El martillo de Thor y la roca de Loki

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Thor, el gran Thor. Con su Mjolnir empuñado en una mano y la otra sujeta en su cinturón mágico. El hijo de Odín imponía la fuerza, el respeto y la protección en el Midgard, la tierra de los mundanos, especialmente sobre los que no gozaban de suficiente alcurnia y nobleza para venerar al padre de los dioses, al rey de Asgard. Thor era un dios mucho más mundano, valedor de los campesinos, aquellos que durante siglos le rindieron culto y contaron sus divinas hazañas en innombrables reuniones junto al fuego, donde tanto pequeños como sabios se acercaban para admirar al más bravo y poderoso de todas sus deidades.

Con el paso de los años Thor fue perdiendo sus poderes y, demonizado por los primeros cristianos que habitaron las tierras de Escandinavia, acabó despojado de sus atributos sobrenaturales para pasar a ser una figura simpática, casi anecdótica, que servía a la gente como vínculo de unión con las raíces que siglos atrás habían dejado sus ancestros en aquellas tierras. Thor ya no tenía su poderoso martillo con él para resguardar a los más desvalidos pero sin perder su paternal carácter protector, se fue metiendo poco a poco en la vida de la gente, sin que ellos se dieran cuenta para cuidar de ellos en la sombra. Así, el dios más venerado por los pobres y desamparados se coló como un nombre normal, como una palabra más, aparentemente sin contenido alguno. Thor se metió en todas partes; en los días de la semana (Thursday), en las ciudades (Tórshavn) e incluso hasta en el más común y preciado de los entretenimientos vulgares: el fútbol.

En los confines de lo conocido

Corría el 8 de julio de 1951 en la costa noroeste de Islandia. Los valientes futbolistas y miembros de la sección del club deportivo Thor de Akureyri llevaban cinco días embarcados en una aventura impropia de la época: atendiendo a una petición de un combinado de Ísafjördur, se habían montado primero en un pequeño autobús y luego en un barco carguero para hacer una larga travesía hasta la recóndita zona con el objetivo de organizar allí unas jornadas de exhibición deportiva. La región de Ísafjördur es aún hoy en día una de las menos transitadas y más salvajes de la isla, puesto que el mal estado de las carreteras y los serpenteantes caminos a orillas de brutales acantilados que quitan el hipo hacen que cualquier travesía por la zona sea lenta, costosa y algo peligrosa. Pues si con los 4×4 que infestan la isla de turistas hoy en día ya hay muchos que deciden no emprender tal sendero, imagínense qué debía suponer adentrarse en aquellos parajes a mediados del siglo XX. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, Islandia distaba mucho de ser un país cosmopolita y moderno, lleno de artistas y gente guapa forrada en sus jerséis vintage de dos dedos de grosor. En 1951 hacía cuatro días que Islandia había conseguido la plena independencia de Dinamarca (1944), la isla entera era un sitio frío y alejado de todas partes donde sólo parecían estar a gusto un puñado de ovejas demasiado costosas para lo poco que daban a los paupérrimos granjeros islandeses; en el país entero se miraban el futuro y los avances con el anhelo de quien sabe que tiene que cambiar su sino pero con el recelo fruto de la ignorancia y el acérrimo apego a lo viejo y conocido que tan bien supo captar el premio Nobel Halldór Laxness.

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La expedición del Thor Akureyri, antes de subir al barco que les llevaría a Ísafjördur. Imágen propiedad de Páll Jóhanesson.

En medio de este medieval panorama, un grupo de intrépidos jóvenes no tuvo reparo en subirse al Fagranesi∂ desde Akureyri para representar al Thor en un lugar al extremo occidental de la isla. La reunión deportiva fue un éxito: los chicos del fútbol se impusieron con claridad a un combinado de las pedanías de la zona, haciendo valer su mayor técnica ante un bullicioso público local. En atletismo, los miembros del Thor Akureyri también se impusieron en la mayoría de disciplinas ante la férrea competencia de unos aguerridos islandeses occidentales.

