1994

Parque

Supongamos que has llegado, eres uno entre un millón. Igual que tantos, ya sentías la pasión desde el principio. Empezaste de pequeño y, donde la mayoría nos frenamos, tú seguiste. Seguiste hasta tener esa copa entre las manos, hasta notar su calidez dorada y rugosa en los labios. Fue tu día de gloria. Yo tuve el mío.

Estaba mirando un partidillo de chavales, mi sobrino entre ellos, en una plaza cercana a su colegio, y mientras los veía jugar, recordé la época en la que todo era fácil, tan sencillo como esperar a que se acabaran las aburridas clases para dejar paso a la diversión. Dándole vueltas y vueltas, me fui al verano del 94′.

Ya no había colegio y, como era habitual, antes de irme a la zona de costa con mi familia, disfrutaba de unos estupendos días de espera en la ciudad, hasta que mis padres tuvieran vacaciones. Días en los que junto a mis dos inseparables amigos y vecinos me pasaba mañana y tarde en el patio interior del edificio donde vivía -nosotros lo llamábamos “El Parque”-. Siempre con el balón de artista invitado, el cuarto amigo. Era un patio interior enorme, con pinta de medio abandonado, elevado una planta por encima del suelo, con un tobogán y unos columpios que debieron estar bien en su día, pero que ya por entonces eran una mezcla de pintura verde y óxido. Algo decadente. En realidad a nosotros sólo nos importaba la portería improvisada y pintada en la pared. Cuando llegaba la hora de comer, mi hermana -la madre del niño que me hizo recordar esta historia- me llamaba con desdén para que subiera, podía notar desde abajo cómo era por indicación de mis padres. Supongo que le quitaba tiempo para hablar por teléfono con sus amigas, de novietes y otras cosas que me parecían muy absurdas en su momento. La cuestión es que comía a toda pastilla para volver al “terreno de juego”, pero de reojo me fijaba en las noticias, se estaba disputando el Mundial de fútbol en Estados Unidos, pero a mí me daba igual: buscaba el balón al que apenas le quedaban paneles de cuero, cogía un “polín” del frigorífico y me volvía a mi propio Mundial.

El  atardecer empezaba a dibujar colores y ahí estábamos los tres. A veces uno traía a su hermano pequeño para hacer de portero, aunque sucedía a menudo que el bombardeo era tal que había que sacarlo de allí antes de que se pusiera a llorar. Siempre se llegaba al punto en que era casi de noche y cada vez era menos distinguible el balón. Sabíamos que era hora de parar por el silencio: cada golpe al balón resonaba como un trueno. Cuando la ciudad se apaga, en un patio interior se palpa una calma especial, una rara sensación de aislamiento. Antes de subir comentábamos un poco las jugadas, sentados entre los oxidados columpios, empapados en sudor. Luego subíamos a casa, con la cara sucia y las rodillas peladas.

El parque. Foto: Albert Fernández

Una de esas noches la televisión emitía un partido nocturno del Mundial: Rumanía-Argentina. Mis padres tenían una cena fuera de casa. El partido era a las 11 de la noche, así que sobre el descanso tocaba la hora de dormir, pero a esas alturas estaba tan enganchado al espectáculo que no me di cuenta. Llegaron mis padres e imploré que me dejaran quedarme hasta al final. Así que vi la segunda mitad, en silencio, a oscuras, viviendo lo que hacían Dumitrescu o Batistuta como si fuera mío. Era el estadio, el ambiente, las celebraciones, era todo. Allí me enamoré del fútbol para siempre, supongo que todos tenemos un primer partido que nos deja huella.

Al día siguiente quería jugar con la cabeza alta como Belodedici y gambetear como el “Burrito” Ortega. Debí soñar fútbol. Pero ese día nos esperaba una sorpresa. Me di cuenta desde la ventana de casa. Gente adulta ocupaba el parque y lo engalanaba con globos, preparaba un aparato de música y montaba una mesa de tamaño considerablemente grande. Avisé de ello a mis amigos y nos fuimos para allá, con nuestros ropajes expresamente haraposos por orden de nuestras mamás. Comprobamos que unos “extraños” habían ocupado nuestro territorio por primera vez desde… no sé, realmente nunca iba nadie allí. Unos 15 niños y niñas, más varios padres, celebraban el cumpleaños de uno de esos chavales, creo que nunca supe de cuál. La mayoría de ellos iban bien vestidos: politos Lacoste, camisitas a cuadros de manga corta, zapatitos de tipo náutico, faldas elegantes, ya sabéis, cómo van los niños a los cumples. Sonaban las canciones del momento: “Ooh baby I love your way”, canciones que sonaban por todo el vecindario de la misma forma que suenan los gritos del afilador o un autocar que promociona el circo con detestables megáfonos. Ahí los 3 habituales no pintábamos nada.

“Con las ganas que tenía yo emular a Hagi”, debí pensar. Ni siquiera les saludamos, ni siquiera nos saludaron. Nos aislamos en una zona apartada, sentados en un banco, pasándonos el balón de forma autómata y aburrida. Resulta que la mesa tenían que ponerla justo delante de la portería. Recuerdo odiar esa fiesta, pensar que me estaban jodiendo el día. Habían montado una fiesta en mi casa y yo no estaba invitado. Si hubiera sabido lo equivocado que estaba no hubiera desperdiciado ni un segundo más cabreado en una esquina.

