Goodbye, England

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Cada vez que estoy en un aeropuerto me da por escribir.

Me siento delante de la pantalla con las puertas de embarque y empiezo a mirar destinos. Por ejemplo, ahora mismo: ¿Dónde narices está Enfidha? ¿Cuál es el idioma que hablan allí? ¿Serán más de Starbucks o de Costa Coffee? ¿Qué me cuentas de Kefallinie? ¿En qué lugar del mundo se esconde? ¿Tendrán Internet? ¿Y un Zara? Igual es que soy un ignorante pero no tengo ni idea de dónde están estos sitios. Esto es el aeropuerto de Gatwick, en Londres, y tiene vuelos directos hasta las puertas del infierno. Sigo mirando. Algún día tendré que ir a la isla de Guernsey, pienso, aunque debería hacerlo pasando por Jersey, que está al lado. Y así.

En los aeropuertos dibujas tu futuro, lo piensas, te lo imaginas. Crees que todos los destinos del mundo entero están al alcance de tu mano y que, en un arrebato de plantarte en el mostrador y pedir unos billetes como quien pide un roncola en el bar, puedes aterrizar donde quieras. En los aeropuertos conoces la diversidad, las opciones. ¿Me voy aquí o aquí? ¿Una semana o un mes? O esas preguntas trascendentales que provocan infartos de un segundo: “¿El pasaporte, por favor?” ¡Ahhhhh, dónde lo he metidoooooo!

Dos meses y pico de estancia en Inglaterra, tocando muchas ciudades en poco tiempo, me han servido para responder muchas preguntas y también, no voy a mentir, para ver bastante fútbol.

Era mi excusa. La principal.

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Partido entre el Whitehawk y el Carshalton Athletic.

Me di cuenta de que esto era lo que me gustaba cuando vi a un niño saltar y gritar porque el Wigan, su equipo, ganaba un título en Wembley contra el Manchester City días después de casi haber confirmado su descenso. Me di cuenta de que esto era lo que me gustaba cuando, en medio del día en que Ferguson anunciaba su adiós del fútbol, mi tema de conversación con un chico de la BBC, justo delante de Old Trafford, fue el Burnley. ¡El maldito Burnley! ¡En uno de los días más importantes de la temporada! Ya ves tú. Me di cuenta de que esto era lo que me gustaba cuando, una tarde de sábado en el Amex, David López la devolvió de tacón y Orlandi la clavó con el exterior en el palo largo. Me di cuenta de que esto me gustaba cuando un hombre me contó que era del Reading (hasta entonces no tenía constancia de la existencia de sus seguidores) y que este año iban a descender porque eran malísimos (esto sí lo sabía). Y, sobre todo, me di cuenta de que esto era lo que me gustaba cuando para ver un partido de los mataos del Whitehawk FC tuve que pagar 10£ por pasar frío en un campo al que sólo le faltaba un rebaño y su pastor. A ver cómo iban a pagar a sus jugadores si no, o esa grada nueva que estaban construyendo por su ascenso a la sexta categoría.

Pero no todo es tan bonito. Ni tan fácil. Claro que no.

Sólo os cuento lo que me interesa que sepáis.

Aquí, en definitiva, lo que importa es que cada uno tiene unos vínculos personales, ya sea una isla perdida en el Mar Jónico, como Kefallinie (o Cefalonia, que lo he mirado), o el equipo de fútbol al que animas los fines de semana. Es ese sentimiento de pertenencia por tu club, de esto es lo mío y por ello vivo, de lloro si pierdo pero seguiré llorando cada día para morir de placer cuando gane, lo que a mí me conquista. Aunque no soy bilingüe, en inglés me manejo y me llega más que de sobra para decir: I’ll be back soon, England, goodbye.

3 comments

Me han enganchado siempre tus artículos Álvaro, y así más de una vez te lo he mencionado por Twitter, cuando, por ejemplo, no escribías.

Espero que tu siguiente destino te traiga la dosis de fútbol que necesitas para superar tu mono, a todos nos pasa. Deseo que sigas escribiendo igual, o mejor, que siempre.

Good luck

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