La familia del Île-Rousse

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L’Île-Rousse es un pequeño pueblo de la Alta Córcega con un censo de poco más de 3.500 habitantes, en la región de la Balagne. Remarco la palabra censo porque en esta bucólica localidad de playa vive incluso menos gente, pero las numerosas segundas residencias hacen aumentar la cifra total de población. En un municipio tan pequeño, en el que la mayoría de vecinos se conocen, el club de fútbol local toma un valor social que quizá no posee en otros lugares. Y el club en cuestión es el Football Balagne Île-Rousse, el FBIR. Su importancia no radica en su historia (fue fundado en 2008 pero es heredero de clubes del pueblo cuyos orígenes se remontan a 1976), ni en su palmarés, ni en que su simbolismo sea representativo de una comunidad particular. El Île-Rousse es, como tantos otros, el ejemplo perfecto de un club de gente anónima que vertebra la vida cotidiana de muchos niños y padres, con sus fines de semana de cervezas en el bar viendo el partido de los cadetes y de jugadores del fútbol base apoyando al primer equipo de la entidad, que milita en CFA2, la quinta división francesa.

La playa de Île-Rousse, con el pueblo al fondo (Foto: MarcadorInt).

La playa de Île-Rousse, con el pueblo al fondo. Foto: MarcadorInt

Con un panorama tan basado en la cotidianidad, poco imaginaban los miembros de esta escuadra corsa que durante la temporada jugarían partidos de competición nacional retransmitidos en directo por Eurosport o que llegarían a eliminar incluso al Girondins de Bordeaux de la Coupe de France. Después de muchas rondas, esfuerzo y sudor, la competición copera francesa siempre nos deja algunas sorpresas agradables, y el FBIR era una de las de este año. Por eso fui a ver su cruce de octavos a Ajaccio, a unos 180 kilómetros al sur de Île-Rousse. Recibían al Guingamp de la Ligue 1, y como evidentemente el Jacques Ambroggi, su estadio, era demasiado pequeño, los gualdinegros jugaban en casa del AC Ajaccio, el François Coty. La isla entera estaba con el equipo en la eliminatoria. Durante todo el día anterior en Bastia había hablado con peñistas y aficionados del Sporting e incluso me comentaron que se reunirían para ver por la tele el partido del FBIR. Siendo el único equipo corso que quedaba en la competición, su estatus de amateur le otorgaba un carisma especial.

El día del partido llegué a la capital de la isla a media mañana en el tren proveniente del norte. Estaba un poco preocupado porque quería encontrar un tema relativo al partido que me permitiera abordarlo desde un punto de vista emocionalmente cercano y no sabía por dónde empezar. El interés de un encuentro entre un quinta y un primera división en competición oficial no radica –sólo- en el juego, sino también en las intrahistorias humanas que genera, y yo no tenía ningún enfoque aún decidido. Para colmo, Àxel me había reservado un hotel cerca del estadio… en el que no se jugaba el partido. En dieciseisavos el FBIR jugó en el campo que caía al lado de mi hotel, el Ange Casanova, sede de otro equipo de Ajaccio, el Gazélec, pero en esta ocasión no podían utilizar el mismo estadio y se jugaba bastante lejos. Conociendo ya la frecuencia y calidad de los transportes públicos corsos había motivos para tener miedo porque el partido era en sólo una hora y media. De hecho, haciendo caso a Google Maps, caía justo al otro lado de la montaña que veía desde la ventana de mi habitación. Miré hacia fuera casi nervioso y entonces vi la luz. Un abuelo y una chica joven engalanaban un coche con globos y escarapelas negras y amarillas en el aparcamiento del hotel. “Igual que los colores del Île-Rousse”, pensé. “Espera, que como vayan al campo me salvan la vida”. “Espera, que voy a hacer una foto porque como pase lo que me parece que va a pasar, ésta va al reportaje”. Abrí la ventana y les pregunté, y sí, iban al campo. Bajé y les expliqué mi situación. Llegaron el padre y la madre de la familia y aceptaron llevarme, justo había un hueco para mí en el coche.

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El coche en el que viajó Miki S. Gonzalo hacia el estadio del Ajaccio, donde se jugaba el partido. Foto: MarcadorInt

Pronto me di cuenta de que mi suerte cruzándome en el camino de la familia Ferrandini iba más allá de lo que creía. No eran exactamente lo que estaba buscando, eran incluso mejor. Compartía el coche con un matrimonio afincado en Île-Rousse que regenta uno de los hoteles del pueblo. El hombre, que parecía encantado de llevar a un periodista venido del extranjero para escribir sobre su pequeño club, charlaba conmigo sobre el partido. “Mira, incluso mi sobrina –señalando a la chica joven sentada a mi lado- ha venido de París expresamente para ver el partido”. De París, donde yo estoy de Erasmus. Nos enteramos, atónitos, de que estudiamos en la misma facultad. Y nos habíamos tenido que encontrar en Córcega. De hecho, ella había ido al partido para ver a su primo. Su primo, que era el hijo del matrimonio que me llevaba en coche y que no era otro que Loïc Ferrandini, jugador del FBIR. El único jugador, además, que a sus 22 años había pasado toda su vida futbolística en el club, desde benjamín hasta llegar al primer equipo. Nadie como aquella familia para transmitirme las sensaciones previas, las del partido y las del post partido. Les sobraba una entrada para ir con la afición y me propusieron verlo con ellos en lugar de las frías cabinas de prensa, que suelen saber mucho de análisis pero poco de estados de ánimo. Acepté sin dudarlo.

