Seis días después

Me pasan cosas. Desde pequeño siempre ha sido así. Mi capacidad para ser el epicentro de las historias más extrañas es bastante conocida en mis ámbitos privados. Tal vez sea porque soy muy despistado y enredo las cosas sin querer. O porque soy muy atrevido. O quizá sea porque me asusta la monotonía y me gusta dejarme llevar y saltar al vacío como manera de caminar por los aproximadamente 81,6 años que nos da de margen la esperanza de vida.

Dejé mi viaje en Wembley y ya estoy en Barcelona. Pero en este tiempo me han sucedido varias cosas dignas de ser explicadas.

Creo que poco puedo aportar ya al análisis de la final, desde las gradas de Wembley se vio desde el principio que había un equipo demasiado superior al otro. El hecho de que cada vez que el Bradford City pasara del centro del campo fuera acompañado de una sonora ovación dejaba a las claras que ni la propia afición Bantam se lo acababa de creer.

Eso sí, para mi recuerdo quedará siempre el ambiente de la final que fue, como cada vez que se juega uno en ese escenario, absolutamente espectacular. Estuve haciendo fotos y grabando vídeos durante el partido, hasta que me di cuenta que era mucho mejor estar atento a todo para poder guardar todas esas imágenes en mi memoria, en mi recuerdo. No se cómo será mi futuro, pero puede que tarde tiempo en volver a vivir ese ambiente, quien sabe.

Después de la ceremonia de entrega de premios bajé a zona mixta. En Wembley está todo tan bien organizado que parece que te llevan de visita por un museo. Allí la prensa se distribuyó como pudo. Yo me quedé junto a mis compañeros Alberto Rubio y Begoña Pérez. Esperamos mucho rato hasta que los campeones empezaron a desfilar por el pasillo. Durante la espera resumí en mi cabeza lo que había sido ese viaje que estaba llegando a su fin.Y empezaron a salir los “nuestros”. Salió Chico y recordé mi primer día en Swansea y como él me había ayudado a saltarme unas cuantas horas de tren. Apareció Pablo Hernández y me vino a la mente la apacible conversación que tuvimos el jueves en el “Media Day”. En medio de una gran nube de flashes cruzó el pasillo Michu que vino directo hacia la zona de prensa española. El mismo jugador que cuatro días antes y mientras yo buscaba una entrada al estadio salió por la puerta del Liberty justo delante mío. Y el último de ellos en pisar zona mixta fue Àngel Rangel, al verle me pude transportar al momento en el que se preocupó por mí cuando le expliqué que se había grabado mal una entrevista con Leon Britton. No pude hacer nada por arreglar esa entrevista, pero aprecié una generosidad que es difícil de encontrar. Todos ellos estaban radiantes, todos eran campeones. Les saludé, felicité y entrevisté. Y aunque estuvo muy bien, aunque hacer mi trabajo siempre es una satisfacción personal, para mí lo que quedará de todo ello son esos días, esas historias que contar.

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Subí de nuevo arriba, a la zona de cabinas e hice algunas fotos. Antes de marcharme di la última vuelta para observar esa maravilla de estadio que estaba ya absolutamente vacío salvo por algunos jardineros y operarios de limpieza. No tuve la sensación de que fuera mi última vez allí.

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El frío que hacía en la explanada de Wembley era comparable al de un telesilla a primera hora de la mañana, ese frío que te enrojece la cara y que más allá de si llevas gorro o no, te congela las orejas. El cansancio que arrastraba era cada vez más evidente, empecé a sentir desfallecimiento. Creerme, eso no es normal en mi. Fui a cenar con un compañero periodista. Comer me recuperó en gran parte, así que me despedí y me puse en dirección a mi último hotel del viaje. Se acababan las emociones. O eso pensaba.

En una extraña decisión de “La organización”, ese ente secreto que controla y maneja los viajes de Marcador Internacional, se pensó que lo mejor era poner mi hotel lo más cerca posible de mi aeropuerto. La realidad es que el Stansted Lodge, jugaba bien con su nombre. Su cercanía con el aeropuerto era bastante relativa. Tuve que coger un taxi. Una chica española que trabajaba en un hotel de Londres cercano a donde cenamos me ayudó y pactó un preció aceptable. El taxista era paquistaní y fue muy agradable durante casi todo el trayecto. Resultó que el famoso Stansted Lodge estaba tan perdido que ni siquiera el GPS de ese buen hombre podía localizarlo.

Después de unos diez minutos dando vueltas para encontrar el dichoso hotel, el señor paquistaní que era tan simpático empezó a ser algo más arisco. Es posible que mis indicaciones no le ayudaran y le pusieran más nervioso, pero tenía sueño y hacía ya rato que le venía diciendo que no paraba de saltarse una flecha verde de su GPS que le indicaba un giro. Su contestación siempre era que esa calle estaba demasiado oscura para que hubiera un hotel. Me desesperé. Casi tuve que hacer un motín y coger el volante para que entrara en la zona oscura. Pero entró. Y fue circulando por ahí y en medio de una discusión entre los dos, cuando por fin lo vimos. Se hizo el silencio, allí había un cartel que ponía claramente: Stansted Lodge, Bed & Breakfast. 

Pese a llegar fuera de hora de Check in, allí estaba esperándome una chica. El hotel era muy pequeño. Me enseño mi habitación y mi lavabo. Estaba tan cansado que me tiré en la cama casi sin desvestirme.

Dormí unas 4 horas. Por la mañana más descansado me di cuenta de todo. Eso era un casa reconvertida a hotel, el lavabo, la cocina, la habitación, todo tenía la típica forma y distribución de una casa normal y corriente. La misma chica que me esperaba al llegar me llevó al aeropuerto y supuse que esa noche los dos habíamos dormido solos allí. Lástima que esa situación se hubiera dado en un día de tanto cansancio.

Así que entré en la Terminal del Aeropuerto de Stansted. Mientras esperaba me puse a escuchar la conversación de un grupo de chicas españolas que volvía a casa. En cierto momento una de ellas dirigiéndose al resto dijo: “¿ Ayer hubo un partido o algo no ?. Había un montón de gente con camisetas rojas y amarillas”. Sonreí.

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