El cielo de Katowice y la lluvia de Zilina

Katowice Sky

Llegué. Después de reescribir el concepto de Odisea y dejar la de Ulises a la altura de un juego de niños, llegué. Así que ya estoy en Zilina, desde donde voy a ser testigo directo de los partidos más importantes del Europeo sub-17 de Eslovaquia y de alguna sorpresa más.

Estaba aterrizando en el primer “Checkpoint” de mi viaje situado en Katowice (Polonia), aún despertándome de mi habitual “sobada” en el avión, y pensé: “ya verás que ciudad más gris te encuentras”. Alimentaron mi presentimiento las imágenes de grandes chimeneas y altos hornos que se iban dibujando a lo lejos, cada vez más grandes . Así que dormité un poco más, sin fijarme en el exterior hasta el aterrizaje. Salí del avión y levanté mi cabeza para echar el primer vistazo, esperando encontrar poco menos que Mordor anocheciendo. Y ni mucho menos. Con un bonito atardecer de colores varios, así me recibió Katowice.

 

Katowice Sky

 

Alquilé un coche en el aeropuerto, y es muy posible que me vieran cara de primo, menudo “sablazo”. Por si fuera poco, el GPS que alquilé empezaba a darme problemas para salir de la ciudad y dirigirme a Zilina, a unos 240 Kilómetros de distancia.

No se puede decir que el viaje en coche fuera un drama, pero sí que algún tramo fue bastante lento. En la carretera polaca había muchas obras y conos por todas partes, formando chicanes improvisadas. Estaba eso y estaban las vías de un único carril, en el que todo el mundo acaba siguiendo al lento” Safety car” de turno. Parecía el gran premio de Polonia.

Mientras, en la radio sonaba una emisora que combinaba grandes éxitos del momento -los mismos que en España- y canciones locales. Me di cuenta de que la música en Polonia no pasa por su mejor momento.

Pasé bosques, zonas oscuras, zonas muy oscuras y zonas increíblemente oscuras hasta llegar a la frontera con la República Checa. Allí empezaron a aparecer hordas de camiones, camiones maqueados hasta el límite, con tubos, luces de colores, dibujos en la zona de carga. Allí, en medio de ellos, sentía como si acompañara a los “Transformers” a su nueva misión.

No hay mucho más que explicar de la carretera: entré en Zilina y me di cuenta de que había estado en cuatro países en menos de seis horas (España, Polonia, Rep.Checa y Eslovaquia).

¿Os he hablado ya del cabrón de mi GPS no? Porque es un cabrón. Estaba a escasos metros de la señal de destino, es decir de la dirección de mi hotel, y sentía que no podía ser tan fácil. No tardé en comprobar que donde me había llevado el navegador era imposible que fuera un hotel. Incrédulo, me acerqué al destartalado edificio, y pese a que “la Organización” es a veces un pelín “ratilla” a la hora de escoger alojamiento para mí, sé que nunca me enviaría a tamaño despojo urbano. Así que di unas vueltas con el coche. Pero nada. Nervioso, fui a buscar ayuda. Un chico pasó en bicicleta y no quiso saber nada del asunto. Subí al coche y vi que se acercaban cuatro o cinco personas más, paré a su lado y pregunté. Mientras me ayudaban (en inglés) percibí algo en el acento de una de las dos chicas , algo familiar. Era como un : “Güen yu gou, tu de Strit…”. Un poco como hablamos todos nosotros. Así que pregunte :  ¿”Sorry güere are you from?”, como el que busca un aliado en medio de la nada. Y sí, ¡¡¡bingo!!!. Sara, española, de Erasmus en Zilina. Su ayuda fue fundamental para acabar encontrando el hotel.

El ambiente alrededor del “Hotel-Borik” era propicio para grabar un capítulo de “The Walking dead”. No se escuchaba nada. ¡¡¡Pero nada!!! Subí hasta la puerta de entrada, estaba cerrada y piqué al timbre. Nadie acudió. Volví a picar, y lo mismo. Noté las primeras gotas. Y toqué el dichoso timbre de nuevo. Arrancó a llover más fuerte. Yo me mojaba, pero la maleta estaba resguardada, todavía en el coche. Me quedaba una buena bala en la recámara, llamar por teléfono. Y pensé : “¿Albert, cuánto hace que no te fijas en el móvil, quedará batería, no?”. Pues no. Medité la opción de ponerme a llorar, total, no me iba a escuchar nadie. Pero antes de eso tenía que intentar algo. Llevaba unos veinte minutos en la puerta del hotel. Cogí el coche, me dirigí a una gasolinera y le pedí a una chica que trabajaba allí que me dejará cargar el teléfono. Así que lo conecté un poco y llamé a mis padres, a Axel y a Raúl Fuentes, para decir que estaba bien. Luego al dichoso hotel. Lo cogió una mujer que no entendía ni papa de lo que le decía, era como hablar con un Ewok que nunca se ha movido de la Luna de Endor. De nuevo la chica de la gasolinera me sacó del atolladero, habló con ella y todo aclarado. Se había quedado dormida, me dijo. “No jodas”, contesté irónicamente. Entré en el hotel y escuché como dejaba de llover.

 

 

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3 comments

Sí,obviamente tengo el teléfono de Sara. No dudes de que habrá más noticias sobre ella. Sobre la gasolinera, no era el momento. Aún así se donde encontrarla.

Quizás sea yo, y no sea culpa tuya, pero sinceramente, leer a un periodista? escribiendo de esta forma tan chabacana y simplona hace pensar que el bello oficio del periodista, que viaja para contarnos qué sucede donde no podemos llegar, se ha rebajado hasta niveles vergonzosos.

En cualquier caso, suerte en Eslovaquia!

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