Al llegar al campo los Ferrandini saludaban a todos los aficionados del Île-Rousse y me los iban presentando. “Éste es el padre de un delantero”. “Este hombre es el que hace siempre las crónicas del equipo para el periódico local, podrías entrevistarle”. “Mira, y ahí está el Presidente, ¿te lo presento?”. Al final, para que me encontrase cómodo durante el partido, me presentaron a un grupo de chavales de mi edad que jugaban en el filial. “Es un periodista que ha venido de un medio español a hacer un reportaje sobre el partido, que se ponga aquí con vosotros y así os va preguntando”. Y aquellos chicos, la mayoría de los cuales habían debutado en el primer equipo y llevaban años en el club, me transmitieron sus estados de ánimo. Nerviosos, contentos, esperanzados. No era una locura llegar a cuartos, no lo era porque ya se habían ‘cargado’ al Girondins de Ligue 1. ¿Era imposible hacer lo propio con, a priori, un rival de incluso menor entidad como el Guingamp? El estadio se fue llenando de una manera increíble para ser el equipo de un pueblo de tres mil personas. Había venido gente de toda la región de la Balagne a animar e incluso ajacciens aprovechando que se jugaba en su ciudad. Y me dejé llevar. Y en lugar de ser totalmente imparcial como haría alguien que debe escribir sobre un partido, grité las consignas a favor del Île-Rousse que se contagiaban al abrigo de pancartas y bengalas a la salida de los jugadores.

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La grada del François Coty mostró un buen aspecto para recibir al Guingamp. Foto: MarcadorInt

El partido no tuvo mucha historia sobre el terreno de juego. Es cierto que el resultado pudo haber sido otro, y que el FBIR hizo méritos como para algo más que dejar su marcador a cero, pero no todo es tan fácil cuando te enfrentas a un equipo profesional. El Guingamp, sin entregarse al máximo, no se dejó ir sabedor de que sus rivales eran pequeños pero matones. Los bretones aguantaron bien la salida a por todas de los corsos, buscaron aprovechar su calidad, y, todo hay que decirlo, tuvieron un poco de suerte. El primer gol llegó a cinco del descanso, cuando en el estadio todo el mundo pensaba en aguantar un poco más y llegar a la segunda mitad con el empate inicial. Además, el testarazo de Cerdan llegó tras un córner muy discutido y se convirtió en gol, en parte, por una mala salida de Florent, uno de los tres hermanos Menozzi que juegan juntos en el equipo. El añadido de vivir el partido con jugadores del B era importante en términos cualitativos: “Ése de ahí es el padre de los tres Menozzi que juegan juntos, te diría que fueras a entrevistarlo pero últimamente han venido algunos medios nacionales a hablar con él y se lo tiene muy creído”. Así que decidí no ir y dejarlo tranquilo disfrutando el partido de sus tres retoños. Comenzó la segunda parte. El resultado sólo era de 0-1, remontar era difícil pero en ningún caso imposible, aunque el gol había enfriado los ánimos. El Guingamp volvió a tener suerte, o no, con la actuación de Samassa. El portero visitante no se dejó sorprender y desbarató más de una clara oportunidad de empatar que había hecho levantarse con expectación al público de las dos tribunas para volverse a sentar con un gruñido de lamento. El gol corso no llegó pero el que sí lo hizo fue el segundo bretón por medio de Diallo, en una nueva jugada a balón parado en el 57’. Un 0-2 que ya no se movió del marcador del François Coty.

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El Île-Rousse no pudo derrotar al Guingamp en los octavos de la Coupe. Foto: MarcadorInt

Con el pitido final del árbitro, un largo y estruendoso aplauso general inundó el estadio pese a las caras de decepción. Al final de la ovación, la afición empezó a invadir el terreno de juego pacíficamente, poco a poco. Me sumé a ellos. He vivido otras invasiones de campo a lo largo de los años y esta era algo diferente. Lo que me sorprendió fue que no eran aficionados entrando al campo para acercarse a sus ídolos, sino que eran hermanos, amigos, madres, primas y gente del club que querían abrazar, conversar y consolar a los suyos. Casi todos los jugadores daban su camiseta. Y como algunos pequeñines del fútbol base insistían, incluso sus pantalones.

