Trifon Ivanov: walk on the wild side

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Cuando la gente recuerda esa Bulgaria de 1994 suele pensar en un grupo de pandilleros melenudos anárquicos. Como si fueran un grupo de músicos alcohólicos que ni podían subir al escenario de la cogorzas. Y sí, de algún modo ellos eran así. Aunque esos peinados no dejaban de ser un símbolo de rebelión. Si en tu adolescencia tipos con uniforme te han obligado a ir con el pelo corto, es normal que te dejes esas melenas cuando tienes libertad. Si has entrenado como si un equipo fuera un ejército, tiene sentido que, si puedes, fumes y bebas cerveza mientras vacilas a un camarero en una piscina de un hotel de Estados Unidos. La libertad es preciosa como definición, aunque gozar de ella no siempre trae buenas noticias. Los que cubrieron el Mundial de 1994 cuentan cosas terribles, que pueden parecer divertidas entre bromas. Pero tampoco lo eran. Que se lo digan a las azafatas de los aviones internos. Esos búlgaros eran un poco salvajes disfrutando su libertad.

Los pelos de Trifon Ivanov, fallecido hoy a los 50 años, eran precisamente eso. Un grito a la libertad. Aunque una libertad desmedida. Si Stoichkov era un tipo libre con tendencia a atacar (con un balón, una bota o la palabra), Ivanov era la libertad de plantar cara con hachazos. Él era uno de los referentes defensivos de esa selección maravillosa. Poder insultar, robar el balón y dejar por el suelo a un rival bien peinado y con buen sueldo no dejaba de ser un acto de liberación maravillosa para quien había crecido entre órdenes y uniformes. Ivanov era un libertario del fútbol.

Ivanov creció como futbolista en la preciosa ciudad de Veliko Tarnovo, una ciudad encaramada a los montes con calles medievales idílicas. Antigua capital búlgara, Veliko Tarnovo es un pequeño tesoro; aunque cuando nació Ivanov, a los pies de los viejos monumentos crecían bloques de hormigón grises. La Bulgaria comunista de los 70 era el juego del gato y el ratón. La picaresca intentaba crear espacios de color mientras el régimen intentaba poner orden entre unas gentes por tendencia poco amigas de recibir órdenes. Ivanov, por lo que parece, tampoco era un niño muy educado, y casi acaba fuera del fútbol por culpa de su tendencia al desacato. Lo salvó el talento. Era un buen goleador. Sí, era delantero en el Etar, el club de su ciudad, donde lo acompañaba un tal Krasimir Balakov.

Con 23 años fichó por el CSKA de Sofía. Y nació la leyenda. Menuda panda junto el equipo del ejército. De Plovdiv había llegado un tal Hristo Stoichkov que no dejaba de sorprender a todos por su carácter indómito. Un tal Kostadinov era más pausado. Con el CSKA ganaron tres ligas, aunque él llegó cuando ya se había jugado la famosa final de Copa que provocó que el régimen cambiara el nombre del Levski y el CSKA, como multa por la pelea sobre el césped. Ivanov llegó a jugar cuando el club se llamaba Sredets y Stoichkov esperaba el indulto. Indulto que llegó.

Eran demasiado buenos como para estar en la nevera. Con esa generación, con ese grupo salvaje, Bulgaria se metió en el Mundial de 1994 con la famosa victoria en París. La Francia de Cantona, de Papin o de Deschamps. París. La ciudad de las luces, la capital de la razón y la urbanidad. Del estilo, la moda o la belleza. Y hasta allí llegaron ese grupo de melenudos, como si fueran bárbaros cruzando la frontera del Imperio Romano, y saquearon el Parque de los Príncipes. Fue un acto de rebelión tan impresionante que seguramente el país que mejor recuerda a los búlgaros como debe es Francia. El público francés destrozó a los suyos y aplaudió a los balcánicos. Con estilo.

Ivanov era defensa, aunque siempre metía goles con esos zapatazos lejanos. Cuando en 1995 le metió un golazo a Gales, lo celebró como si se follara a todos sus rivales. Era un bruto. Convertía una falta en el lanzamiento de un misil. Cuando la defensa rival se asustaba, daba cuatro zancadas y se ofrecía para bombardear con disparos al portero rival. Entonces ya jugaba en el Betis, pues cuando el comunismo se desplomó esos jugadores se largaron como pudieron para descubrir si era verdad lo que se contaba de la libertad en el Oeste. Algunas cosas sí, otras no. Esos jugadores se gastaban mucho dinero comprando televisores, coches o ropa para su familia, como si en cualquier momento pudieran empezar una guerra. Querían tener las despensas llenas.

En el Oeste había menos disciplina, pero la libertad no es fácil de asimilar. Así que Ivanov empezó mal en el Betis. Cuando poco a poco se adaptó a una hinchada que solo por su aspecto había decidido que le entregaría fácilmente el corazón, Ivanov empezó a insultar a los rivales con acento de Triana y acabó como capitán del equipo. El beticismo siempre tenía dudas sobre si debía castigar a un jugador que llegaba tarde a muchos entrenamientos, que fumaba demasiado y conocía la noche de memoria. O si debía aceptar como tal a un chico rebelde. Ivanov fue de esos que jugó grandes partidos, aunque también desesperó por su incapacidad de ser constante. De estar centrado en el fútbol. Si es recordado con una sonrisa es por su espíritu rebelde. En el fútbol, ser un gamberro se perdona más que en otros trabajos. Todos hemos sentido la tentación del lado oscuro, hemos soñado con caminar por el lado salvaje de la vida. Así que sonreímos con anécdotas de bromas de jugadores que si nos hubieran pasado a nosotros nos hubieran molestado.

Su apogeo, cómo no, fue el Mundial de 1994. Aunque Ivanov siempre fue, como otros de esa generación, la historia de lo que hubiera podido ser sin pitillos ni whisky. Cierto, jugó una final de la Recopa con el Rapid de Viena y marcó el gol que metió a los búlgaros en el Mundial de 1998, pero su carrera se difuminó. Ivanov es un jugador recordado por su aspecto, más que por sus partidos. Un jugador salvaje que se compró un tanque por curiosidad. Y decidió que era un juguete sin sentido si no lo podía disparar.

Ivanov, aunque acabó con cargo en la Federación, no intentó ser entrenador como otros de sus compañeros. Puso su dinero en un negocio de gasolineras y se compró un lago cerca de su ciudad natal. Seguía fumando. Seguía bebiendo. Aunque perdía pelo y había engordado. Sin su pelo, perdió fuerza. No la magia del que ha caminado por el wild side.

Foto: web oficial del Real Betis.

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4 comments

Maravilloso. La historia de tantos y tantos que hay que situar en un contexto que hoy en día es muy difícil de entender. Crecer en esas condiciones cuando llegas a triunfar puede ser muy bueno o muy malo.

Precioso, Toni. Una acertadísima y perfectamente narrada aproximación a Ivanov y a esa histórica generación búlgara que tanto me impresionó en mi niñez. Gracias 😉

Magnífica semblanza. Creo recordar que formaba pareja de centrales junto a Houbtchev, delante de Mihailov (el mismo arquero del mundial de Méjico, sólo que ahora con un espeso bisoñé). Un equipo con muchos volantes espléndidos: Balakov, Siriakov, Letchov..Saludos desde Santiago de Chile.

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