El fútbol ante la ruptura entre Arabia Saudí e Irán

ASAIRN

Oriente Próximo está cambiando estos días. La calma tensa y la “guerra fría” han dado paso al corte de relaciones entre países y a declaraciones con tintes belicistas. La región vive un repunte de la tensión asociado a la ruptura entre las dos grandes potencias de la zona, alrededor de las cuales gira todo: Arabia Saudí e Irán. No solo son los dos países más grandes por extensión de Oriente Próximo sino que también son los más influyentes en política, religión, sociedad y economía. Y el uno quiere influir más que el otro. Solo comparten ese afán y su conservadurismo en lo religioso; Arabia Saudí es una monarquía teocrática e Irán es una república islámica. Por lo demás, son dos países bien distintos. Salvo en periodos concretos, han tenido y tienen intereses (geo)políticos opuestos. Están habitados por pueblos distintos: árabes en Arabia Saudí, como en la mayoría de países de la región, y persas en Irán. Utilizan casi el mismo alfabeto pero hablan idiomas distintos: el árabe en Arabia Saudí, como en la mayoría de países de la región, y el persa en Irán. Profesan mayoritariamente la misma religión, la musulmana, pero sus practicantes se adhieren a ramas distintas en uno y otro país: a la suní en Arabia Saudí, como en la mayoría de países musulmanes del planeta, y a la chií en Irán, único país donde es mayoritaria junto con Azerbaiyán. Como consecuencia, los dos países utilizan calendarios distintos, y mientras transcurre el año 1437 para Arabia Saudí, es el año 1394 en Irán. Sus diferencias llegan hasta detalles como el nombre del Golfo que les separa (Arábigo/Pérsico). Y sus cruces de intereses les han hecho chocar antes y después de sus constituciones como los Estados que son ahora. Han chocado de forma directa y también en terceros países. Mantienen una rivalidad desde hace siglos que ha tenido picos y valles pero en la que ahora tocan tiranteces.

Riad Teheran
Kingdom Centre de Riad (izquierda; foto: Nora.alsh2) y Torre Azadi de Teherán (derecha; foto: Frode Ramone), emblemas de las capitales saudí e iraní. Edición: MarcadorInt.

Sería impreciso achacar la inestabilidad actual solo a lo ocurrido en los últimos días. La cuerda entre Arabia Saudí e Irán llevaba tensa unos cuantos años. Por ejemplo, Arabia Saudí, aliada de Estados Unidos, se ha posicionado oficialmente contra el presidente sirio Bashar Al-Assad y contra la rebelión de los hutíes chiíes en Yemen. En cambio, Irán se ha colocado en los frentes opuestos de ambos conflictos. Esta primavera se vivió un punto de inflexión: Estados Unidos (así como varios países europeos y la Unión Europea) firmó con Irán un preacuerdo nuclear histórico para este país. Irán abría las puertas para la revisión internacional de su programa nuclear y conseguía a cambio el levantamiento de unas sanciones económicas internacionales que llevaban años lastrando la economía persa. Irán tenía, muchos años después, dinero y relaciones más o menos positivas con Washington. Y Arabia Saudí receló de este movimiento. Desde entonces, los encontronazos entre ambas potencias fueron más notables, aunque se habían limitado hasta ahora a los citados Siria y Yemen. Pero entre el sábado y el domingo pasado, el choque pasó a ser directo.

Arabia Saudí aplicó la pena capital a 47 condenados por terrorismo entre los que se encontraba el clérigo saudí Nimr Al-Nimr, referente de la comunidad chií. Esa ejecución causó protestas de las minorías chiíes de países como Baréin pero, sobre todo, provocó reacciones iracundas en Irán en contra del rival político y religioso de siempre: Arabia Saudí. La embajada saudí en Teherán fue atacada e incendiada por un grupo de personas de entre las cuales 40 fueron detenidas por la policía iraní. Los consulados saudíes en Mashhad (segunda ciudad por población) y en Qom (ciudad sagrada chií) también fueron atacados. Arabia Saudí reaccionó cortando relaciones diplomáticas con Irán por primera vez desde el periodo 1988-1991. Evacuó, escala Dubái, a su cuerpo diplomático acreditado en Irán y pidió a los diplomáticos iraníes que abandonasen Arabia Saudí, algo que ya han hecho. Después, el Ministerio de Asuntos Exteriores saudí extendió el corte de las relaciones a lo comercial y vetó los viajes de ciudadanos saudíes a Irán, así como la entrada de iraníes en Arabia Saudí con la excepción de los peregrinos que visitan las ciudades sagradas de La Meca y Medina (deber del musulmán). Los aliados saudíes en Oriente Próximo y el norte de África –entorno mayoritariamente musulmán suní– empezaron a imitar a Riad. Baréin, Sudán y Yibuti cortaron todo tipo de relaciones con Irán mientras que Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar hicieron regresar a sus diplomáticos del país persa. Allí, pese a la condena del presidente Hasán Rouhaní a los ataques contra las sedes saudíes, se mantenía el clima de tensión.

