Rusia, campeona de Europa sub 17

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Las Finales son difíciles de explicar. Son partidos diferentes. Muy particulares. Aislados de casi todo contexto. En una Final la meritocracia no se contempla. Quien gana es realmente porque es y debe ser campeón. Hay campeones que aplastan a su rival, otros que resurgen de sus cenizas tras encajar un primer golpe y otros que aguantan y resisten sabiendo de su teórica inferioridad hasta llevar al oponente a su terreno o a donde más le convenga. Rusia sub 17 ha sido de este último tipo. Le ha ganado la Final a Italia en los penaltis (4-5) tras aguantar un 0-0 en el que fueron claramente inferiores.

Rusia se hace la primera foto oficial sobre el césped tras levantar la copa al cielo de Žilina. Foto: Albert Fernández.

La azzurra no hizo ninguna variación en su once inicial con respecto a la Semifinal ante Eslovaquia, algo que es llamativo por lo que a la titularidad del interista Demetrio Steffè respecta, que repetía en la banda izquierda. A Daniele Zoratto le han convencido sus aportaciones el martes, y eso le ha bastado para ganarle la posición a Vittorio Parigini (Torino), que siempre que ha participado ha agitado la banda por la que ha jugado, y a un Alberto Tibolla (AC ChievoVerona) que tendría que colocarse a pierna cambiada y que ha pasado inadvertido cuando ha jugado en el costado izquierdo. No sorprendía, por otra parte, que Luca Vido (AC Milan) jugase en la segunda punta en detrimento de Federico Bonazzoli (Internazionale), pues pese a que de cara a puerta no es mejor sí ha demostrado ser más eficaz en sus movimientos con y sin balón a lo largo de la copa. Ambas escuadras usaron su disposición táctica habitual, tanto Italia su 4-4-1-1 como Rusia con su 4-3-3.

En los de Dmitri Khomukha la única sorpresa se encontraba en la demarcación de volante derecho, donde entró Rifat Zhemaletdinov (Lokomotiv Moskva) en lugar de Aleksandr Makarov (CSKA Moskva). El del Lokomotiv es un volante más solidario con el lateral y más asiduo a introducirse en el carril central para buscar recepciones o generar peligro con balón en el fuera-dentro. Resultaba más ventajoso en un contexto de inferioridad inicial como el de hoy que un Makarov más acostumbrado a “realizar bien pocas tareas”, principalmente las del centro y la internada en el área. El héroe ante Suecia, Ramil Sheydaev (Zenit), que llegó a la convocatoria para ese partido por la lesión de Mayrovich, repitió como titular en la punta del ataque, y Aleksandr Zuev se mantenía en la izquierda. Por detrás, Dmitri Barinov (Lokomotiv Moskva) y Aleksandr Golovin (CSKA Moskva) repitieron como interiores, al igual que repitió todo el bloque defensivo.

Italia saltó al campo especialmente intensa, con ganas de dominar de principio a fin y sentenciar el partido cuanto antes. Que sus tres primeras ocasiones de gol fuesen en los 5 primeros minutos así lo demuestra. Era algo que cabía esperar, pero lo sorprendente fue la manera en la que Italia pretendió ser y fue superior. No buscaron retener la posesión y llevar la iniciativa del encuentro como acostumbran. A sabiendas de que Rusia es un equipo lento en salida, fácil de presionar y que no daña si no logra salir, Italia modificó su idiosincrasia para sacar provecho y planteó un sistema de presión con dos líneas diferentes y alternativas. La primera y menos aplicada, muy alta, influía sobre los centrales y estaba formada por el punta Alberto Cerri (Parma) y Vido. Bloqueaba el pase inicial de los centrales al ‘5’ ruso, Sergei Makarov, un pase que es vital para la gestación de cualquier jugada de ataque de los rusos (no son capaces de salir por las bandas con los laterales). La segunda y más frecuente estaba más retrasada y actuaba sobre el mencionado Sergei Makarov. La formaban el propio Vido más los hombres de banda, Steffè y Gennaro Tutino (SSC Napoli), y bloqueaba las líneas de pase que pudiese encontrar Sergei Makarov al girarse tras una recepción no obstaculizada. Tenía un efecto menor pero igualmente útil porque a pesar de que Rusia salía, no era capaz de progresar.

Esta presión no solo tuvo utilizad en fase defensiva, sino que también valió para propiciar jugadas de ataque. Una buena presión desestabiliza al jugador rival, que pierde el control del balón. Eso pasaba. Se vio en multitud de ocasiones. La presión provocaba robos, pérdidas y transiciones dañinas en las que Italia veía puerta pero no era capaz de definir con éxito. Con bastantes apuros y momentos de desorden, la selección rusa logró mantenerse sólida en defensa y mantuvo el 0-0 al descanso. No se acercó con peligro –más allá de un remate de córner– porque en ningún momento pudo utilizar su mejor herramienta en ataque: el pase vertical en campo contrario. Siquiera llegó a alcanzar tal zona del terreno de juego en posesiones largas. Las únicas acciones que tenían peligro potencial eran las que lideraban los dos mejores jugadores de la selección rusa: Zuev por el carril izquierdo y Golovin por dentro. Y es muy generoso decir “peligro potencial”.

