jugadores que actúan en divisiones pequeñas y que no han estado en canteras de clubes importantes. Se tiene mucha fe. Mientras lo estoy entrevistando, Ashley Williams nos arroja agua desde el balcón de su habitación y tenemos que detener la grabación. Levantamos la cabeza y lo vemos con el torso desnudo y una toalla que le cubre las partes. Dice cuatro palabras en español, bromeando, y vuelve hacia adentro. Daniel Alves está de moda y Rangel dice que no le acaba de gustar defensivamente, que sus referentes siempre han sido laterales más equilibrados. Paulo Sousa nos observa desde fuera y espera que terminemos para sentarse él y responder a mis preguntas sobre las Copas de Europa que ganó con la Juventus y el Dortmund.

Estamos en 2013, febrero, y Albert Fernández me llama desde el Liberty Stadium. Está esperando a que Àngel Rangel termine de hablar con la prensa galesa. “Hay mucha gente a su alrededor. Todo el mundo lo escucha con atención. ¡Es el amo aquí!”. El Guardian publica un artículo titulado Angel Rangel, Swansea’s Spanish samaritan, is happy to feel welsh. Termina con los medios locales y Albert me lo pasa. Àngel reivindica el mérito de los que empezaron la historia con él y dice que, si el domingo gana, se acordará de los compañeros que ya no están. “Ahora es fácil ver al Swansea por la tele todas las semanas”, dice, “pero para llegar hasta aquí ha trabajado mucha gente. Si ganamos, el título también es suyo”. El domingo el círculo se cierra y Àngel pasa en cinco años y medio de jugar en el Terrassa en Segunda B a levantar un trofeo en Wembley y clasificarse para una competición europea. Llamo a Miguel Álvarez, el entrenador que lo fichó para el conjunto egarense tras verlo en el Sant Andreu. Tito Vilanova era el director deportivo del club vallesano. “Àngel tenía una potencia extraordinaria. Podía dar la sensación de no ser muy ofensivo con la pelota, de destacar más en labores defensivas, pero luego le veías incorporarse y era impresionante lo que sumaba en ataque. Incluso su último pase era más preciso que el de muchos jugadores acostumbrados a actuar en tres cuartos de campo”. Le pregunto a Miguel por su decisión de irse a Inglaterra. Si le habría sido más difícil llegar a la élite. “Está claro. Pero no solo a él. En Segunda B y Tercera hay muchos jugadores con condiciones para jugar en Primera y simplemente no se les da la oportunidad”. Rangel como ejemplo, Rangel como sueño. Rangel como símbolo del proyecto del Swansea que arrancó en 2007.

Y sin embargo, reconocer los méritos de los que empezaron no debe significar menospreciar a los que luego llegaron. Cualquier proceso sufre modificaciones durante su tiempo de vida. Son necesarias. Sin los primeros no hubieran llegado los segundos y sin los segundos el trabajo de los primeros no habría tenido tanta recompensa. Como suele ocurrir en este mundo en el que la diferenciación resulta tan atractiva -y a veces tan necesaria-, el domingo, tras el título, surgieron voces menospreciando el valor del Swansea actual porque ha alcanzado una presencia mediática desproporcionada, despreciando a los nuevos seguidores del equipo que se apuntaron al carro ganador y que ignoran quiénes fueron Bussy, Orlandi o Jordi Gómez. Siempre he pensado que en estos casos, si tú sientes que el reparto de méritos es injusto, es mejor ser didáctico que agresivo. Es mejor explicar a alguien que no lo sabe quiénes fueron los jugadores de antes y qué peso tuvieron en la construcción del proyecto antes que reprocharle que no lo sepa. La gente puede gritar los goles que quiera, amar a los jugadores que le parezca, y los sentimientos no deben ser justificados. ¿Quién puede juzgar qué sentimiento es más puro, más profundo, más bello, más auténtico? Y no debemos olvidar dos puntos importantes. El primero, que los propios protagonistas olvidados querían que el Swansea ganara. No había en ellos celos ni envidia, sino orgullo. Se sentían parte porque son parte. El segundo, que la fama no se regala. No toca en una tómbola, no se sortea, no es azar caído del cielo. Claro, ahora todos son del Swansea porque está Michu. Porque está Michu. Como si Michu hubiera nacido con privilegios. Como si Michu, desde siempre, consiguiera atraer a la gente por su cara bonita.

Sábado por la noche. Oviedo. 23 de junio de 2007. El Sabadell se juega el ascenso a Segunda B el día siguiente en Mieres ante el Caudal. La eliminatoria está casi resuelta, así que la noche previa es más para disfrutar que para sufrir. Nos dicen que vayamos a un bar llamado “El Desván”. En él abundan los cuadros de los mejores tiempos del club carbayón. Alineaciones míticas, la eliminatoria de la UEFA del 91 contra el Genoa, fotografías de Carlos celebrando un gol -uno entre tantos-. Y sin embargo, el pasado glorioso duele más que nunca, porque el presente es terrible. El Real Oviedo acaba de descender a Tercera División por segunda vez. Cerca de la barra, de pie, un chico joven, alto, fuerte, pelo tirando a rubio y bastante largo. Parece futbolista. “Es Michu, la gran promesa del Oviedo”, nos cuentan. “Llegará muy lejos”. Hablamos con él. Está triste por el descenso. Tiene ofertas y asume que se tiene que marchar. Parece que va a ir al Espanyol. Le prometemos que iremos a verle en la presentación si se acaba haciendo. En ese preciso momento, Àngel Rangel y Michu no se conocen, pero han competido ambos en la misma categoría: Segunda División B. El Terrassa ha sido sexto en su grupo y el Oviedo decimonoveno en el suyo. Casi seis años después, ambos serán compañeros y levantarán una Copa en Wembley.

Este es, pues, el Swansea de Rangel y el Swansea de Michu. Son dos ejemplos, pero hay más. El Swansea de Roberto y el Swansea de Laudrup. El Swansea de Britton y el Swansea de De Guzmán. El Swansea de Paulo y el Swansea de Brendan. El Swansea de Williams y el Swansea de Ki Seung-Yeung. El Swansea de Bussy y el Swansea de Scotland. El Swansea de Monk y el Swansea de Chico. El Swansea de Jordi Gómez y el Swansea de Dyer. El Swansea de Andrea y el Swansea de Pratley. El Swansea de Dorus y el Swansea de Vorm. Y el de tantos otros.

Aquí termina la cobertura del Bradford-Swansea y aquí termina la vida activa de este blog. Permanecerá olvidado en la red, por si alguien quiere rescatarlo algún día. MI intentará continuar con este tipo de iniciativas a poco que puedan interesar a alguien. Muchas gracias a Albert por su esfuerzo y dedicación en condiciones poco confortables en el Reino Unido. A Raúl y a Blai por el trabajo que no se ha visto pero que ha sido indispensable. A Álvaro y a Tomàs por sumarse desinteresadamente, ahora que aún no saben cuán brillantes serán sus carreras. A Toni por prestarnos un texto suyo soberbio y por encontrar tiempo para traducirlo pese a su apretadísima agenda. A David por su espectacular cobertura del domingo, en la que demostró otra vez que es un prodigio precoz de la exactitud. A los jugadores españoles del Swansea por las facilidades de siempre, las mismas ahora en la élite que antes en Tercera. A Roberto y a Iñaki por abrirme las puertas del Liberty Stadium en 2008. A Bussy por acordarse de mí siete años después. A Carlos por presentarme a Bussy en Sa Colònia de Sant Jordi. A todos los que habéis leído ni que sea una sola línea de alguno de los artículos de este blog.

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