Fútbol en tierra de géiseres

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Decenas de turistas con la cámara en ristre, preparados para captar el fenómeno geológico que va a producirse en cualquier momento al otro lado del cordoncito de seguridad. Segundos, minutos de impaciencia que a alguno se le hacen eternos. ¿Se habrá apagado la fuente natural, así de repente? ¿Habré sido el primer turista que vio morir la fuerza indomable del manto terrestre? Tras la incertidumbre, un brevísimo instante de silencio seguido de un “Ooooooh” y un “chofffffff” final. Esta rareza termal puede ser observada en distintos parques naturales de sitios tan lejanos entre ellos como Nueva Zelanda o el parque de Yellowstone; sin embargo alguien decidió bautizar el millar de surtidores vaporosos repartidos por el globo terráqueo con una palabra de origen islandés: geysir, que a su vez proviene del verbo geysa cuyo significado podríamos traducir como emanar.

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La actividad volcánica y geológica de Islandia confiere un aspecto casi marciano a alguno de sus paisajes. Además, el agua y los gases subterráneos son una fuente de energía primordial para el país.

Emanar, justamente era ese el verbo que nos condujo a Axel, a Edu Ferrer y a un servidor hasta Islandia. Queríamos entender cómo, el porqué, de forma aparentemente repentina, la selección nacional de un país de unas 350.000 personas se quedó a las puertas de un Mundial y lo tiene todo de cara para estar en la Eurocopa de 2016. Durante estas dos semanas hemos conocido un gran número de personas, de historias tan cotidianas como exóticas, hemos visitado rincones donde la vida humana parece algo puramente anecdótico y, cómo no, también hemos visto el máximo fútbol posible. Todo ello con la intención de dar forma a un proyecto que –está mal que lo diga– puede llegar a ser una grata combinación de fútbol, fotografía, reflexiones y sentimientos; aderezados con buenas dosis de retraimiento y ovejas, muchas ovejas. Hasta aquí puedo leer, tiempo habrá para hablar de ello pues la idea es que vea la luz a largo plazo; el máximo responsable de la expedición ya avanzará lo que crea a su debido tiempo pero tras lo vivido estos días le pedí saciar mi incontinencia ocasionada por todo lo que hemos visto trazando un esbozo aproximado del fenómeno futbolístico en Islandia.

“Toughest of the toughest”

El nivel de la liga islandesa es aún bastante bajo –para qué engañarnos– lejos del grado de profesionalización del fútbol en Europa continental o el que ya exhiben otros deportes del país como el balonmano o el golf. No obstante, que el nivel sea bajo no significa para nada que no haya interés por el fútbol; al revés, Islandia es tierra extraordinariamente futbolera. Para muestra un botón: si sumamos todos los equipos compitiendo en las distintas divisiones nos salen aproximadamente unos 80 clubes. 80 clubes para 350.000 personas es una auténtica barbaridad y más si tomamos referencias cercanas: es decir, imagínense 80 clubes de fútbol en la ciudad de Alicante, en Bilbao o en Las Palmas de Gran Canaria compitiendo durante algo más de 4 meses –aproximadamente el tiempo que las condiciones meteorológicas permiten hacer cosas al aire libre– con sus rivalidades, sus historias y sus gradas llenas cada 4 o 5 días, admirable.

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El Stjarnan se hizo famoso en España hace algunos años por las peculiares celebraciones de sus futbolistas. La afición es igual o más cachonda: tienen un extenso repertorio de canciones durante todo el partido que va desde hits del rock ochentero hasta el ‘Viva España’ de Manolo Escobar.

Obviamente las condiciones climáticas tienen una enorme influencia en el carácter islandés y por consiguiente, también en su fútbol. Estuvimos con Hemir Hallgrimsson, de profesión dentista en las sureñas Islas Vestmann y seleccionador del combinado islandés; o segundo entrenador o seleccionador en prácticas o coseleccionador junto al sueco Lars Lagerbäck, la verdad es que aún hoy no me ha quedado clara su situación. El caso es que Heimir y el Dr Schafnir, médico del pueblo y también entrenador, nos hablaron de la importancia del tiempo y la idiosincrasia islandesas como clave para entender su juego. La vida del islandés está constantemente marcada por las eventualidades; las tormentas repentinas o que se levante un viento endemoniado en un precioso atardecer soleado es el pan de cada día en la isla. Esta imprevisibilidad ha producido en el carácter islandés una total aversión por pensar más allá de lo que suceda en los próximos cinco minutos. ¿Y eso cómo se traduce en el terreno de juego? En partidos totalmente locos, con transiciones vertiginosas desde el minuto uno y en una falta de rigor táctico apasionante para el espectador neutral. El futbolista islandés no entiende más allá del ir a por el contrario a cada instante, una y otra vez. Como dijo –con un cierto aire “mourinhesco”– el seleccionador islandés: “Aquí estamos acostumbrados a superar todas las adversidades, puedes estar media hora preparando un ejercicio táctico y que de repente el viento se te lleve todos los conos. We are toughest of the toughest”. Y puntualizó a su vez su amigo, el doctor Schafnir: “Aquí el jugador cuando empieza a jugar no piensa que tiene 90 minutos por delante y que si va a tope va a fundirse en el 70. Él va a por todas, y si en el 70 está cansado, ya se verá”.

