Estonia, donde el color languidece

Tallinn

Dicen que Estonia se parece a Finlandia. Que Tallinn mira constantemente a Helsinki igual que ocurre con Lituania, que se fija en Polonia, o con Letonia, a priori más cercana a Rusia pese a que Riga busque transmitir una identidad propia. En cualquier caso, yo no he pisado Rusia, Polonia ni Finlandia, así que no puedo confirmar lo que afirman las guías turísticas. No obstante, sí que puedo confirmar que Estonia es un país frío. Frío, pero no sólo por el clima, algo previsible al ser la más norteña de las tres repúblicas bálticas.

Allí llueve más, de forma menos intensa pero más continuada. En julio no hace frío, pero tampoco calor. Por ejemplo, en la “Miami de Estonia”, en Pärnu, donde los jóvenes buscan días de playa y noches de locura, me topé con nubes, viento y lluvia. Pese a las playas. Pese a ser la localidad estonia de verano por excelencia. Aunque digan que es uno de los lugares del país con mejor clima. Seguramente tuve mala suerte en las dos ocasiones que el autobús paró allí, pero ya os podéis hacer una primera idea de cómo es Estonia.

Plaza en el centro de Tallinn
Plaza en el centro de Tallinn

Pero Estonia no es sólo fría por su deprimente clima, algo que ya podíamos asumir desde el inicio. Sus colores, como el negro, azul y blanco de su bandera, también lo son. Aparentemente, sus edificaciones son más coquetas y están más cuidadas que en las otras dos repúblicas bálticas. En las carreteras se percibe una cantidad de casas en el medio de la nada, semiabandonadas, mucho menor que en Letonia o Lituania. Al menos en lo que he podido ver viajando en bus. Pero el paisaje es frío. Las casitas de madera, tan típicas y tópicas de los países norteños, son muy bonitas. Paredes de madera, con sus ventanitas y sus cortinas coquetas. Sin embargo, al final uno las ve todas prácticamente iguales. Y lo más importante: siempre pintadas de colores pálidos. Gris, blanco, celeste, verde desgastado, beige… Tanto en las carreteras como en las ciudades.

También las grandes infraestructuras de Tallinn son de azules fríos y pálidos, blancos o grises. Como la bandera. Cuando uno se da cuenta acaba resultando algo deprimente. Tanto que al final hasta los colores de los árboles y los campos parecen haberse contagiado de esa frialdad. Troncos casi blancos, un verde menos intenso en las hojas de la vegetación o campos con menos color, más uniformes que en Letonia o Lituania, que tampoco es que sean un ejemplo de variedad en ese aspecto. En cualquier caso, este tipo de países son perfectos para reflexionar, desconectar y ponerse a escribir. Son paisajes que envidiamos cuando aparecen en películas como En un mundo mejor.

El clima no acompaña, pero, no obstante, asumimos y aceptamos Estonia tal y como es. Tampoco todo es malo ni deprimente, evidentemente. La primera impresión, al menos en mi caso, fue mucho más positiva que con las otras dos repúblicas bálticas. Mucho más impactante. Además, Tallinn busca ser menos monumental y señorial que Riga. Es más natural. Más auténtica. Más de los suyos y menos pensada para los turistas, aunque varias de sus calles principales, con montones de coches y hoteles de cierto caché, podrían encontrarse en cualquier capital europea. Con sus trolebuses, sus amplias aceras y sus rincones para pasear y perderse, Tallinn te atrapa. Con su vida en la calle, tanto por la noche como a primera hora de la mañana. Tallinn es suficientemente grande para perderse entre sus irregulares callejones del centro histórico, pero no tanto como para no volver a orientarse pasado un rato. Tallinn es pasear sin rumbo por el centro bajo la lluvia y toparse con una plaza llena de vida.

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Los colores pálidos, también presentes en el centro de Tallinn

Ciudad de contrastes, también. Con las mencionadas casitas de madera que podemos encontrar pegadas a la carretera de Pärnu, que también conviven en la capital con conatos de rascacielos. Pero ahí siguen, encajadas dentro de la modernidad que poco a poco va llegando a las repúblicas bálticas. Como el estadio nacional de fútbol, al lado de una de las carreteras de entrada a la capital estonia, pero también al lado de una estación de tren donde nadie espera y de unas obras de lo que parecen futuros campos de entrenamiento. Es un estadio de color blanco por fuera pero verde por dentro. Y con un público entregado, pese a un mal resultado contra el Viktoria Plzen y el clima desfavorable. Con un público que anima desde minutos antes del inicio del partido, que vibra con un momento trascendental como la reproducción del himno de la Champions y que no se toma un respiro hasta que se acaba el encuentro.

Quizás Estonia sea esto. Quizás sea protección de puertas hacia fuera. De ahí esas casas de colores tan pálidos, esa frialdad y la timidez en el trato personal por parte de muchos estonios ante los desconocidos. Quizás eso convive con una actitud más familiar en el círculo personal y de lo conocido, ejemplificada a través de las muestras de complicidad de los periodistas locales con todos los jugadores del Nomme Kalju y el calor que transmiten los hinchas hacia aquellos futbolistas que los representan. Quizás Estonia sea, al mismo tiempo, esa fachada blanca en el estadio y esas sillas verdes de su interior.

Puede resultar deprimente, pero Estonia tiene su encanto. En poco tiempo me cautivó.

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3 comments

Estos son los artículos que enriquecen y hacen diferente esta web de fútbol. Ojalá podamos leer muchos más como este.

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