Gracias, vieja

Di Stefano Real Madrid

Así era Di Stéfano. Miró la pelota y dijo eso. “Gracias, vieja”. Usando la palabra “vieja” de la misma sonoridad con la que un argentino llama “viejo” a su padre, “gordo” a su amigo obeso o “ruso” a un amigo con nombre eslavo sin que sea una ofensa. Así, con normalidad. “Gracias, vieja”. Dos palabras. Y Di Stéfano escribió un pequeño verso de amor al fútbol. Algunos nos dedicamos a escribir sobre esto. Llenamos páginas contando lo mejor de este deporte. Y nada resume el amor por el balón mejor que ese “gracias, vieja”. Frase cumbre, a la altura del “la pelota no se mancha” de Maradona.

Di Stéfano era eso: él y la pelota. Y el fútbol. Y el deporte. Si ampliamos el zoom y vemos todo lo que se movió a su alrededor, encontramos la podredrumbe que siempre rodeó al deporte. Políticos, interesados y ladrones. A Di Stéfano lo secuestraron. Lo usaron. Lo compraron y vendieron. Di Stéfano siempre será esa herida entre el Madrid y el Barcelona, con esas reuniones misteriosas que acabaron con la Saeta en el Real Madrid. La herida es esa: todos los viejos socios del Barça que lo vieron jugar sabían que con él y Kubala juntos, hubieran tocado el cielo. En Chamartín, la satisfacción era ver cada jugada de Don Alfredo con Puskas. Y pensar que el argentino no jugaba con el enemigo.

Alfredo Di Stefano Madrid- calciostreaming Di Stéfano, con las cinco Copas de Europa que ganó en el Real Madrid.

Di Stéfano, para determinadas generaciones, es casi como un nombre legendario. La primera vez que lo vi fue en un restaurante argentino de Madrid. En una mesa, con esa secretaria con la que estuvo a punto de casarse. Anciano frágil, piel de mármol. Allí estaba. Y yo, entre bocado y bocado del asado, lo miraba. Sí, era él. De carne y hueso. A Cristiano, Messi o Ibrahimovic los hemos visto tanto que en directo no impresionan tanto. Hemos visto sus goles en cámara lenta, en superslowmotiones, mil ángulos. Los vemos llorar y sonreír. Vemos sus goles, sus errores. Sus llantos y vómitos. Sus nuevos peinados, sus granos, sus escupitajos en el césped. Lo vemos todo de ellos.

De Di Stéfano tenemos esas viejas fotos. Esas viejas grabaciones de goles. De su gol más famoso, el Escorpión, no se conserva un vídeo. Di Stéfano es eso, es el relato oral. Es la transmisión de ideas. Es el café en la Castellana antes de un partido del Madrid, con el viejo socio que le cuenta a su nieto -con camiseta de Ronaldo a la espalda-: “Mira, Cristiano es bueno. Pero cuando Don Alfredo…”. Di Stéfano es el viejo bar del Eixample de Barcelona, cuando un socio del Barça le cuenta a un turista que “Di Stefano y Kubala jugaron un amistoso juntos… Y eso fue…”. Di Stéfano es el viejo socio del Eintracht que le cuenta a los jóvenes que se ponen detrás de la portería del estadio de Frankfurt que “ahora luchamos para evitar el descenso, antes casi ganamos la Copa de Europa. Pero Don Alfredo y Puskas…”.

Eso es Di Stéfano. Relato oral, transmisión de la pasión. Palabras contado goles que nunca podremos ver. Con Di Stéfano me pasa lo mismo que con Kubala. Cuando murió, me puse a mirar vídeos y vídeos de él. Y con grabaciones tan malas, me parecía todo lento, un punto decepcionante. Las palabras tenían más magia.

Di Stéfano es el Madrid, cómo no. Llegó Don Alfredo y alguna cosa cambió para siempre. Don Alfredo siempre decía que “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”, pero su llegada marcó un antes y un después. Don Alfredo nunca dejó de ser argentino, aunque rápidamente fue un madrileño más. Su destino era ese: vivir en Madrid, cerca de su Bernabéu, pero comiendo cada día en un restaurante argentino.

Santiago Bernabéu - Álvaro Campo Photography El Santiago Bernabéu ha sido la segunda casa de Alfredo Di Stéfano. Foto: Álvaro Campo Photography.

Hijo de italianos y franceses, llegó a trabajar en el negocio ganadero familiar, aunque luego tuvo la mejor escuela: el River Plate de los 40. Otro ejemplo de cómo las palabras pueden convertir un equipo de fútbol en un grupo de héroes homéricos. Di Stefano debía ser el relevo de ‘La máquina’, ese equipo que aún se recita de memoria. Don Alfredo siempre contaba que los mejores jugadores que vio no eran Kubala, Puskas, Gento o Eusebio. Eran Labruna, Pedernera, Moreno y Loustau.

