El taxista de Fiyi que marcaba goles desde el centro del campo

Estación Greymouth

Ésta es la historia de dos taxistas. El primero, un gruñón gilipollas. El segundo, un simpático ex jugador de fútbol amateur nacido en una de las inacabables islas diminutas del Océano Pacífico. Como siempre hemos preferido destacar lo positivo por encima de lo negativo en todos nuestros textos e interpretaciones, es el segundo el que se lleva el modesto honor de aparecer en el título de este artículo. Lo cual no significa que no vayamos a hablar del otro. Nos referiremos a los dos.

Combinar las vacaciones con la cobertura de un Mundial Sub-20 puede tener un lado problemático: los días de descanso se aprovechan para hacer turismo, y por lo tanto uno se aleja de los estadios de fútbol y visita localidades más o menos cercanas con cierto atractivo. Aviso para navegantes: aunque el Barcelona de Guardiola lo ganara todo viajando en el día, es bastante recomendable dormir siempre la noche antes en la ciudad en la que se va a disputar el partido. Entre otras cosas, porque cuando uno es MarcadorInt y no el Barcelona, no es tan sencillo encontrar soluciones alternativas, como le ocurrió al conjunto catalán aquella vez que tenía que jugar en Pamplona y había huelga de controladores aéreos. Aquí somos yo y mi mochila. Yo, mi inglés tan diferente al que hablan los neozelandeses, y mi mochila. Y obviamente mi tarjeta de crédito, que sin ella no se va a ningún lado.

Christchurch Brasil Senegal Nueva Zelanda MI

Ocurre que Christchurch, la segunda ciudad más poblada del país y la más habitada de la isla sur de Nueva Zelanda, está ubicada en la Costa Este, a los pies de los Alpes. Para cruzarlos y alcanzar el Mar de Tasmania, hay varias vías, aunque la que más se utiliza es el tren. El ferrocarril, que tuvo mucha importancia en los primeros años de la Nueva Zelanda británica, ha ido cayendo en desuso, especialmente después de que los automóviles fueran accesibles para la mayor parte de la población. El tren sigue usándose para el transporte de mercaderías, pero las rutas para trasladar a pasajeros de un lado a otro han desaparecido prácticamente todas. KiwiRail, una empresa que le vio el lado turístico al asunto, ha mantenido tres, todas ellas enfocadas a aprovechar la belleza natural de los paisajes que el tren recorre en su camino. Quizá la más espectacular sea la del TranzAlpine, que une Christchurch con Greymouth, el núcleo de población más grande al otro lado de los Alpes y capital de la región Western Coast. No parecía mala idea subirse al TranzAlpine el día después de haber visto la semifinal Brasil 5-0 Senegal en Christchurch, dormir esa noche en Greymouth, y coger el mismo tren de vuelta la tarde siguiente para luego viajar en avión hacia Auckland la mañana de la final. Era, a priori, una combinación perfecta para unir los dos propósitos del viaje: turismo y fútbol.

TranzAlpine MI

La noticia llegó por la mañana. Con el check-out del hotel ya realizado, justo en la recepción. “No se vaya tan rápido, que quizá tendrá que quedarse otra noche. ¿A dónde va hoy?”. Con extrañeza, contesté: “A Christchurch con el TranzAlpine“. “Está anulado por la tormenta. Todos los trenes y autobuses están anulados. Y las carreteras cortadas. Es imposible alcanzar Christchurch hasta mañana”. En la estación ferroviaria de Greymouth me confirmaron el drama. Me redirigieron al Flight Centre para que intentara cambiar mi vuelo Christchurch-Auckland del día siguiente a las 10:20 de la mañana. Pero si quería llegar a la final del Mundial, esa no era una solución válida. Por fortuna, Sammantha, la encantadora agente de viajes que me atendió, me propuso una opción alternativa: Air New Zealand volaba a las 08:00 desde el diminuto aeropuerto del pueblo de al lado, Hokitika, hacia Christchurch. Todos los vuelos de ese mismo día habían sido cancelados por la tormenta, pero los del sábado aún seguían en pie de manera provisional. Me reservó un hotel en Hokitika y una plaza en la minúscula avioneta con la que debía cruzar los alpes para llegar al enlace.

Avioneta Air New Zealand

Siguió lloviendo durante la tarde, y la única empresa de taxis de Greymouth parecía poco dispuesta a cumplir con el encargo que les había hecho por la mañana. “Se han suspendido todos los vuelos hoy. Mañana no va a salir. ¿Por qué no anulas la reserva del hotel de Hokitika y esperas aquí?”. “Porque tengo un vuelo mañana por la mañana en Christchurch”. “¿Y no lo puedes cambiar?”. “Oiga, ya sé que es difícil, pero voy a intentar coger ese avión en Hokitika”. “De acuerdo. Usted mismo. No le vemos sentido, pero prometimos llevarlo a Hokitika y le llevaremos a Hokitika”, dijo la encargada, bastante más correcta en el trato que el taxista que acabó conduciendo el vehículo por la carretera -en algunos tramos muy encharcada- que unía esas dos urbes sin parangón en la Costa Oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda que son Greymouth y Hokitika. “Usted ha decidido perder su dinero. Adelante. Cada uno lo pierde como quiere. Mire, le diré una cosa. Con suerte, estará sólo dos días en Hokitika. Esto es Nueva Zelanda. Y cuando los vuelos decimos que se cancelan, se cancelan de verdad. Debió quedarse en Greymouth y esperar al tren”. “Muy bien, le llamaré de nuevo si no sale el vuelo, gracias”, me despedí, antes de entrar en el hotel en el que pasaría, no sin cierta intranquilidad, la noche del viernes al sábado. Por fortuna, la camarera del restaurante Ocean View, una muchacha sonriente entrada en quilos, me tranquilizó: “Creo que mañana ya saldrán los aviones. Llevamos demasiados días con esta tormenta. El cuarto día suele despejar. Voy a cruzar los dedos por ti esta noche, pero soy bastante optimista”. No siempre el destino premia a los que sonríen por delante de aquellos que gruñen, pero en esta ocasión fue así. El taxista perdió. Sammantha y la camarera ganaron. Y yo también gané. Pude meterme en ese avión, en efecto estrecho y bajo como ningún otro cogí en mi vida, y con una hora y poco de retraso salimos hacia Christchurch. Suficiente para llegar sin problemas al enlace.