Supuran bravura por todos sus poros los jugadores vikingos, una imagen sumamente entrañable e incluso literaria, imaginarse a los rudos futbolistas descendientes de Erik el Rojo, disputando cada balón aéreo como si no hubiera un mañana. Aunque, por lo observado en la cara de algunos jugadores extranjeros que viven allí, tiene que ser más bonito de ver que de experimentar en las propias carnes. El uruguayo formado en España, Gonzalo Balbi, nos comentó que más allá de su equipo (KR) y de algunos otros punteros, son pocos los que intentan jugar raso y pausar un poco más el juego. De ello, o de al menos intentarlo, se encargan los jugadores españoles que cada vez más van poblando las plantillas de los equipos de la Pepsi Deild, la 1 Deild y la 2 Deild. Aunque no siempre lo consiguen, se lamentaba uno de los que ha probado suerte en el Leiknir de Fáskrúdsfjordur, un pequeño pueblo pesquero de los fiordos del este: “Estos islandeses van a mil revoluciones. Corren como si les fuera la vida y me encanta, pero luego tienen un ladrillo en el pie”.

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Cada vez más jugadores españoles reciben ofertas para jugar en Islandia durante el verano. Algunos se adaptan a la perfección, como Fernando Calleja en el Huggin, muchos otros se marchan a las pocas semanas.

Þetta reddast

No es técnico, no es táctico, no es plenamente profesional pero un partido de fútbol islandés es una fuente inagotable de historias, de belleza visual y de ambiente increíble. Primero por sus estadios, donde lo raro es que no estén situados al lado de una cascada, de una montaña nevada o a escasos metros de una playa de arena negra. También por el correcalles en el que fácilmente se puede convertir cualquier partido que no esté sentenciado en los últimos 20 minutos. Y claro está, por el extraordinariamente cálido ambiente que se vive. Entendedme, al hablar de ambiente no nos referimos a una cancha turca en semifinales de copa, sino todo lo contrario. Un partido de fútbol es un evento social por sí mismo, una ocasión perfecta para que el pueblo se reúna, cante, coma un poco y comparta unas tazas de café. Hay que aprovechar el verano y las horas de luz; así como en las calles del centro de Reykjavík los jóvenes salen a tocar canciones a cada esquina, familias enteras, niños y ancianos se ponen su camiseta por encima del jersey bajan al campo a disfrutar de sus vacaciones mientras se comen una hamburguesa. Si ganan mejor, si no Þetta reddast que sería algo así como “todo pasa”.

Como siempre, la educación

El cuadro visto hasta ahora es ciertamente bonito y bucólico pero el quid de la cuestión era ¿cómo lo ha hecho esta gente para tener una selección primera de grupo en los clasificatorios para la Eurocopa? Otra vez Heimir Hallgrímsson y Arnór Gudjohnsen (exfutbolista y padre de Eidur Gudjohnsen) nos dieron algunas de las claves y coincidieron en casi todas ellas. Primeramente hay un elemento de suerte o de conjunción de talento en un mismo equipo que es difícil de prever o gestionar, como pasa en todas las buenas generaciones de futbolistas. Después existe un tema de carácter, la tremenda determinación que tienen los islandeses por superar las adversidades y la necesidad de reivindicar su pequeña nación a ojos del mundo. También el hecho que el fútbol haya sido siempre un deporte no profesional hace que la selección mantenga ese espíritu casi familiar pese a que la práctica totalidad de sus estrellas se gana la vida en distintas ligas del resto del mundo.

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La construcción de campos cubiertos ha sido una de las claves del desarrollo del fútbol islandés en los últimos años. Los jugadores pueden practicar durante todo el año y, de hecho, algunos equipos han decidido jugar bajo techo durante la temporada oficial.

Pero como sucede con casi todo, al final siempre hay algo que a la larga es la mejor –por no decir única– manera de que las cosas progresen: años y años de educación en los que se ha estado importando talento y conocimiento extranjero para formar entrenadores preparados. Para entrenar a cualquier equipo por muy humilde que sea, como ya pasa en España, la Federación islandesa de fútbol obligó a tener un carnet de entrenador de nivel 1. Y por primera vez en años, ya no hace falta traer entrenadores de fuera para que enseñen, cada vez son más los islandeses con conocimiento suficiente para ir trasvasando su legado. Por muy toscos que puedan parecer sus jugadores, en Islandia hay una verdadera pasión por aprender y perfeccionar su fútbol. Por ejemplo, explicaba Arnór que tiene una academia para hacer clases de técnica y táctica a niños y niñas en invierno, antes de que entren en la escuela. ¿Se imaginan mandar aquí al niño a las 6 y media de la mañana a jugar al fútbol antes de ir al colegio? Pues lo hacen. Además, todo ello ha sido posible gracias a la construcción y mejora en las infraestructuras de estadios cubiertos, que han permitido al fútbol islandés alargar el tiempo de pretemporada en invierno y poder disputar partidos oficiales bajo techo; en definitiva, gozar de una cierta regularidad que hasta hace diez años era totalmente impensable.

Por cierto, le preguntamos picaronamente a Arnór cómo hubiera sido su carrera si hubiera contado con las facilidades de hoy en día. Esperábamos un titular tipo “habría sido mucho mejor que mi hijo” o algo así y él recogió el guante a medias. Con sonrisa de granuja nos dijo: “Hubiera triunfado aún más de lo que lo hice”. Un grande.

Todas las fotos, incluida la imagen de portada, son obra de Edu Ferrer Alcover (Todos los derechos reservados).

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