Un Madrid que cree

Camp Nou -  Philipp Rümmele

Durante el primer día de Jose Mourinho en el Real Madrid, el madridismo, que lo aclamaba ilusionado como la única esperanza de acabar con una hegemonía culé que le venía humillando despiadadamente, se encontró un hombre con el semblante serio. El tipo que había sido capaz de lograr el reto casi utópico de aquella era, vencer al FC Barcelona de Pep Guardiola, respondía a las toneladas de ilusión que por ese entonces estaban depositadas en él con un gesto frío, seco, casi antipático.

Aquello no contrastaba con el orgullo y el baño de masas mediático que se podía dar en su presentación quien venía hace unas semanas de ganar todo lo que se podía ganar. “¿Por qué no sonríe? ¿Por qué no parece feliz? ¿Por qué no alimenta nuestro ánimo?” se preguntaban muchos que sintieron cierto bajón al ver que Mou no emitía mensajes edulcorados de complicidad. Pero Mourinho no tenía tiempo que perder. Tenía meridianamente claro que para girar 180 grados el rumbo de un club que venía de siete humillantes años sin pasar de octavos de final de la Champions debía penetrar profundamente en su mentalidad. Que para que aquel Real Madrid, que por aquel entonces no era ni cabeza de serie, compitiera con los más grandes de Europa y desde luego con el mejor equipo que vieron los tiempos debía realizar un trabajo psicológico intensísimo antes que cualquier tarea táctica. Antes de hablar de sistemas, de movimientos, de jugadas, debía construir una cultura ganadora, una fortaleza mental que les hiciera creer que están capacitados para ser campeones, porque si no creían en ello nada sería posible. Y aprovechó cada una de las oportunidades de las que disponía para colar su mensaje. Su discurso fue transparente desde el minuto uno. “El día del sorteo del vestuario, pese a que no seamos cabeza de serie, quiero que el miedo esté en el vestuario del Inter, del Bayern, del Manchester City y no en el nuestro. Quiero un equipo psicológicamente muy fuerte, que gane los partidos decisivos, donde es necesario no sólo calidad futbolística, sino principalmente fuerza humana, mentalidad y fuerza psicológica muy grande.”, avisó públicamente. Era perfectamente consciente de que el primer paso para ganar era creer en sí mismos.

Pues bien, la buena noticia para el Real Madrid es que, tras un año en el que ha retrocedido en el tiempo, en el que se ha visto superadísimo y casi humillado por sus competidores directos, en el que se ha sentido un mediocre equipo de fútbol y en el que ha visto a su gran rival no sólo ganar todo sino acercarse a volverlo a hacer por segundo año consecutivo, en el Camp Nou se observó a un equipo que aún conserva la convicción de que se puede levantar. Que aún se cree capaz de medirse a los mejores y superarles. Y eso no es poco. Es algo vital si quiere aspirar a salvar su temporada.

Pepe of Real Madrid during the La Liga match at the Estadio Santiago Bernabeu, Madrid Picture by Marcos Calvo Mesa/Focus Images Ltd +34 654142934 20/12/2015Pepe firmó una gran actuación. Foto: Focus Images Ltd

