Ese mismo Diego Costa

Diego Costa - Atlético de Madrid - Focus

Diego Costa es ese tipo de futbolista que deja un impacto inolvidable cuando lo ves en directo. Recuerdo perfectamente mi primera vez: fue en 2014, en un Atlético de Madrid-Valencia de Copa del Rey disputado en el Vicente Calderón. El Valencia afrontaba el encuentro con la necesidad imperiosa de marcar, pues habían quedado 1-1 en la ida, mientras que el conjunto colchonero defendía de forma completamente desacomplejada el resquicio de ventaja que se había traído de Mestalla. Los ches asediaban con todo y el Atlético de Madrid replegaba gustoso atrás al más puro estilo Simeone. Diego era el delantero del equipo colchonero y estaba completamente solo arriba. A muchísimos metros de la portería rival, con el resto del bloque totalmente retrasado, sin compañeros cerca, sin atacantes rápidos que le facilitaran la tarea de contragolpear. Un escenario que desactivaría a la gran mayoría de arietes. Sin embargo, él se las vio y se las bastó para construirle a su equipo un ataque. Cada vez que el Atleti recuperaba la pelota, Diego le abría a su equipo la posibilidad de desplegarse. Tiraba un larguísimo desmarque convencido de que iba a llegar. La mayoría no servirían para nada, porque el balón no era bueno y él partía de una clara posición de inferioridad, pero él los seguía realizando uno tras otro exigiendo un esfuerzo perfecto del central. Era un encuentro de un ritmo salvaje y él atacaba prácticamente solo, pero, al contrario que los zagueros que tenían que vigilarle, no parecía desgastarse. Seguía y seguía. Cada pelotazo lo disputaba con serias opciones de imponerse y, si lo ganaba, lo protegía y le daba tiempo al resto del bloque para que le acompañara. Probablemente no fue ni siquiera uno de sus mejores encuentros, fue un partido estándar dentro de sus capacidades, pero hasta aquel día yo no percibí lo bueno que era de verdad Diego Costa.

Diego Costa, el atacante de referencia de este Atlético que tanto recuerda al Estudiantes de Simeone (Foto: Focus Images Ltd.).
Diego Costa volvió al Atlético de Madrid tras tres año y medio. Foto: Focus Images Ltd

El pasado sábado, en una gélido y lluvioso día de Reyes en Madrid, pisé el Metropolitano por primera vez. Me sorprendió gratamente que Diego Costa fuera titular, aunque para ser francos no tenía demasiada confianza en encontrarme una gran versión suya. Al fin y al cabo, seis meses sin jugar son muchísimos y el ritmo de competición es uno de esos intangibles a los que tiendo a dar mucha importancia. Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para experimentar una sensación idéntica a la que vivi aquel día en el Calderón. Habían pasado cuatro años desde entonces, pero sentí que estaba viendo exactamente a ese mismo jugador. Cada pelotazo rojiblanco Diego Costa lo transformaba en una amenaza. Su inconfundible presencia, su incansable forma de batallar, su generosísimo repertorio de desmarques provocó que el Atleti hiciera click y superara de forma incontestable al incomodísimo Getafe de Bordalás. Griezmann se beneficiaba de ello, pues podía ocupar su posición predilecta -la de segundo punta- y culebrear aprovechándose por fin de todas las atenciones que generaba el delantero de Lagarto. Además, el Atlético, tras adelantarse, pudo centrarse en el arte que domina -una defensa impoluta- consciente de que se bastaba con la sola presencia de su nuevo ariete para sentirse cerca de la portería rival. Es conocido el final tragicómico del encuentro, que acabó con la expulsión del delantero de Lagarto tras celebrar con rabia el 2-0 con su hinchada, pero eso no impidió que el pensamiento con el que abandoné el Metropolitano fuera el mismo con el que salí aquel día del Calderón. Qué bueno sigue siendo Diego Costa.

Foto de portada: Focus Images Ltd

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