Laudrup: elegante antes, durante y después

Como jugador, fue mi primer favorito. Mi primer favorito fuera de los jugadores a los que me amaba porque jugaban en mi club, claro. Del Dream Team era el que más me gustaba. Supongo que porque aprecié inconscientemente en él la elegancia cuando aún no sabía qué era la elegancia. Se marchó al Madrid y, aunque a mí me daba igual, me costó mucho ser impermeable a todos los mensajes que circulaban a mi alrededor y que venían a subrayar la inmoralidad en la conducta de un jugador que para mí era solo belleza. Y aún hoy me cuesta aceptar que lo bello pueda ser inmoral. Lo pitaron en aquel Clásico y creo que me dio pena. Regresó unos años después para un homenaje y me emocionó que lo hubieran perdonado. En realidad, Laudrup consiguió que me hiciera de Dinamarca en el Mundial 98 muchos años antes de saber que en Copenhaguen sirven galletitas de menta delicadas en cafeterías decoradas con madera antigua junto a muebles modernos -pocas horas después de que el sol de medianoche te haya enseñado qué es en realidad el Norte-. Brasil acabó con el sueño en Francia, pero Michael me ganó para siempre. Los ha habido mejores. Messi es mejor, claro, y Cristiano. Y hasta Iniesta, probablemente. Pero, por fortuna, uno aún puede elegir a quién más ama. Uno puede elegir amar a los imperfectos, a los que no se han dedicado a esto para alcanzar récords ni para ganar todos los partidos. Laudrup es lo más parecido a las películas de autor de cine independiente: su motivación final era el arte. Laudrup es la imagen que tengo de Dinamarca.

El Laudrup entrenador no está aún a la altura del Laudrup jugador. Es imposible que nunca llegue a estarlo, de hecho. Por muy geniales que sean las decisiones, por muy grandes que sean los equipos que construya, un entrenador nunca podrá generar tanta belleza como un media punta que mira hacia el córner y pasa al punto de penalti. Sin embargo, hay detalles en los que puede percibirse esa categoría, esa distinción, esa elegancia. Laudrup comentó en la rueda de prensa pre-partido que este Swansea era obra de los técnicos anteriores, y que él simplemente había continuado el proyecto. Le preguntaron cinco veces por el Madrid y por Mourinho, y contestó que no le parecía justo hablar de estos asuntos a tres días de disputar el partido de fútbol más importante de la historia del club al que ahora representa. Llegó el domingo y se confirmó la baja de Chico. Podía sustituirlo con Bartley, un central formado en el Arsenal, o con Monk, capitán del equipo y veterano de los tiempos del Swansea en las divisiones menores. Y sin embargo, sorprendió eligiendo a Ki Seung-Yeung, un centrocampista creativo. Era un riesgo, especialmente considerando que el rival, el Bradford, destacaba por lo físico. Pero el danés intuía que iba a enfrentarse a una muralla y quiso que el equipo tuviera la salida más limpia posible desde muy atrás. En el segundo tiempo, con el partido ya sentenciado, sustituyó al asiático y dio entrada a Monk. El capitán pudo gozar de media hora en el césped de Wembley, saboreando la culminación de la escalada, y levantar luego la Copa junto a Ashley Williams, otra leyenda del club. Laudrup tomó primero la decisión deportiva más inteligente y, una vez asegurado el resultado, tuvo un detalle repleto de humanidad. Pero su elegancia no iba a terminar ahí.

En la rueda de prensa post-partido reconoció que esta final será recordada no solo por el triunfo del Swansea: lo será más aún porque la disputó un equipo de cuarta división que se cargó a tres conjuntos de la Premier. Asumió la responsabilidad por la pelea entre De Guzmán y Dyer por no haber elegido previamente un lanzador, evitando censurar en público a ningún jugador en un día tan festivo. Y valoró el título como uno de los más grandes de su carrera, para nada inferior a los logrados con el Barcelona, el Madrid o la Juventus. Lo justificó recordando que el Swansea no había ganado nunca nada, y que vencer con los pequeños es mucho más difícil. Algunos dirán que el rival era menor y que ahí no hay mérito, pero conviene recordar que para llegar a Wembley el Swansea se cargó al Liverpool en Anfield y al Chelsea gracias a un triunfo en Stamford Bridge. Me conmueve mucho que un aristócrata de la pelota como Laudrup, alguien que ha estado en los vestuarios más glamourosos del fútbol, sepa apreciar la excepcionalidad de los placeres discretos de los modestos. Michelino levanta su Copa y los niños de los noventa sonríen en todas partes. No solo en Dinamarca.

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1 comments

Sublime el primer parágrafo,me siento 100% identificado. Grandísimo artículo que me ayuda a ver que no estoy enfermo de la cabeza gustándome Michael como me gusta.

Uno puede elegir amar a los imperfectos, a los que no se han dedicado a esto para alcanzar récords ni para ganar todos los partidos. Laudrup es lo más parecido a las películas de autor de cine independiente: su motivación final era el arte. Laudrup es la imagen que tengo de Dinamarca.

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