El Thor salió victorioso de aquel envite deportivo pero para desgracia de aquellos jóvenes el tramposo Loki, el padre de todos los embusteros y las mentiras, andaba al acecho. El archienemigo de los dioses, celoso por la victoria del Thor, quiso tender una trampa en forma de invitación al para visitar la localidad de Bolungarvík, al sur del cabo. El acceso esta vez no sería por barco, sino por tierra; así pues, la inocente plantilla del Thor Akureyri se adentró a tomar las infinitas curvas de la zona en un bus especialmente rentado para la ocasión. Sin saber aún el peligro que les acechaba, incluso se permitieron el lujo de recoger a un campesino de la zona llamado Ásgeir para acercarlo a casa. La expedición fue un éxito, no obstante en el camino de vuelta a sucedió algo terrible. Fue llegar a la mortal ladera de Óshlí∂ cuando el infausto Loki aprovechó para desprender una enorme roca desde lo alto de la montaña hasta la carretera por donde circulaba el autobús de los deportistas. El mismo Thor, o lo que quedaba de él en el escudo y el honor de aquellos chicos, luchó para evitar una devastación casi segura. El vehículo logró escapar de un choque frontal; sin embargo la parte posterior de la carrocería quedó totalmente aplastada por aquella vil roca lanzada por Loki antes de volver a perderse en el fondo del mar.

 

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Momentos previos al encuentro entre el Thor Akureyri i un combinado de jugadores del noroeste del país. Imágen propiedad de Páll Jóhanesson.

No hubo partido en Bolungarvík. Dos personas fallecieron y otras dos salieron gravemente heridas de la tragedia. Fue un suceso terrible que marcó para siempre las páginas del deporte de todo un país. Dos jóvenes aventureros no volvieron a ver a sus familias y otros dos no pudieron volver a practicar el deporte que tanto amaban. No obstante, el islandés es fuerte por naturaleza y no hay cualquier desgracia que no aproveche para endurecer su resistente coraza. Desde aquel fatídico 8 de julio de 1951 todas las victorias del Thor Akureyri tienen dueño, una ciudad entera conoce los nombres de aquellos valientes que hace más de sesenta años partieron en el Fraganesi∂ para honrar al Thor y cada gol que se marca es un pequeño homenaje para Kristján Kristjánsson y Thorarinn Jónsson.

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La parte trasera del autobús del Thor Akureyri quedó totalmente aplastada por la gran roca que cayó de la ladera hasta el mar. Imágen propiedad de Páll Jóhanesson.

Una historia de amor increíble

El fatídico suceso que aconteció aquel 8 de julio de 1951 acabó dando lugar a una historia de amor entre uno de los hombres heridos de gravedad, Halldór Árnason, y la hermana pequeña de uno de los fallecidos, Kristján Kristjánsson. El relato de esta relación llegó a quien os escribe a través del testimonio de Oddur Halldórson; he aquí una versión adaptada y traducida del mail escrito en islandés:

Cuando mi padre se trasladó a la ciudad tenía 16 años. Era un chico de campo, que había sido criado en un ambiente muy distinto, alejado de la urbe y, por si fuera poco, llevaba unas gruesas gafas. Esto significó que los chicos de su edad le tomaran el pelo de vez en cuando. Era tímido y todo lo que quería era estar con otros chavales. Le gustaba bastante el deporte y especialmente el fútbol, pero no solía atreverse a jugar con los demás. Fue uno de los muchachos que llevaba la voz cantante en el grupo, dos años mayor, quien lo tomó bajo su ala y se aseguró de que estuviera siempre con él y que no le faltara de nada. Entre ellos dos surgió una enorme amistad, que desgraciadamente duró demasiado poco. Este joven que marcó la vida de mi padre para siempre fue el señor Kristján Gudmundur Kristjánsson. Todo en Kristjan era excepcional: buen atleta, como mi padre, servicial y alegre. Desde el principio, a mi padre le gustaba pasarse por casa de su amigo, donde era bien recibido. Allí conoció a la hermana menor de Kristján, mi mamá, y se quedó prendado de ella al instante.

Cuando papá sufrió el accidente, no se esperaba que fuera a salir con vida de él. De hecho, en el hospital de Ísafjördur le dijeron a mi abuela Helga que era cuestión de tiempo que mi padre entregara el alma. Una buena mañana, mi padre Halldór se despertó en un estado mucho más vigoroso; en palabras del médico, fue un milagro. Cuando tuvo suficientes fuerzas para volver del extremo oriental de la isla, cuenta mi padre que nunca recibió una bienvenida más cálida que la que le dio mi abuela materna Anna, con la que en teoría se tenía que casar. Pero Anna falleció al poco tiempo de cáncer, así que mi padre se pudo casar con esa chica de la que se quedó enamorado cuando un día visitó la casa de su amigo Kristján. Cuatro años después del accidente, papá y mamá se casaron, tuvieron seis hijos y vivieron juntos hasta que mi madre falleció en el año 2000.

Oddur Helgi Halldórson

Foto de portada: parte de la expedición del Thor Akureyri en Ísafjördur, imagen propiedad de Páll Jóhanesson.

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