Avioneta por dentro

En Auckland no había tiempo que perder. En una hora y media empezaba el partido por el tercer y cuarto puesto, y el North Harbour Stadium estaba a 40 kilómetros del aeropuerto. Cogí un taxi, y en seguida su conductor me empezó a hablar de fútbol. “¿Con quién vas en la final? ¿Con Brasil?”. “No, no, soy neutral”. “¿De dónde eres?”. “Soy periodista, vengo de España, cubro el torneo en su globalidad”. “¿Por qué España no ha venido a jugar?”. “No se clasificó”. “¿Por qué Inglaterra, Francia o Italia no se clasificaron tampoco? Hemos perdido muchos turistas por culpa de esto”. “Sólo podían venir seis europeas…”. “Ha sido una gran faena para nosotros. Hay cuatro naciones que desplazan a muchos aficionados. Son Inglaterra, Francia, Italia y Australia. Ninguna ha venido. Calculo que hemos perdido 10.000 turistas por culpa de esto”. No le dije nada, pero dudé que un Mundial Sub-20 hubiera llevado a tanta gente a cruzar el mundo entero. Entendí que su referencia era el Mundial absoluto de Rugby que se había celebrado en la propia Nueva Zelanda en 2011, pero, honestamente, no hablábamos de lo mismo. Pero lo mejor de la conversación estaba por llegar.

– ¿Sabes que yo jugaba a fútbol también?

– ¿Ah sí?

– Sí, en Fiyi. Llegué a jugar con la selección de mi distrito.

– Ah. ¿Usted es de Fiyi?

– Sí. Nací allí y luego vine aquí. Aquí también jugué. En primera. Con los kruweweruwies (indescifrable).

– ¿Con quién?

– Con los kruweweruwies (indescifrable). ¿Sabes el Auckland y el Waitakere? Pues el otro equipo.

– ¿Un tercer equipo de Auckland?

– Sí. Estábamos en primera.

– ¿Ahora ya no, no?

– No, ahora ya no.

No hemos podido encontrar ningún tercer equipo de Auckland en la historia de la ASB Premiership -más allá del que se formó hace dos temporadas para preparar a la selección sub-20 para este Mundial, los Wanderers-, aunque es probable que lo hubiera antes y que el taxista jugara con anterioridad a la puesta en marcha de la nueva liga.

– Yo marcaba muchos goles desde el centro del campo, ¿sabes? -me comentó luego, rompiendo el silencio-.

– ¿Ah sí?

– Sí. Era facilísimo. La gente cree que el fútbol es todo fuerza, pero es ser veloz con la mente. Yo era muy rápido.

– Sí, sí, es todo ser rápido.

– Vi al equipo de Fiyi contra Uzbekistán. ¡No sabían dar un pase bien! ¡Ni uno! ¡Nunca la pasaban al jugador correcto!

– ¡Pero si han hecho historia en este Mundial! ¡Ganaron un partido contra Honduras! ¡Nunca había pasado!

– ¡Uno! ¡Uno! Pero el siguiente, terrible. No daban un pase bien…

Una lástima, imaginamos, que no pudiera jugar él para marcar goles desde el centro del campo.

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10 comments

El taxista hizo honor al nombre de la población :p
Estas historias de cuaderno de bitácora son geniales, la serie de podcasts de Nuevos Zielos me ha gustado mucho, como la de Austria-Hungría fue un imperio. Espero la del viaje del FA de este año con interés.

Me encanta. No olvides lo afortunado que eres por vivir esas aventuras sacadas de los sueños de los que necesitamos el fútbol para vivir 🙂

El taxista debía tener unos 50 años, no más. Dijo que jugo en Nueva Zelanda sobre el 2001, por lo que cuadraría bastante lo que me dijo un tuitero gallego que parece dominar bastante del fútbol de allí. Hay un equipo en la liga regional de Auckland que antes de la partición en dos campeonatos -y de la creación de la ASB Premiership- sí competía con el Waitakere United y el Auckland City.

Yo necesito saber el nombre del equipo del taxista. Necesito saberlo. Aunque soy más partidario de que se inventó la historia como un campeón.
La historia es TOP 5 del año en MI. Sin duda. Me ha recordado a la frustración de Axel en el tren que no pudo coger una vez en Córcega.

Axel. Me encantan tus historias, como ha dicho Kondelenan es una gran suerte vivir esas experiencias y mezclarlas con tu trabajo. Yo soy empleado de banca, no hace falta decir nada más… Lo que me ha parecido es que has hecho pocos Nuevos Zielos y espero más podcasts tuyos y más textos que te prodigas poco. No me hagas ver “jugones” u oir a Roberto Gómez, por favor…

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