Esta conflictividad política y religiosa ha llegado también al fútbol, en una nueva muestra de que su popularidad mundial lo convierte en un fiel reflejo de los pueblos. Mientras Arabia Saudí preparaba el corte de relaciones con Irán (los dos países más apasionados por el fútbol en el Oriente Próximo asiático), se producía una reunión entre las directivas de los cuatro clubes más importantes deportiva y socialmente del país saudí. Estos cuatro clubes están clasificados para la Champions League de Asia 2016 que comienza este mismo mes. Los riadíes Al-Hilal y Al-Nassr, así como el Al-Ahli de la costera Yeda, empezarán el torneo en la Fase de Grupos. El cuarto equipo es Al-Ittihad, que este año empezará desde la última ronda previa. Pese a las rivalidades deportivas entre ellos, ciudadanas y nacionales, los cuatro equipos coincidieron en una cuestión: su deseo de no jugar partidos en Irán y de no recibir a clubes iraníes en la máxima competición asiática de clubes. El argumento esgrimido: la inseguridad.

“Pido a la Federación Saudí y a nuestros clubes que van a participar en la Champions League de Asia que transfieran los partidos contra equipos de Irán a países neutrales. No queremos ir con ellos ni ellos venir a nosotros. Invito también a los clubes del Golfo a solidarizarse con la seguridad de nuestros hijos. Esta demanda es porque no se puede garantizar la seguridad en ese país”

 

Abdulrahman bin Musa’ad, expresidente de Al-Hilal en Twitter

“No hemos anunciado nada oficialmente sobre el asunto. Sin embargo, por otra parte, ofrecemos completa seguridad y le diremos a la AFC que vamos a defenderla”

 

Ali Kafashián, presidente de la Federación de Fútbol de Irán, a Fars News

Esta voluntad, canalizada a través de la Federación Saudí, hubiese sido una obligación para los clubes reunidos horas después, cuando el reino saudí vetó los viajes a Irán y la recepción de iraníes. Pero el acuerdo se buscó previamente porque los clubes saudíes tienen casi seguro que enfrentarse a clubes iraníes en, al menos, la Fase de Grupos de la Champions. Por la división geográfica que aplica la AFC desde hace años y por los cupos del torneo. Desde la primera ronda previa hasta la Final, los clubes del este de Asia juegan entre sí y separados de los del oeste. Esta separación, basada en la logística, la geografía y los costes de los viajes, se suma al reparto de plazas para jugar la Champions League. Por el buen nivel de sus ligas –las mejores del Oriente Próximo asiático–, Arabia Saudí e Irán llevan años consiguiendo las máximas plazas posibles, que hoy son 3 directas a Fase de Grupos y una de acceso a la última ronda previa. El sorteo de los grupos de 2016 ya está hecho y, a falta de que se jueguen las eliminatorias preliminares, 2 de los saudíes directamente clasificados (Al-Nassr y Al-Hilal) ya tienen en su grupo a 2 de los iraníes directamente clasificados (Zob Ahan y Tractor Sazi, respectivamente). Si Al-Ittihad supera la ronda previa, tendrá en el grupo a otro iraní: Sepahan. Y si el Naft de Teherán, club iraní, supera su eliminatoria previa, coincidirá con otro saudí: Al-Ahli.

