Fútbol de salón

FIL BRENTFORD READING 18

Mi carrera deportiva empezó en mi cuarto, luego di el salto al pasillo del salón y antes de saber multiplicar ya marcaba goles tanto en el Retiro como entre las dos papeleras del patio del colegio, un campo de fútbol sala que según las necesidades era también de baloncesto, de volley o un lugar donde se celebraban comuniones y fiestas de fin de curso, cuando no aprobados generales.

Recuerdo una vez un partido de liga, un sábado por la mañana de mucho frío, con nosotros sin edad para todavía haber dominado el ISS Pro, por no decir la Primaria. Con el encuentro parado, a un amigo se le ocurrió pegar la volea de su vida con la única pega de que fue a parar a la cabeza de un rival despistado, pelo tazón, sin ser esto sorprendentemente el motivo de su puntería, que lo tiró de culo en una parábola perfecta y quedó grabado para la posteridad. El vídeo nos hizo gracia con diez, con trece, con dieciséis y con veinte años, porque al final es un pedacito de lo malos que fuimos cuando creíamos ser buenos. Da igual la edad que tengas: nunca hay que olvidar la importancia de la infancia. En el patio del colegio tengo uno de los mejores registros en el arte de no perder balones: nunca colé demasiadas pelotas por la valla de la calle porque siempre tuve problemas para levantarlas del suelo, motivo por el cual dejé de jugar en una banda poniendo centros malos para acabar en el medio dando pases decentes. En un equipo de fútbol un día te levantas al amanecer para ir en coche a un campo perdido de la mano de Dios y a la mañana siguiente ya estás que no puedes ni compaginarlo con tu vida.

FIL COLCHESTER FLEETWOOD 001Un regate (Foto: Focus Images Ltd)

El otro día coincidí con una expedición de adolescentes españoles en un avión. Sin estar yo en contra de esa edad, que cada vez la echo más de menos, y teniendo claro que no hay mayor paraíso que el de los diecimuchos años porque jamás eres consciente del infierno que eres capaz de montar a tu alrededor sólo con hablar, comprendí que nuestros padres nos mandaban al extranjero no para aprender un idioma, que es la excusa más recurrente, sino para saber de la vida. En el fútbol pasa algo similar: se trata de entender a los equipos, no de intentar hablar su idioma. Es cuando alcanzas ese nivel de mimetismo cuando le encuentras el sentido.

Bob Peeters, entrenador del Charlton Athletic: “Hicimos todo bien. La única cosa que se nos olvidó fue ganar el partido”.

Todo acaba por llegar, en especial lo que no esperas, y yo nunca esperé pasar fines de semana viendo partidos en Inglaterra que en sus momentos más elitistas y vistosos me recuerdan a uno de esos del recreo, con charcos y varias rodilleras made in tu señora madre, una sobre otra hasta que acumulas tela para tres pantalones nuevos; de aquellos que cuando tocan la campana comienza el tiempo de descuento y en los que ha habido más goles ilegales que en una discoteca antes del cierre. Ha llegado un punto en el que pienso que hay futbolistas tan malos que no podrían dedicarse a otra cosa que no fuese el fútbol, porque es ahí donde tienen un lugar para ellos. Veo varios cada sábado, veo varios cada domingo, y nunca me quedo con su nombre. De alguna manera, en lo que fuimos está un sorbito de lo que somos ahora, y todo parece indicar que era tirando a horrible en el campo, pues no me imagino cómo a veces puedo aguantar noventa minutos viendo partidos lamentables. Tan lamentables que me encantan.

FIL MORECAMBE WYCOMBE 13Un gol (Foto: Focus Images Ltd)
Foto de portada: Focus Images Ltd

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3 comments

Simplemente: clap, clap, clap! Me saco el sombrero Alvaro! Me identifico con casi todo en el articulo, con la única excepción de que no me dedico al periodismo 🙂
Un abzo desde Uruguay

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