Johan con los ojos de Joan

Nazionale Calcio. Bajo licencia CC.

Mi padre Joan es socio del Barça desde hace más de 30 años. Joan es de los que no utiliza el abono más que una vez al año y alega al confort del sofá ante los que le recriminan por ello. Mi padre paga la cuota religiosamente y no se le pasa por la cabeza no hacerlo pero le da una pereza inmensa tener que cantar y desgañitarse junto a una panda de desconocidos para volver a casa con olor a puro. A Joan no le gustan los jugadores que no corran, ni tampoco los que corren demasiado. En su cabeza no se explica cómo puede ser que un delantero falle un uno contra uno ante el portero, de la misma forma que se enfada agriamente con su defensa cada vez que el rival marca un gol. Él no entiende de táctica ni tampoco le interesa; de hecho hasta se interroga con cierta sorna cómo los comentaristas pueden extraer tantas conclusiones en hora y media cuando él solo ve a 11 gandules de azulgrana que tienen suerte de que el rival sea aún más malo que ellos. Por si no os habéis dado cuenta ya, mi padre es el paradigma del tribunero culer y la única lógica futbolística que acepta es la del “Xuta, burru!”.

Pese a ver centenares de partidos juntos, la distancia con la que vemos él y yo el mismo encuentro es sideral. Debo admitir que me sorprende y me irrita su constante simplificación del fútbol del mismo modo que intuyo que a él también le hará gracia la visión casi erudita con la que nos miramos cada encuentro, como si solo nos faltara una enciclopedia en las manos. Supongo que en cierta medida es normal, puesto que hemos vivido épocas distintas y nuestra aproximación a este deporte no ha sido la misma. Eso no impide que durante toda mi niñez y adolescencia recuerde acaloradas discusiones o sentencias que me dejaban totalmente en fuera de juego. De entre todas ellas, la que menos comprendí siempre fue la eterna comparación con el ‘14’. Daba absolutamente igual que la delantera blaugrana estuviera formada por Saviola, Overmars y Nano o que el crack en cuestión se llamara Ronaldinho, Eto’o o Rivaldo. Ninguno de aquellos aficionados le llegaba a la altura de los tacos al gran Johan Cruyff. Según sus glosas, Johan era rápido como el que más, habilidoso, listo y buen pasador, mucho mejor que cualquiera de las estrellas que desfilaban por el Camp Nou. Pero si en alguna cosa le ganaba Cruyff a todos ellos era en sus andares, o mejor dicho, en su forma de correr. ¿Correr? ¿Alabar a un jugador por su forma de correr? Pues sí, por lo visto y según Joan, la elegancia del holandés volador a la hora de desplazarse por el pasto era un espectáculo digno de contemplar, nada que ver, según él, con las zancadas soezmente bruscas de estos nuevos futbolistas/atletas de patorras gordas como muslos de ganado.

 

Debo admitirlo, nunca entendí aquella constante referencia a un tipo melenudo que sí, había ganado 0-5 al Madrid allá en los setenta, pero que tan solo consiguió una liga en cinco años y que, por lo que había encontrado en Internet, era bastante dado a esconderse en los partidos fuera del Camp Nou, aprovechando que por aquel entonces la tecnología rudimentaria se lo permitía. Casualidades de la vida, no fue hasta hace un par de semanas cuando pude entender por fin a mi padre. En el OffsideFest, un festival de cine documental sobre fútbol, emitían El Profeta del gol, una producción italiana contemporánea del Cruyff jugador que repasaba sus éxitos futbolísticos por aquel tiempo recientes del genio holandés. La estética de la época me ayudó a dejar atrás ciertos prejuicios temporales y ver al personaje con los ojos adecuados. Al instante lo entendí perfectamente: un flacucho de aspecto desgarbado y burlón llegaba a España con sus pintas de estrella del rock para decirle a toda aquella gente anquilosada aún en unas formas encorsetadas y antiguas que a él todo aquello le importaba directamente un rábano, porque simplemente era el mejor. Por un instante pude imaginarme a mi padre con cuarenta años menos, hijo de Guardia Civil y criado toda su vida en caserna, ver a aquél extranjero pasearse por la ciudad con sus pantalones acampanados fumando sus pitillos junto a una rubísima holandesa como si fuera poco menos que un extraterrestre y pensar: “quiero ser como él”.

 

Johan Cruyff no fue solo un excelso futbolista; también fue un icono, un símbolo, una ventana abierta al mundo que les enseñó a muchos jóvenes de aquella generación de los setenta lo que había más al norte de los Pirineos. Ahora, todos aquellos que en su día fueron mozos lloran su pérdida porque con él se van los sueños que aquel irreverente Johan les hizo creer que eran posibles. Hoy mi padre ha perdido una parte de su juventud y yo he podido al fin meterme en su piel y entender por qué Joan no se digna a ocupar el asiento que paga escrupulosamente desde hace décadas: nadie le hará vibrar como lo hizo el holandés eterno.

Foto de portada: Nazionale Calcio. Bajo licencia CC.

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