Una tarde en Montjuïc

Montjuic

Era una tarde tonta de domingo del mes de abril o mayo, no recuerdo. El Real Betis visitaba Barcelona para enfrentarse al RCD Espanyol y un par de amigos béticos me propusieron subir a Montjuïc para ver el partido. Nunca tuve una especial filia, ni tampoco fobia, por ninguno de los dos equipos pero en aquella época, no sé decir exactamente el porqué (diría que tal vez porque se estaba jugando el descenso por aquellas fechas) el club blanquiazul había dejado las entradas a un precio tirado. Ya había hecho los deberes del fin de semana, así que decidí acercarme por primera y última vez al Estadio Olímpico Lluís Companys, campo en el que el Espanyol jugó 12 años.

Me pareció algo horrible, horroroso incluso para el más ferviente seguidor periquito. Situado en un lugar apartado, en esa montaña que algunos llaman ‘mágica’ pero que yo calificaría como helada, el camino empinado hasta llegar al Estadio era un auténtico viacrucis en el que el aire se enfriaba medio grado a cada escalón que subíamos. Reinaba un ambiente totalmente primaveral en la ciudad, pero de repente allí arriba habíamos vuelto al pleno invierno. El panorama una vez entrado en el campo no fue mucho más vigorizante; pese a haber una buena entrada para apoyar al equipo en momentos difíciles, el cemento del gigantesco Estadio Olímpico (60.000) engullía las miles de banderas blanquiazules y las dejaba como si de un adorno navideño se tratara. Para disimular el incómodo encaje del equipo en ese escenario mastodóntico, el club había situado unas lonas en la parte superior de los goles, pero aún así el panorama me resultó ciertamente árido para un conjunto que supuestamente actuaba como local. Empezó a nacer allí un pequeño sentimiento de empatía dentro de mí por aquellas gentes que tenían que subir hasta ese lugar deprimente cada dos semanas y que lo hacían resignados, pero también con ilusión y esperanza. El partido fue bastante tosco, un 1-1 diría. Así que, como suele pasar cuando lo que sucede en el pasto no llama lo suficiente, mi atención se dirigió a la grada.

Como decíamos, el espectáculo era bastante feúcho, al estilo de este tipo de partidos en los que se juega uno la vida: mucho balón dividido, mucha segunda jugada, cero riesgos y poco margen para la chispa. Era un marco nada favorable para que los delanteros brillasen y lo cierto es que Raúl Tamudo no vivió su mejor tarde en ese partido contra el Betis. Sin embargo, me sorprendió cómo la gente coreaba su nombre y aplaudía cualquier acción en la que participase por muy gris que fuera el resultado final. Allí, pese a los metros y metros cuadrados de lona, pese al frío inusitado para las fechas, pese al tartán que rodeaba y separaba aún más al ídolo de los suyos, se podía percibir un feeling, un algo que me llamó la atención. Servidor que siempre había vivido de espaldas, bastante ajeno a lo que sucediera en el otro equipo de la ciudad, quedé asombrado por el magnetismo que había percibido entre aquel chico aparentemente inexpresivo y su gente. Desde entonces nació en mí cierto interés, cuanto no simpatía, por seguir la evolución de aquel ídolo blanquiazul. Había quedado asombrado por el infinito respeto que percibí de su afición y más me quedé aún, cuando pude descubrir que esa consideración, a su manera, también la tenían en el eterno rival ciudadano. Por primera vez, Barça y Espanyol se ponían de acuerdo en algo.

Espanyol - MarcadorInt
Raúl Tamudo se convirtió en un ídolo del Espanyol. Foto: MarcadorInt.

Homenaje culer a Raúl Tamudo

La relación entre Espanyol y Barça siempre me ha parecido un tanto singular, al menos en la época que nos ha tocado vivirla. La distancia entre blanquiazules y azulgranas en lo económico, deportivo y social es demasiado grande para dar lugar a una rivalidad acérrima, de igual a igual, pero a la vez no es lo suficientemente inmensa como para que no haya partido cada vez que se encuentran. Así, la afición periquita vive la pugna con gran pasión, recordando una y otra vez su resistencia, como Astérix en la Galia romana, ante lo que consideran un discurso avasallador y asfixiante de su rival ciudadano. Por su parte, muchos barcelonistas aplican el dicho de “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio” y, conscientes que no hay nada que ofenda más a un aficionado espanyolista que ser ignorado o tratado con condescendencia, adoptan una actitud de más o menos fingida distancia emocional cuando se enfrentan los dos conjuntos catalanes.