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Rumanía, 1994. Foto: alvez

“¿Queréis tomar algo?”, o algo similar dijo un padre de forma amable. Realmente me es imposible recordar cómo fue todo, pero de alguna forma u otra a alguien se le ocurrió que se podía aprovechar mi balón gastado para jugar un partido todos juntos. Nosotros poníamos el balón, ellos retiraban la mesa. Parecía justo. Sí recuerdo que nuestra idea inicial era jugar nosotros tres contra todos los demás. Se lo tomaron medio a broma y se hicieron dos equipos, algunas de las niñas decidieron no jugar y prefirieron mirar el partido que iba a empezar desde los columpios o sentadas.

Para cuando empezó el partido improvisado yo ya me había percatado de que había más gente de la habitual asomada a los balcones que daban al parque. El hecho de que algún niño fuera del edificio y de que extraordinariamente hubiera tanta gente allí llamó la atención de varios vecinos, que además podían ver un partido desde su casa. No sé si con el tiempo la realidad se ha desenfocado en mi memoria, pero tengo el recuerdo de ver salir mucha gente, por un momento tuve la sensación de estar contemplando las gradas de un gran estadio. En los cuatro altos edificios que nos rodeaban podía ver gente mirando. Hoy en día mis amigos mantienen los mismos. La adrenalina se apoderó de nosotros, jugábamos cada balón buscando el regate definitivo, el “Oooooh” general, era una exhibición cargada de inocencia, impulsada por estar ante toda esa gente, ante, por qué no decirlo, las niñas que nos miraban, incluso me pareció ver salir al balcón a mi hermana por su propia voluntad. Celebrábamos los goles como en la tele, como en el Mundial, y creedme: la gente de los edificios aplaudía y gritaba. Fue un día inolvidable.

Fue la primera y última vez que pasó algo así en el viejo parque, poco tiempo después se prohibió jugar a fútbol allí por culpa de una desafortunada rotura de ventanas.

Ahora, veinte años más tarde, el Mundial vuelve a jugarse en continente americano y procuro tener presente que en todos los parques del mundo habrá niños emulando a sus ídolos, viviendo sus propios días de gloria.

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14 comments

Qué bueno, Albert. Estoy seguro de que va a haber un montón de lectores (entre los que me encuentro) identificados con este entrañable artículo. Yo te diría que ese recuerdo de toparse por vez primera con “El Fútbol” lo guardo con igual o mejor estima que el primer amor o el primer día de universidad, por ejemplo, y esas sensaciones de sentirte futbolista me parecen tan impagables que aún lucho cada semana por renovarlas en el césped. Fútbol, cuánto cabe en sólo esas seis letras, ¿verdad? 🙂

Mundial de 90 , 8 años y un recuerdo eterno: Silas , no fue Pele ni Zico ni Ronaldo o Romario,mi Brasil , la jugada de Maradona y gol de Canaggia, el fútbol entro en mi vida de lleno y ya jugaba al futbol sala entonces , pero Silas fue el que hizo que el Rumanía x Argentina y todos los partidos de fútbol desde aquel partido del 90 lo haya vivido y lo vivo como el aficionado , el arbitro ,el entrenador de turno, el ataque , la defensa , sus taticas , lo que encontramos en vuestra web, el futbol en todos sus grandes y pequeños aspectos, nada más grande que un Mundial o un partido en el parque. !Gracias y Enhorabuena!

Mundial de 2002. España-Irlanda. Octavos de final. Penaltis. Y ahí estaba yo, camino de La Antilla, en el coche, con la radio puesta y escuchando como Iker paraba lo imparable. Es el primer gran recuerdo que tengo de un Mundial. Jamás se me va a olvidar.

Enhorabuena, Albert.

Mi enhorabuena, Albert. Un gran artículo que nos lleva a recordar esos momentos inolvidables de fútbol con nuestros amigos.

Yo guardo los mismos recuerdos de Alemania. Los días después de los partidos eran algo especial. Más somnámbulos que realmente vividos… 😉

Lo mismo me pasó a mi con ese mundial. No se si habrá sido de los mejores mundiales pero el recuerdo que tengo es de ver partidazos uno tras otro

Alemania – Bolivia en Estados Unidos 1994 fue mi primer gran partido. Desde ese día mi amor por el fútbol crece y crece. No me olvido más Argentina – Grecia con Batistuta memorable, el partido de Caniggia con Nigeria, el doping de Maradona, Hagi, Petrescu, Stoickhov, Salenko, Dunga, Bebeto, Romario, Redondo, la muerte de Andrés Escobar, Valderrama, Rincón, Valencia, el golazo de Al Owairan, Al Deayea, Pagliuca, Dino Baggio, Albertini, Suecia, Alexis Lalas… Se me cae una lagrima.

Excelente artículo, una vez más. Mis primeros recuerdos de fútbol son también de USA’94, por muchos mundiales que pasen para mí siempre será el mejor, el que recuerde con más cariño. Me ha encantado la historia, yo también el jugado muchos partidos en mi “parque” como si de un mundial se tratara. Enhorabuena Albert.

Muy bueno! Yo soy del 95, pero del primer mundial del que tengo consciencia es el del 2002. Este artículo me ha recordado a mi infancia

Mi primer recuerdo es México 86 y concretamente el partido contra Dinamaca. Los famosos 4 goles del Buitre.

Quién pudiera regresar a esa infancia.

Brasil – Alemania final del mundial del 2002. Acá en Guatemala transmitieron los partidos en horarios de madrugada. 7 años. Alarma puesta y a levantarse.

Enamoramiento total por el fútbol después de ver a los mejores laterales Cafu, Roberto Carlos. Señores fuera de serie como Ronaldinho y Rivaldo. Como se le iba la copa a Oliver Kahn y por supuesto, Ronaldo llevándose absolutamente todo.

Aquí fue en donde empezó todo lo maravilloso.

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