En la segunda mitad, Italia pasó a ser más fiel a sí misma. Abandonó su plan de obtener ventajas única y exclusivamente de la presión al rival y quiso elaborar con sus mecanismos clásicos. El del juego exterior, paradójicamente, no estuvo activo como sí lo estuvo en el primer tiempo. Sí se activaron en los segundos 40 minutos los mecanismos asociados al carril central: las incorporaciones de Andrea Palazzi (Internazionale) desde segunda línea con el resguardo del gobernador del mediocampo Mario Pugliese (Atalanta) y los movimientos de recepción, giro y acercamiento al arco de Luca Vido y Cerri. Con ellos llegaron múltiples ocasiones, principalmente un mano a mano fallado por el segundo punta milanista.

Khomukha pretendió ser más ofensivo y prescindió de la ayuda lateral de Zhemaletdinov –su apuesta inicial– para dar entrada al extremo puro Aleksandr Makarov. Además, retiró a Zuev para incrustar en la izquierda a un ‘9’ puro como Aleksey Gasilin (Zenit), que en fase ofensiva se junta en el área con Sheydaev para formar un 4-4-2 asimétrico con 2 rematadores de centros. El cambio lo efectuó a pesar del riesgo de que cojease el sector izquierdo, un riesgo que realmente es mínimo puesto los laterales no se desdoblan casi nunca (convirtió un defecto en una exención de riesgos). Tras una ocasión de Palazzi llegaron los dos primeros cambios de Zoratto: el habitual cambio de segundo punta (Bonazzoli por Vido) y el debut del milanista Davide di Molfetta, sustituto de Tutino en el partido y del lesionado Piu en la convocatoria. Este fue el punto de inflexión del partido, y no porque los cambios tuviesen repercusiones en el juego (son dos hombre por hombre), sino porque Italia bajó una marcha en ese momento.

A falta de diez minutos Italia concedió de nuevo la iniciativa a Rusia y volvió al plan inicial de obtener beneficios de la presión. No obstante, no lo hizo de forma tan intensa como al principio, pues el desgaste físico se hizo notar. La presión minimizada de la azzurra sumada a una motivación in crescendo de Rusia permiten explicar el tramo final. Fue en esos diez últimos minutos cuando los rusos se sintieron al fin cómodos porque podían salir pese a alguna dificultad y podían establecer sus cadenas de pases verticales en campo rival. Fue en esos diez últimos minutos cuando Barinov y Danila Buranov (Spartak Moskva), los interiores tras ser sustituido el siberiano Golovin, llegaron desde la medular. Fue en esos diez últimos minutos cuando el mencionado Buranov estrelló en el palo un lanzamiento de falta desde la frontal. Era el turno de Rusia, la oportunidad para ser campeones después de estar más de una hora aguantando dominio del rival. Pero no lo aprovecharon. 0-0 y, como en Semifinales, decisión final desde los 11 metros.

Una tanda de penaltis no se caracteriza, precisamente, por corresponderse con los méritos del partido que la precede. Es azar, puntería y precisión en momentos muy concretos del tiempo, caracterizados siempre por la tensión propia de quien se juega algo a un todo o nada. Especialmente en jugadores de edad formativa y especialmente en una Final, donde ese “algo” es una copa que hará que, en mayor o menor grado, pases a la historia, al recuerdo y a la memoria colectiva. Que todos nos acordamos del ganador de cualquier torneo antes que del subcampeón cuando revisamos el pasado futbolístico es una evidencia. Y más cuando el torneo es de menor trascendencia en el día a día. Quizá es una evidencia injusta en algunos casos, pero es una evidencia. Y es también un aliciente más por el cual merece la pena hacer todo lo posible por salir victorioso de la tanda, ganar la copa, aparecer en los medios de comunicación y dar un primer paso firme en la carrera como futbolista profesional. En una tanda de penaltis puede pasar cualquier cosa, y Rusia consiguió utilizarla para acabar de definirse como ese campeón que resiste y da la estocada al final. Anton Mitryushkin (Spartak Moskva) fue fundamental para esta empresa. Además de las providenciales paradas del tiempo reglamentario, atajó 3 penaltis por los 2 de su homólogo Simone Scuffet (Udinese) y se convirtió en el héroe del segundo campeonato ruso de la categoría. Rusia ganó en Luxemburgo 2006 a la República Checa de Pekhart, Vácha y Necid también en penaltis cuando nadie contaba con ellos para la copa. Mitryushkin detuvo el segundo lanzamiento de la muerte súbita (a Palazzi) y permitió así que Sergei Makarov transformase el definitivo, el que valió el título y el que provocó las lágrimas en la azzurra.

Rusia levanta el trofeo de campeones de Europa sub 17 en el palco del Štadión pod Dubňom. Foto: Albert Fernández.

Y es que Italia fue mejor pero, por leyes no escritas del fútbol, por un componente de este juego que está ahí y no se puede analizar porque es porque sí, en las Finales la meritocracia no se contempla.

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