De niño soldado a seleccionador de Groenlandia

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La primera vez que lo traté ya me di cuenta de que tenía algo especial. Cuando subí a aquel autocar cargado de jóvenes inuit, él me ofreció afablemente con su radiante sonrisa en medio de aquella cabecita negra llevarme de regreso al hotel. Coincidimos pocas veces más en la isla de Jersey, en algunos partidos y en una ocasión que nos cruzamos por la calle. Todas las breves charlas que mantuvimos no trascendieron más allá de la superflua cordialidad pero aún así mi instinto se activaba cada vez que lo veía y me decía que aquel hombre guardaba algo, seguro.

No fue hasta el penúltimo día antes de volver a casa que un colega de profesión del cual solo recuerdo que era de Nuuk y que llevaba una divertida gorrita roja, me confirmó en la zona de prensa de los Island Games lo que ya temía: Tekle Ghebrelul no era ni groenlandés ni tan siquiera danés de nacimiento, era de origen africano. “Joder, Víctor, ¿cómo iba a ser si no que el entrenador de la selección de Groenlandia es más negro que el carbón?”, me maldecía a mí y a mi ingenuidad, no podía creer que no me hubiera percatado de que aquel hombre que había estado toda una semana delante de mis narices tenía de inuit lo mismo que yo. Anduve a contrarreloj por las calles buscando el milagro, suplicando encontrar su gesto dicharachero una vez más y hacerle cuatro preguntas rápidas para irme de vuelta con algo. Pero no lo encontré y me fui para casa con la decepción de haber desaprovechado la oportunidad de conocer una excelente historia. Tuvieron que pasar meses, literalmente, para que pudiera olvidar la vergüenza de mi torpeza y seguir en busca de la pista del misterioso seleccionador groenlandés.

Un niño en el conflicto Eritrea-Etiopía

¿Qué demonios hace un africano entrenando a la selección de Groenlandia? La respuesta a esta pregunta, una larga carcajada como las que recordaba del verano anterior. Al otro lado de la videoconferencia, Tekle Ghebrelul saluda sentado al lado de una ventana a través de la que se percibe un anochecer ya casi completo, y eso que son sus dos del mediodía. Tekle me cuenta que acaba de aterrizar en Ilulissat, una de las poblaciones más norteñas del país, para dar unas charlas de formación a jóvenes entrenadores y que en esas latitudes no tienen más luz durante el invierno: “Aquí nos pasamos todo el día mirando las estrellas”, bromea. Eso sí, cuando le toca hablar de sus orígenes, su pícaro y bonachón semblante se endurece: “Nací y crecí en Eritrea, zona que estuvo en permanente estado de Guerra Civil y conflicto armado con el ejército de Etiopía. Perdí a mi madre justo al nacer y también a mi padre poco después. Fui un niño huérfano en medio de una situación política terrible, con 10 años me dieron un arma y me convirtieron en un niño de la guerra”.

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Tekle es querido casi como un padre por muchos jóvenes. Es más que un entrenador, es un referente de conducta. Foto: sermitsiaq.ag

Al ver mi cara de susto, Tekle vuelve a recobrar su cándida sonrisita y para tranquilizarme me hace un repaso rapidísimo de su rescate: “Acabé en Sudán, donde por suerte las tropas de las Naciones Unidas me libraron de todo aquello y fui a parar a Dinamarca. En Dinamarca tuve que aprender todo de cero, con ya mis 11 o 12 años que tendría. Fueron tiempos durísimos, te diría peores que en la guerra. No entendía nada ni a nadie, me sentía un completo inútil”. Se le nota que no está nada cómodo tratando el tema y pactamos sin decirnos nada no indagar demasiado en esta etapa de su vida. Por suerte, como suele ocurrir no pocas veces, el deporte fue la chispa que ayudó al señor Ghebrelul a encontrarse de nuevo en un mundo tan distinto y tan alejado del horror que había sufrido: “Me hice un amigo que me propuso jugar al balonmano. No estaba mal pero yo necesitaba correr más, necesitaba otra cosa. Me metí en el atletismo y gané unas cuantas carreras en 3.000 y 4.000 metros; pero tampoco me llenaba, yo lo que quería era jugar al fútbol como lo hacía de pequeño en mi casa, descalzo. Me labré una carrera modesta en algunos equipos de Copenhague y de Aarhus”. Mientras, el recuerdo de la tragedia vivida seguía muy presente en él: “Me prometí que haría algo para que no volviera a sucederle a nadie lo mismo que me había pasado a mi, así que decidí dedicarme a la enseñanza”. Eso sí, siempre fuera de su país natal donde tiene vetada la entrada: “Hasta hoy no he vuelto a Eritrea porque en mi pasaporte pone que soy de Etiopía y no me dejarían entrar; mira que les he dicho mil veces que soy de allí y estoy en trámites con la embajada, pero de momento nada”.

“El fútbol tiene una función social muy importante en Groenlandia. Les entrena mentalmente para ser fuertes y tener capacidad de sacrificio. Necesitan creer en algo para tener una disciplina y no caer en el abuso del alcohol”. Tekle Ghebrelul, seleccionador de fútbol de Groenlandia.

Cazadores de ballenas

Cuando su tobillo dijo basta, empezó a formarse como entrenador al mismo tiempo que se prometía con su esposa. Fue entonces, justo recién casado, cuando Groenlandia apareció en su vida: “Me acababa de casar con mi mujer, cuando vi un reportaje en el periódico sobre la vida de la gente inuit. Me acuerdo que había una foto de lo que parecía el cuerpo de una ballena y había gente cortando su carne. Quedé totalmente fascinado por aquella gente bajita, morena de piel. Iban con sus pieles, sus trineos y algunos hasta cazaban y se comían a las ballenas ¡No me lo podía creer! Le pregunté a mi reciente esposa si quería ir a Groenlandia, aún hoy me maldice”.