En 1944, mientras en Europa se lloraba y sufría, Di Stéfano debutó con la Primera de River. La historia de su llegada a River emociona. Un electricista llega al pueblo de Don Alfredo, Los Cardales, a unos 60 quilómetros de Buenos Aires. Pregunta por los chicos del pueblo y la madre de Di Stéfano le cuenta que su hijo era bueno con el balón. El electricista, que juega en River, lo recomienda y le envían una citación al niño para que pase una prueba. Camino de la prueba, en el campo de Chacarita, conoce a otro niño que pasará la prueba, que le cuenta que su padre trabaja en el cementerio. Juntos acuden al campo. Juntes pasan la prueba. En una entrevista a ‘El País’, Di Stéfano recordó que ese niño se llamaba Salucci. No nos consta que llegara al primer equipo. Don Alfredo, sí.

Luego, una cesión a Huracán y retorno al barrio de Núñez para triunfar. Ese mismo año jugó sus seis únicos encuentros con la selección argentina. Fue campeón de la Copa América en Guayaquil con seis goles suyos. Era el guión perfecto: joven talento argentino tocando el cielo con la selección.

Pero todo fue diferente: Argentina no pudo jugar ningún Mundial con esa generación por la guerra. Y una huelga de jugadores argentinos provocó que los más destacados se marcharan a la liga colombiana, un torneo considerado ilegal por la FIFA entonces, pues fichaba a los mejores de la época rompiendo el mercado. Di Stéfano acabó en el Millonarios de Bogotá, donde ganó tres ligas y fue máximo goleador en dos ocasiones.

Después de maravillar en una gira por España con Millonarios, el Barça y el Madrid se volvieron locos. Los dos lo querían. Entonces el Barça era mejor, con el equipo de las 5 copas de Kubala. Y el Madrid necesitaba un líder. Josep Samitier, el director técnico del Barça, consiguió dejar casi cerrado su fichaje y Di Stéfano llegó a Barcelona, donde jugó amistosos con Kubala, quien sería para siempre su amigo. Pero el Madrid lideró un contraataque gracias a Raymundo Saporta. Se negoció con Millonarios, se usaron contactos y al final la FIFA medió en el conflicto, decidiendo que jugaría una temporada con cada equipo. El Barça, disconforme, renunció al jugador, con toda la directiva presentado su dimisión. Y Di Stéfano cambió la historia del Madrid, que ganó 8 de las siguientes 10 ligas.

Kubala-y-Di-Stéfano Kubala y Di Stéfano, en uno de los amistosos que jugaron juntos con el Barcelona.

Con el Madrid jugó más de 500 partidos, marcando más de 400 goles y consiguiendo cinco Copas de Europa. Balón de Oro en 1957 y 1959, fue máximo goleador de la Liga en cinco ocasiones. Nacionalizado español en 1956, Di Stéfano nunca tuvo suerte con la selección española. Nunca pudo jugar un Mundial, por ejemplo.

Don Alfredo jugó en diferentes posiciones durante su carrera. Siempre con gol, siempre con inteligencia. En 1966 se retiró, jugando un amistoso con su Madrid contra el Celtic. A los 13 minutos decidió que se había acabado. Así que agarró el balón con las manos y paró el partido. Los periodistas entraron al césped. Los rivales lo abrazaron. Y con la vieja bajo el brazo, se fue del campo. Esa noche, cuentan, fue un buen anfitrión y se llevó a los escoceses de juerga. A Don Alfredo siempre le gustó vivir bien. “Marcar goles es como hacer el amor, todo el mundo sabe cómo se hace, pero ninguno lo hace como yo”, dijo en una ocasión.

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5 comments

Creo que el FC Barcelona ocupa en este artículo un espacio (foto incluida) que no se corresponde con la historia, aunque es entendible por cercanía y afinidad de quien lo escribe. No está de más recordar que el equipo de Barcelona en el qué sí jugó Don Alfredo (y en el que se retiró) es el Espanyol, no mencionado aquí.
Aún así, gracias Toni por el recuerdo al más grande, al hombre de las cinco Copas de Europa consecutivas, al jugador total, al que cambió la historia para siempre. Descanse en paz Don Alfredo. Gracias por tanto.

Probablemente no fuera mejor delantero que Pelé, ni driblaría mejor que Garrincha, Messi o Maradona, ni siquiera le pegaba como Puskas, pero consiguió transformar el fútbol de la época marcando un antes y un después en el fútbol europeo. Fue estrella mediática y el primer futbolista-marca.
El mito queda, pero su legado quedará siempre. Descanse en paz, genio.

Lo hermoso del fútbol en blanco y negro. Me quedo el concepto de "relato oral". Verdaderamente hermoso, Toni, es un privilegio poder leer artículos así, tan impregnados de ese componente casi mitológico que rodea el fútbol que no vivimos. Muchas gracias 😉

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