En algún lugar de Eslovaquia

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Se hace tarde. No hace ni veinte minutos que estoy volviendo de Myjava, una pequeña ciudad de la que sólo he visto su campo de fútbol. Un lugar donde la pasión me ha recargado; donde he olvidado el cansancio, el hambre y el dolor de espalda. Pero ahora se hace tarde, necesito comer y me mata el dolor cervical. Mientras, el Sol se pierde detrás de la inacabable pradera de la zona. Decido parar.

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Ni sé ni sabré nunca dónde estoy. Es un pueblo de Eslovaquia, eso sí lo sé. Hace un kilómetro que veo anunciado un “Irish Pub”. Al entrar, me fijo en la pantalla gigante. Hay un partido de hockey hielo. Juegan Suiza y Estados Unidos, y de momento ganan los europeos por 1-0. Una veintena de chicos siguen el partido con  máxima atención. En otra mesa cena, una familia. Los niños comen pizza y los padres miran la pantalla; se les nota la pasión. Los tres camareros están fuera de la barra, de pie, con los ojos clavados en la pastilla y el hielo. Y otras dos chicas cenan en una esquina, ajenas a todo. Me siento y consigo pedir la cena, más con la mímica que con el inglés, porque nadie aquí habla inglés.

Y ahí, sin saber ni dónde estoy, sin poder hablar con nadie, me doy cuenta que nunca me he sentido tan ajeno a todo lo que me rodea. Y está muy bien. Me gusta. No hace ni media hora que estaba “con los míos”, en un campo de fútbol, hablando del Fulham y la Europa League. Y ahora, como si hubiera apretado el botón del “hiperespacio”, parece que he cambiado de galaxia.

Gol de Suiza. El pub estalla en aplausos. Echaré de menos a esta gente.

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