Si alguien ve un derbi de Barcelona rodeado de azulgranas, se podrá percatar de esta displicencia. “¿ Y éste quién es?” se suele oír jocosamente en cualquier círculo de aficionados culers; puesto que si en el imaginario blanquiazul todos los jugadores del Barça son unos mercenarios al servicio de un club vendedor de unos valores que no representa, el manual blaugrana reza que los jugadores del Espanyol son más bien flojos a no ser que hayan tenido un pasado por el Camp Nou o, como mucho, la cantera del Real Madrid. Pasan los años, pasan los jugadores y esta media sonrisita se repite con casi todos. Podrán ganar o empatar de vez en cuando, por suerte o porque le ponen muchas ganas, pero desde el atrio azulgrana siempre se tiene la sensación de estar jugando contra alguien inferior. No así con Raúl Tamudo, cuando el delantero del RCDE cogía la pelota se podía percibir algo que nunca había visto en mi corta experiencia en los derbis: respeto y pavor. En algo había unido el ‘23’ perico a los dos lados de la ciudad, la consideración por un grande.

Triunfó en los tiempos de pico y pala

Máximo goleador de la historia del RCD Espanyol, máximo goleador catalán en Primera división, marcó el primer gol en dos de las cuatro Copas del Rey que tiene el conjunto perico en sus vitrinas, el único jugador del club que ha jugado en Sarrià, Montjuïc y Cornellà-El Prat, más de 300 partidos con la camiseta blanquiazul y así un gran número de récords y hazañas conseguidas por el de Santa Coloma de Gramenet. Pero lo más fascinante es que todo lo alcanzado en la carrera de Tamudo lo consiguió sin ser el más rápido, ni el más fuerte ni tampoco el más habilidoso. Tampoco es que tuviera un especial carisma, un don de palabra o una pose que enganchara a quien lo viera, pero el caso es que sólo hace falta oír hablar a un aficionado perico para darse cuenta que el vínculo especial entre Raúl y los suyos es algo mágico.

El 8 de Mayo de 2010 Raúl Tamudo jugaba sus últimos minutos con la camiseta del RCD Espanyol tras 18 años vinculado a la entidad.

Sus goles, su liderazgo y su entrega le convirtieron en el hombre de referencia para una generación de jóvenes que no vivieron los años de vino y rosas. Lejos de la mística del antiguo estadio de Sarrià, Raúl Tamudo forjó su leyenda a base de marcar en tardes grises y frías como la de antes contada. Pese a pasar una situación peliaguda, este delantero eterno tomó el relevo de los Lauridsen, Solsona y otros que habían triunfado en tiempos mucho más boyantes para hacer vivir momentos históricos a sus aficionados– como las dos finales de Copa del Rey ganadas o la final de UEFA– cuando el club bordeaba el abismo.

Sí, es cierto, no tuvo el mejor de los finales con el club de su vida. Se marchó por la puerta de atrás para iniciar un periplo por distintos equipos y pese a no ofrecer la misma versión, cuando empezaba a encarar la recta final de su carrera retuvo un poco de magia para meter un gol que aún hoy celebran en Vallecas. Se ha retirado en el Sabadell después de dos temporadas bastante discretas en las que no ha podido evitar el descenso del equipo a 2ªB. Mermado por las lesiones y con muchos años de batalla en sus piernas, Tamudo ya no era el que había sido. Pero incluso así, me comentaba un central del filial arlequinado su sorpresa al coincidir con él en algunos entrenamientos del primer equipo. No entendía cómo podía ser que ese hombre que parecía no estar ya para muchos trotes, que parecía que no llegaría ya a muchos balones, se la acabara liando siempre, siempre que se encontraban en un ejercicio o un partidito.

La última vez que vi a Raúl Tamudo fue este verano, en una playa de la Costa Brava. Estábamos comiendo con unos amigos muy pericos, se les iluminó la cara al ver pasar a su ídolo por delante de nosotros pero no quisieron molestarle; se le veía tranquilo, feliz y muy relajado. Desde fuera transmitía esa sensación de paz, de estar un poco por encima de todo, tan típica de aquellos que saben que ya lo han hecho todo. No le importunamos y lentamente lo fuimos perdiendo de vista paseo a bajo. No obstante, pude ver en los ojos de mis colegas de mesa esa misma mirada, el mismo profundo respeto y admiración que me cautivó esa tarde tonta en Montjuïc.

 Foto de portada: Adatvi91

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