Es 31 de diciembre y estamos en Wigan

Carlos Vicens, que acompañó a Axel Torres en el viaje a Wigan, en el campo de entrenamiento de Christopher Park el pasado 31 de diciembre

Es 31 de diciembre y estamos en Wigan. Esta noche, esto aún no lo sabemos, el fin de año nos pillará en un pub de Liverpool no demasiado concurrido, y no habrá ni uvas ni campanas. Cenaremos en un restaurante indio hablando de fútbol, porque Carlos y yo normalmente hablamos de fútbol y las otras veces de cómo lograr compaginar todo lo demás con el fútbol. Hemos cogido el tren en Lime Street y nos hemos bajado en Wigan Northern Western. Desayunamos English Breakfast en un café cerca de la estación: un café que no tiene nada especial, pero yo no soy inglés ni he estado nunca antes en Wigan, así que me parece entrañablemente autóctono. Ojeamos un par de periódicos con fotos de Maloney antes de parar un taxi y pedirle que nos lleve a Christopher Park. “Hemos venido a ver a Roberto Martínez”. “¿Ah?, el entrenador de los ‘latics’… Dicen que lo está haciendo bien”. “¿Usted no es hincha de los “latics”? “No, no, yo soy de los Warriors”. Hace un día muy de Greater Manchester y pienso que al cielo gris le quedaría bien el track número 1 de mi CD de Russian Red.

Hemos venido a saber qué es Wigan porque un día se lo prometí a Roberto y quizá este sea el último año. Tengo que saber qué es Wigan para saber si tiene sentido todo esto, si merece la pena sufrir por un club tan ajeno y tan lejano. Si, una vez más, esta pasión y este amor solo tienen que ver con las personas o si, extrañamente, por azar, resulta que en Wigan hay algo que me representa.

El taxista nos deja en la puerta del campo de entrenamiento. Hay una barrera y, obviamente, nadie parece querer derribarla. Aparece un coche por detrás y me gritan desde el interior. Es Román Golobart. Él no lo sabe aún, pero pronto va a jugar cuatro partidos como titular en una FA Cup que acabará ganando. Al rato, Jordi Gómez se acerca a saludar: pocas palabras, timidez característica, un zurdito que es tan bueno que a veces parece que no quiera formar parte de las batallas más mundanas. Él no lo sabe aún, pero será el mejor futbolista del partido que le cambiará la vida al Wigan Athletic ante el Everton en Goodison, y dará unas semanas después la asistencia de gol de la temporada en su debut en Wembley. Iñaki, nuestro amigo Iñaki, está hablando con Ali Al-Habsi, y nos lo presenta. Le digo tres o cuatro cosas cariñosas y sonríe contento. Él no lo sabe aún, pero a los pocos días llegará Joel y le quitará el puesto de portero titular para acabar convirtiéndose en uno de los héroes “latics” con una parada memorable a Carlos Tévez en el partido más importante del Wigan de todos los tiempos.

 

Carlos Vicens, que acompañó a Axel Torres en el viaje a Wigan, en el campo de entrenamiento de Christopher Park el pasado 31 de diciembre
Carlos Vicens, que acompañó a Axel Torres en el viaje a Wigan, en el campo de entrenamiento de Christopher Park el pasado 31 de diciembre

El último en pisar el campo es Roberto Martínez, que me da la bienvenida, tres años y medio después, a Wigan. Roberto habla de Wigan como el que habla de su casa. Como sintiéndose orgulloso del lugar, del sitio, de esta ciudad tan poco glamourosa y tan fea, como sintiéndose encantado de enseñarte que ellos son de allí y que están muy a gusto siendo de allí. Unas horas después, tomamos un café en su despacho y se gira y señala el campo que tiene detrás y nos explica que era exactamente el mismo cuando él llegó a jugar aquí en 1995. Ha empezado a llover y uno se imagina a Roberto, veinte años, entrenando en ese campo dos décadas atrás intentando tirar caños entre compañeros fortachones de metro noventa. En la pared tiene los planos de la nueva ciudad deportiva. “A mí lo que me gusta es construir clubes”.

Comemos algo en las mismas instalaciones del club y unos empleados nos devuelven a la estación en su coche. Volvemos a Liverpool, que cuenta la leyenda que allí hay muchas más cosas que hacer. Yo aún no lo sé, pero estoy empezando a asimilar que Wigan me representa. Un club que no le importa a demasiada gente, con las gradas medio vacías, perdido en el olvido de la no-man’s-land entre la Manchester de Winterbottom y la Liverpool de The Cavern. Este tiempo de mierda empieza a seducirme tanto que igual un día me vengo a vivir aquí. Necesito nubes en mi cielo de Lancashire y necesito saber que, aunque parezca imposible, el Wigan Athletic puede ganarle una final al Manchester City.

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