La chica de las manzanas verdes

Fernando Candeias - Manzanas

La conocimos la mañana antes de un PSG-Saint-Étienne en la primavera de 2008. Era bajita y de pelo rizo, castaño, le gustaban las manzanas verdes y su sonrisa reconfortaba.

Al entrar en una vieja frutería casi destartalada del Boulevard de la Chapelle –la única abierta a las 8AM–, Sophie nos recibió medio asustada. Después nos explicaría que simplemente había sido un acto reflejo: era muy temprano, no le sonábamos y allí solía comprar la misma gente a diario. Recuerdo que nos llevamos cuatro manzanas verdes porque queríamos sentirnos bien con nosotros mismos y olvidar el hecho de llevar dos días alimentándonos a base de comida rápida. Estábamos allí, en París, esperando nuestro momento: habíamos aprovechado una oferta tirada de precio para hacer el trayecto Santiago-Orly, asistiríamos a un partido de Ligue 1 y quedaríamos para cenar con dos amigos que llevaban más de seis meses de Erasmus en la capital francesa.

Boulevar de La Chapelle - Carnet de route

El metro. Foto: Carnet de route

Con la intención de no excedernos en nuestros gastos, decidimos hospedarnos en un pequeño hostel en la Chapelle de nombre “Friends Hostel”, justo a la salida de la Estación de Barbès–Rochechouart. Pronto descubriríamos que el nombre de nuestra residencia esporádica provenía de la estrecha relación que se puede forjar entre los animales (cucarachas y ratones) y el ser humano. Nos daba igual, la experiencia merecía la pena.

Sophie nos enseñó manzanas de diferentes calidades y nos dijo que las mejores eran las más verdes, porque tenían más vitaminas. Recuerdo exactamente sus palabras, más por su sonrisa que por la explicación poco científica. Yo le dije a David por lo bajo que cuando decía vitaminas quizá se refería a euros, porque curiosamente eran las más caras de la tienda. Pero a él ya le daban igual las manzanas, los euros, las palabras y todo lo que yo pudiera aportar a la conversación desde ese momento hasta cruzar la puerta metálica de salida. Ella, en un castellano más que aceptable, entabló conversación con nosotros, pesó la fruta y se interesó por el motivo de nuestra visita a París. Era muy agradable. David y yo le contamos que simplemente se trataba de un viaje de placer, que en realidad todo había sido una excusa para poder ver un partido de fútbol en el Parque de los Príncipes. Sabíamos que nuestros amigos nos conseguirían dos entradas y nadie renuncia a un viaje con el fútbol como protagonista en unas condiciones tan ventajosas. Ella se echó a reír y nos dijo que su padre era un gran aficionado del PSG, que personalmente el fútbol le daba un poco igual y que solo había presenciado dos partidos en directo: uno de Copa y otro de la selección francesa. David estaba embobado con sus explicaciones y yo miraba para los dos con cara de “¡Sacadme de aquí, por favor!”. Conectaron enseguida, se intercambiaron los números, y por la noche él le dijo que la invitaría a ver el partido de fútbol del día siguiente. Tuve la sensación de que David había enloquecido, ¡si ella nos había dicho que el fútbol le daba un poco igual!

Boulevard de la Chapelle - Francisco J.

Boulevard de la Chapelle. Foto: Francisco J

No tenía entradas para ella, solo teníamos dos. Él quería impresionarla y no podía, no tenía cómo hacerlo: se lo había prometido y no podía ser. Salvo… salvo que yo le dejara mi entrada a Sophie para que fueran en pareja. David me prometió todo lo prometible si accedía a participar en su plan. Y la verdad es que aún sigo sin saber por qué razón lo hice, supongo que no me perdonaría a mí mismo haberlo privado de una gran noche.

No solo fueron al partido sino que acabaron durmiendo juntos, en la litera superior a la mía, en el hostel de la amistad. Recuerdo que una pareja de japoneses fue a protestar a recepción, pero al vigilante no parecieron importarle demasiado sus quejas. De hecho, cada cual estaba a lo suyo: los cuatro alemanes que completaban las ocho camas de la habitación dormían a pierna suelta y yo, debajo de la fiesta, solo pensaba en coger el sueño lo más rápido posible.

Hace un par de años dejé de tener una relación cercana con David, que seguía escapándose de vez en cuando a París para ver a Sophie. La última vez que hablé con él me dijo que nuestra chica de las manzanas ya no trabajada en la frutería de la Chapelle, que había encontrado un trabajo mejor en unos grandes almacenes del centro de la ciudad. De forma inesperada, después de tanto tiempo, la semana pasada recibí un correo de Sophie –imagino que advertida por David– en el que me preguntaba por qué escribo tan a menudo del PSG ahora y, entre “Jejejejes”, se cuestionaba si a día de hoy sería capaz de recordar aquella mañana en la que se fraguó mi ausencia al partido de Ligue 1 que tantas ganas tenía de ver y, en paralelo, se puso la primera piedra de su gran noche.

La recuerdo bien, Sophie.

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16 comments

Enorme, Carlos. El fútbol, la amistad, el amor, la vida… siempre inseparables. Bellísima historia, impecable narración. Gracias 🙂

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