Porque pese a que son los resultados los que marcan las narrativas, el Real Madrid que se vio en el Camp Nou, como colectivo, estuvo muy lejos de ser una escuadra redonda. En la línea de lo que lleva siendo toda la temporada, fue un equipo imperfecto, incompleto y con bastantes problemas estructurales. El planteamiento de Zinedine Zidane, un 1-4-5-1 basado en una suerte de defensa pasiva que, sin encimar, pretendía tapar las opciones de pases incisivos de la primera línea culé y cerrar los espacios para que las conducciones de Leo, Iniesta y cía no pudieran generar ventajas, precisaba originariamente de auténticos milagros para poder intimidar a Bravo. Lo más destacable residió, quizá, en lo coral y disciplinado de su organización, donde Bale y Cristiano Ronaldo, en una de las actuaciones más solidarias que se le recuerdan al portugués desde que está en el Madrid, cerraban atrás con rigor. El conjunto de Zidane cedía la iniciativa y permitía que el Barça, liderado por un antológico Sergio Busquets, se instalara con comodidad cerca de Keylor y pudiera circular allí, por lo que cada vez que recuperaba el balón se encontraba con muchos culés presionando la pérdida muy cerca de ellos. Y no tenía capacidad de atacar los espacios porque, en primer lugar, estaban incrustados todos muy atrás y, en segundo lugar, porque sólo cuenta con un jugador explosivo y potente capaz de amenazar con desmarques. Por ese motivo se veía obligado casi siempre a salir en corto, en clara inferioridad posicional, y sólo las proezas en forma de conducciones y eslalons de Marcelo, Modric o el propio Bale le daban algo de tiempo para superar esa agobiante presión inicial y poder pensar con el balón de cara.

Además, que el Barça no sacara demasiado petróleo de periodos prolongados de posesión cerca del área rival se debe no sólo a los aciertos propios (el Real supo defender su frontal con mérito) sino principalmente a sucesos tan extraños como la imprecisión de Suárez, el sorprendente mal día de Neymar o que Leo Messi tuviera una actuación de centrocampista interior más centrado en controlar que en regatear. Como estructura, como esqueleto táctico, el Real tenía las manos atadas, pues se encontraba con un escenario en el que sistemáticamente lo tenía muy difícil para llegar y en el que sabía que estaba a una combinación genial de Messi, Suárez, Iniesta o Ney, una de esas que ha presenciado tantas veces en los últimos tiempos, para recibir la estocada. Sin embargo, y aunque a veces se olvide, esta plantilla está plagada de futbolistas extraordinarios, de verdaderos talentos diferenciales en lo suyo. Y ayer supieron darle la vuelta a ese tablero desigual.

Sergio Busquets of FC Barcelona during the UEFA Champions League Final at Olympiastadion Berlin, Charlottenburg-Wilmersdorf Picture by Ian Wadkins/Focus Images Ltd +44 7877 568959 06/06/2015Busquets estuvo pletórico. Foto: Focus Images Ltd

Compareció Keylor manteniendo al Real en el partido en los peores momentos, compareció Pepe con una actuación defensiva imperial, compareció Marcelo tejiendo por puro talento jugadas imposibles, compareció Modric salvando presiones con sus conducciones prodigiosas, compareció Bale generando peligro de forma autosuficiente, compareció Cristiano Ronaldo apareciendo en el instante más trascendental, compareció la clarividencia de Karim Benzema, compareció un sorprendentemente maduro Casemiro… Y lo hicieron después de recibir un durísimo primer golpe en forma de tanto de Piqué, en un escenario que podía llevar temer nubarrones en forma de nueva humillación culé. Mas no dejaron que aquello les sobrepasara, lo cual constituye el elemento más meritorio de la actuación blanca en el Camp Nou: no se salieron mentalmente del partido ni se desquiciaron tras verse, una vez más, abajo en el marcador. Siguieron creyendo en su calidad.

El Barça, con el gol bajo el brazo, frenó el ritmo del partido, pausó la circulación y trató de desesperar al Madrid para que corriera detrás del balón y dejara los espacios necesarios para que la MSN pudiera sentenciar. Pero el Real no perdió el pulso al partido, esperó su momento y, fruto de la estelar inspiración de los suyos en un genial contraataque, supo igualar pronto la contienda. Y, tras el choque emocional, tras la sucesión de golpes discursivos, el encuentro perdió el orden táctico que le había caracterizado hasta ese momento y se partió. Marcelo, Bale, Benzema, y Cristiano empezaron a crecer y a disponer de más terreno para transitar, mientras que la MSN también intimidaba pese a que no se encontraba nada fina en los gestos finales. Luis Enrique no quiso que aquello se convirtiera en un duelo de transiciones e introdujo a Arda Turan para que tratara de pausar el encuentro, de monopolizar la posesión y desesperar a su rival. Zidane, viendo que los espacios empezaban a aparecer, metió a uno de los que mejor los ataca de su plantilla: Jesé Rodríguez. De aquella nueva ecuación salió el conjunto blanco favorecido. De un lado porque, sin Rakitic, la transición defensiva del Barça se debilitaba muchísimo y permitía que el Real pudiera correr sin grandes obstáculos y, de otro, porque pasaba a contar por fin con un elemento potente y veloz para dañar al contraataque.