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Un jugador del Île-Rousse hasta se quitó sus pantalones para dárselos a un pequeño aficionado del equipo. Foto: MarcadorInt

Los medios de comunicación intentaban poner un poco de cordura y entrevistar a algunos jugadores con las preguntas típicas: “¿Cómo has visto el partido?” y “¿Contento por haber llegado hasta aquí en Coupe?”. Preguntas que los jugadores respondían con las respuestas que están acostumbrados a ver en televisión más que con lo que pensaban. Encontré al entrenador, Nicolas Gennarielli, atendiendo a los micrófonos de Eurosport, y le puse el mío. Gennarielli explicaba que él había visto el partido bastante igualado en términos de juego, pero que la diferencia entre CFA2 y la Ligue 1 era esa: la capacidad para hacer goles en jugadas que ellos habían fallado. Pese a todo, estaba realmente orgulloso del trabajo de los suyos.

Los jugadores ya entraban al vestuario y yo tenía miedo de que ‘mi’ familia se marchara sin mí, así que salí del terreno de juego y me dirigí hacia donde me esperaban. “Qué, ¿cómo ha ido, has entrevistado a mucha gente? Si te hace falta llamo a quien necesites y le digo que venga para que le hagas unas preguntas”, me ofreció la señora Ferrandini. Pero a quien yo tenía ganas de ver era a Loïc, su hijo. Llegó unos minutos más tarde aún mojado de la ducha, se abrazó a sus padres, a su prima y a su abuelo, y les dijo que bueno, que era de esperar pero que también habían tenido mala suerte. Abrió su bolsa de deporte y sacó su camiseta: “Toma, mamá, la he guardado para ti”. Y madre e hijo se fundieron en un nuevo abrazo. Luego nos presentaron. Loïc accedió encantado a que le hiciera unas preguntas, y me contó, orgulloso, lo que ya me habían dicho sus padres: que había pasado toda su vida comprometido con el club en todas las categorías. De hecho, era el único jugador del primer equipo nacido en el pueblo y con un historial íntegro en el FBIR. Para él había sido incluso más importante vivir la jornada histórica y se sentía orgulloso, pero no contento: “No puedo estar contento porque hemos perdido. Ellos tampoco han estado demasiado bien, pero nos ha faltado un plus para ganar”. Eso sí, Loïc me remarcó que había sido un partido “muy importante” para Île-Rousse y que probablemente ése recuerdo le perduraría “toda la vida”.

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Loïc Ferrandini, de 22 años, ha jugado en el Île-Rousse durante toda su carrera. Foto: MarcadorInt

El jugador tenía que volver con su familia al hotel una vez acabado el partido, pero los Ferrandini volvieron a ser tremendamente amables y subimos los seis al coche de cinco plazas. Durante el trayecto Loïc nos habló un poco de todo, pero de un modo familiar y no como se hubiera expresado hacia un periodista en tanto que jugador. “Joder, papá, y además nos han metido los goles a balón parado. Mira que habíamos entrenado eso toda la semana, si hasta la jugada que nos han hecho la vimos en vídeo el lunes…”. Me pareció que esa misma escena se debía haber repetido cientos de veces en ese coche con los mismos interlocutores desde hacía años. El padre sonreía ante los comentarios de su hijo. “No te preocupes, habéis estado bien pero habéis tenido mala suerte. Ahora saldréis de fiesta por Ajaccio para divertiros, ¿no?”. Loïc me dio su teléfono y me invitó a salir con ellos de fiesta esa noche. Llegamos al hotel y envié un Whatsapp a los compañeros de MI: “Chicos, ¿salir de fiesta con ellos puede ser parte del reportaje, o es extralimitarme en mis funciones profesionales?”. “Sal, ¡sal!”, me contestaron. Estaba cansado y al día siguiente tomaba el avión de vuelta a París, pero aun así llamé a Loïc para ir a tomar la primera copa de la noche con ellos por el centro de Ajaccio.

El formato de Copa francesa nos deja historias como la del FBIR. Cómo un grupo de amigos puede llegar a disputar los octavos de final eliminando a profesionales y plantando cara. Cuando me despedí de ellos, mientras se dirigían a una discoteca, los chicos del Île-Rousse me estrecharon la mano y me dijeron “en el reportaje di que nosotros jugamos mejor que el Guingamp, ¿eh?”. “¡Y que somos gente de puta madre!”, añadió otro. Y yo no soy quién para negar, al menos, la última de sus afirmaciones.

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7 comments

Gran historia. Cada vez que leo cosas así odio más la Copa española. Con la de historias que se podrían contar como estas. Pero se empeñan en arruinar la magia que tiene la Copa.

Un grand merci pour ce beau reportage que nous découvrons simplement aujourd’hui.
Il nous fait revivre la magie de cette coupe de France 2014!
Bravo!

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