Llegó a Groenlandia para dedicarse a la enseñanza, pero el gusanillo de entrenar estaba ahí. “Al principio cuando me propusieron entrenar un equipito dije que ni hablar. Viendo aquellos campos llenos de fango y nieve, con piedras por todos lados, me parecía imposible que se pudiera jugar al fútbol”. Finalmente aceptó la propuesta y estuvo entrenando en Nuuk durante un año, hasta que surgió la posibilidad de sustituir al mítico entrenador alemán Josef Piontek al frente de la selección de Groenlandia. “No lo veía nada claro, Piontek era muy estricto y sabía que precisamente ese era y es uno de los problemas de los chicos de por aquí, la falta de disciplina y la incapacidad de seguir unos buenos hábitos. Cuando se les citaba muchas veces llegaban con media hora de retraso oliendo a tabaco y alcohol, cosa que está a la orden del día aquí en Groenlandia. Finalmente me convencieron y decidí tomarme mi puesto como un reto para inculcar una cultura sana del esfuerzo a los chavales, lejos de los vicios que arruinan a tanta gente en esta isla”.

A seguir el ejemplo de Islandia y las Islas Feroe

Seis años después, Tekle Ghebrelul puede decir que está en camino de conseguir lo que se propuso. La selección de Groenlandia es ahora un conjunto mucho más serio y cada vez hace mejor papel en los encuentros amistosos y competiciones como los Island Games, pese a las tremendas complicaciones que tienen: “Aparte del frío y de la falta de un campo de césped en condiciones, está el tema de competir de uvas a brevas o que no pueda seguir de forma habitual a algunos de mis jugadores que no juegan en Nuuk”. Sorprendido por esta respuesta, le pregunto cómo se lo hace para tener controlados a algunos de sus jugadores: “Les mandamos un plan de ejercicios para que los cumplan y también les pedimos a sus entrenadores que pasen informes de los entrenos. Luego, siempre que puedo pido un día libre en mi trabajo y aprovecho para volar como hoy a Ilulisaat o a Qaqortoq para hacerles una visita. Es bastante engorroso porque yo no cobro como seleccionador y en la Escuela de Negocios de Nuuk ya están un poco hartos de mí y de mis días libres. Pero lo hago para prevenir experiencias del pasado, en que llegaba un jugador después de meses sin verlo totalmente pasado de forma, en un estado nada óptimo. Esto suponía un dispendio y una pérdida de tiempo para todos”.

“Perdí a mi madre justo al nacer y también a mi padre poco después. Fui un niño huérfano en medio de una situación política terrible, con 10 años me dieron un arma y me convirtieron en un niño de la guerra”. Tekle Ghebrelul, seleccionador de fútbol de Groenlandia.

Ahora el reto es seguir el ejemplo de las vecinas Islas Feroe e Islandia: “Ver a las Feroe ganar a Grecia fue una tremenda motivación, pensé ‘Nosotros podemos ser las Feroe dentro de 10 años, estoy convencido. Y en fútbol Sala mucho menos, dentro de dos años en Sala ya estaremos para ganar a selecciones medianas”. Tekle es también el seleccionador de fútbol sala, formado en su mayoría por los mismos componentes que el equipo de fútbol 11. Para que ello ocurra, los groenlandeses son conscientes que tienen por delante un largo trabajo: “Estuve hace unos meses con el seleccionador islandés, Heimir Hallgrímsson, y me insistió en que el éxito de Islandia ha llegado gracias a la mejora en instalaciones y a la formación de buenos entrenadores. En eso estamos, pactando acuerdos con Dinamarca para que vengan formadores aquí o para que los nuestros vayan a hacer cursos allí”.

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Groenlandia ha avanzado más rápidamente en Fútbol Sala, debido obviamente a las mayores facilidades para entrenar y jugar. Recientemente consiguieron ganar en un amistoso a la selección de Dinamarca, un hito importantísimo para la isla. Foto: sermitsiaq.ag

Otro de los sueños del pueblo de Groenlandia es ver algún día su selección reconocida por la FIFA, algo que de momento parece una utopía. Cuando vino Joseph Blatter en 2010 la gente se hizo muchas ilusiones. Yo ya les advertí que esto se solucionaría con fútbol y no con politiqueo. La pasión por el fútbol aquí es algo increíble, vas por la calle y ves a los niños con el balón en la nieve. La gente se encierra en su casa para ver los partidos y se saben de memoria todas las plantillas de la Liga, de la Premier, de la liga danesa… Nuestros políticos ni se lo creen, cómo puede haber 9.000 personas vinculadas al fútbol entre jugadores, entrenadores, socios y demás en esta isla de 57.000 personas”. Un fervor por el balón que no parece impresionar al máximo organismo mundial: “El año pasado vino un inspector de la FIFA, un suizo, y me dijo que era imposible que practicásemos algo parecido al fútbol si apenas teníamos campos. Le dije ‘espera y verás’, se tuvo que comer sus palabras.”

Poco a poco Groenlandia va tomando consciencia de sus capacidades gracias a la ilusión por competir algún día con los mayores. Esta isla fría y remota quiere reivindicarse ante el mundo de la mano de Tekle Ghebrelul, un hombre extraordinario que decidió hace años darle esperanza a una región deprimida por el alcoholismo. Con su perenne sonrisa este esquimal de origen eritreo ha plantado una semilla de ilusión en centenares de personas; el fútbol va floreciendo entre el hielo.

Foto de portada: sermitsiaq.ag

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