Igual que el corte de relaciones entre Arabia Saudí e Irán no se debe solo a los acontecimientos más recientes, estas peticiones hunden sus raíces en acontecimientos pasados que también han ido de la mano de la geopolítica. En la pasada Champions League de Asia, mientras la Crisis de Yemen se internacionalizaba y justo tras el preacuerdo nuclear, el fútbol reflejó una tensión notable en los duelos entre iraníes y saudíes. En la Fase de Grupos, Persepolis, uno de los dos gigantes de Teherán por palmarés y masa social, venció en la capital iraní por 1-0 al Al-Nassr de Riad y el autor del gol, el joven delantero internacional iraní Mehdi Taremi, celebró su tanto de penalti a lo Panenka haciendo con los dedos el gesto de degollar. La AFC sancionó al ejército rojo teheraní con 16.700 euros porque su afición desplegó pancartas con consignas políticas antisaudíes, encendió bengalas y utilizó láseres verdes contra los ojos de los rivales. En ese partido, para el que había ganas, Persepolis registró el récord histórico de asistencia en un partido de Champions League asiática con 100.000 espectadores abarrotando el Estadio Azadi. Récord de todas las ediciones de un torneo que se lleva celebrando interrumpidamente desde 1967.

Posteriormente, en Octavos de Final, dos clubes saudíes se enfrentaron a dos iraníes en partidos más tensos aún por la trascendencia deportiva. El Al-Ahli saudí fue sancionado por la AFC con una multa de 18.600 euros por lanzamiento de objetos en su campo justo tras ser eliminado por el Naft de Teherán, lo cual impidió que los iraníes saliesen normalmente del césped. Por su parte, Al-Hilal, bicampeón de Asia asentado en Riad, protagonizó un cruce lleno de incidentes contra el mencionado Persepolis. En la ida en Teherán se volvieron a dar cita 100.000 personas en el Azadi. Persepolis igualaba su propio récord histórico en apenas mes y medio porque, de nuevo, había ganas de ese partido. Tras su disputa, Persepolis fue sancionado por motivos más graves. La AFC penalizó al club con 27.800 euros de multa y lo apercibió con el cierre de su estadio por reincidencia en el uso de bengalas y en el despliegue de pancartas políticas, así como por lanzamiento de piedras a los jugadores saudíes. Tras la vuelta en Riad, Al-Hilal fue sancionado con 7.000 euros de multa y con un partido como local a puerta cerrada por lanzamiento de objetos desde sus gradas contra jugadores de Persepolis cuando saltaban al campo, cuando se retiraban en el descanso y cuando el citado Taremi fue expulsado en el descuento del segundo tiempo.

Con todos estos precedentes, con todas estas sanciones y con la petición saudí de campos neutrales en la bandeja de entrada, la Confederación Asiática de Fútbol tiene que tomar una decisión. La institución afincada en Malasia pero presidida por un bareiní (Salman bin Ibrahim Al-Khalifa, candidato a presidente de la FIFA) solo se ha manifestado de forma prudente, diciendo que “monitoriza la situación” y que tomará medidas sujetas a sus reglamentos. El reloj corre en su contra. El ambiente no se relaja en Oriente Próximo y, antes de que la Champions League comience el 27 de enero, se va a jugar en Catar –país de mayoría musulmana suní– un Asiático sub 23 en el que Irán juega el partido inaugural el próximo martes. Catar solo ha retirado a sus diplomáticos de Irán, pero un cambio más profundo en la relación entre ambos países podría perjudicar a los destacados futbolistas iraníes que juegan en la Superliga de Catar: 5 mundialistas en Brasil como Masoud, Dejagah, Teymourian, PouladiMontazeri, más Nouri y Jabari. Además, según el diario deportivo saudí Al-Nadi, el presidente de la Asociación de Fútbol de los Emiratos Árabes Unidos, Yousuf Al-Serkal, ha anunciado que el organismo va a sumarse a la petición saudí para que los clubes emiratíes clasificados para la Champions (2 en Fase de Grupos, 2 en la última ronda previa) jueguen contra equipos iraníes en campo neutral. Oriente Próximo está cambiando estos días. Y su fútbol experimenta las consecuencias.

Foto de portada: elaboración/edición propia.

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7 comments

Se explica mejor el conflicto saudí-iraní en este artículo que en la mayoría de medios de tirada nacional. Gran artículo, David!

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