En esa vorágine a Ramos, con amarilla, le tocó lidiar con Luis Suárez, que pese a no estar acertado en los gestos es un quebradero de cabeza infernal y acabó forzando por fin su expulsión, completando una actuación pésima del central andaluz. Mas el Barça había perdido el control del partido y ni siquiera contra 10 supo templarse. Hay que constatar que realmente no estaba tan implicado emocionalmente en el partido como su rival: mientras que para el conjunto blanco una victoria significaba una inyección brutal de confianza de cara a su gran objetivo que es la Champions League, el Barça se jugaba poco más que su orgullo. Empujados por esa pasión interna de reafirmarse, incluso con uno menos el Real se lanzó decididamente a por el partido y acabó encontrando el premio en forma de puntual gol de Cristiano a pocos minutos del final. Pese a que el encuentro había seguido un discurso relativamente azaroso que puede dar a conclusiones ficticias, el Madrid se lleva una de las mayores alegrías de la temporada justo en el periodo en el que se empieza a decidir lo más trascendente. Y ya se sabe que el fútbol es un estado de ánimo.

Foto de portada: Philipp Rümmele

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6 comments

Gran articulo. Cierto que el Barcelona no tenia demasiado en juego(aunque estan a 6 ptos del Atleti) pero el Madrid ayer manda muchos mensajes y le pega un poco al Barcelona que venia en una “nube”. Algo de desconfianza en Barcelona puede haber creado el equipo de Zizou y vaya inyeccion de confianza la que gana el equipo blanco.

Me pareció muy positivo. El planteamiento le obligaba a partir de tan atrás como casi nunca desde que está en el Madrid y ya sabemos que él ya no es ese jugador que intimida con espacios por delante, por lo que quizá no dio la sensación de aparecer tanto al principio. Pero cuando el Madrid se soltó, colaboró en el ataque con acierto, generó peligro por sí mismo (además de las acciones decisivas, el disparo a la cruceta y una parada de Bravo en una conducción desde la derecha) y marcó un gol y dejó la asistencia del gol anulado a Bale, dos gestos que requieren de una calidad absolutamente diferencial y que al fin y al cabo son lo que pesa en el resultado. Fíjate cómo pone el balón al galés de forma precisa al segundo palo para que pueda pesar su superioridad de centímetros sobre Alba y, la jugada del 1-2 me parece, desde el momento del control, de una ejecución sublime.

El Madrid me recordó mucho al que, con Mourinho, empezó a igualar las fuerzas con el Barcelona: un 4-5-1 con las líneas juntas, sin retroceder en exceso ni suicidarse presionando; y también una cierta precipitación en los contragolpes. Creo que Zidane acertó con su estrategia: era fundamental que el equipo no fuera ridiculizado como en la ida.

No sé si el hecho de que el Madrid hilara muchos más contraataques (y, en general, posesiones) en la segunda parte se debió más a una mejoría suya, o a un empeoramiento del Barcelona. El 1-1, en todo caso, es un precioso ejemplo de “contratoque”.

Y una pequeña corrección: cuando llegó Mourinho, el Madrid llevaba seis temporadas sin pasar de octavos de final en la Copa de Europa, no siete (la última vez que lo consiguió, fue en la temporada 2003-2004).

Excelente articulo, pero en mi opinion falta una mencion especial a Carvajal, partidazo soberbio, imperial atras y sumando en ataque. Esta a años luz de Danilo hoy por hoy.

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