Libros de filosofía

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El fuego había quedado reducido a una llama baja, sin fuerza para subsistir demasiado tiempo, y luego, las ascuas poco a poco se fueron apagando mientras la noche transcurría lentamente amenazando con quedarse sobre él para siempre. El viento helado se colaba entre sus huesos y, por quinto día consecutivo, tuvo que meterse papeles de periódico debajo de la chaqueta de paño para mantenerse caliente. La chaqueta estaba deshilachada, pero al menos había cumplido su función. Lo mismo sucedía con tres o cuatro libros de filosofía en los que apoyaba su cabeza de vez en cuando para descansar un rato: hacía años que no conciliaba bien el sueño y no eran pocas las veces que se había quedado mirando las hojas con dibujos, símbolos y anotaciones extrañas. No entendía nada. Sin embargo, disfrutaba haciéndolo. Había pasado las últimas semanas escuchando los correteos de los ratones por el suelo y de vez en cuando un chico joven, el conductor del camión de la basura, se acercaba a él y de madrugada le preguntaba si iba todo bien. No, no iba todo bien. ¿Y qué importaba eso a estas alturas?

– Todo bien. Estoy estudiando filosofía – solía decirle siempre en voz baja, con una sonrisa, y rápidamente recordaba el día en el que se aferró a esos libros como si fueran sus hermanos.

Libros

Libros. Foto: Bruno Cordioli.

Pensaba en todo lo que podría haber aprendido si las circunstancias hubiesen sido otras. Tenía una madre, y había muerto. Tenía dos tías, y nunca le habían prestado demasiada atención. No conoció a su padre. Ahora ya no había vuelta atrás: todas las ensoñaciones sobre tener una familia, amigos, sentir el calor de lo que otros llamaban “seres queridos” y él tanto había ansiado, se habían esfumado. Estaba enfermo y a nadie le importaba. Quizás a sus libros, aunque ellos solo le hacían compañía y nunca le respondían. En ellos encontraba lo más cercano a lo que uno puede identificar con el cariño. No eran suyos, pero los había adoptado. Vivir en la calle no lo había hecho más fuerte ni más valiente, ni le había dado paz en el espíritu, solo le provocaba indiferencia. Vivir en la calle al menos era vivir. Aunque él mismo sabía perfectamente que esa llama también se estaba pagando.

A menudo deseaba borrar de su cabeza todos los pasos que lo habían llevado a encontrarse en una situación tan precaria: solo, sin nadie a quien acudir, sin nada por lo que pelear. Su vida, o lo que quedaba de ella, transcurría en una esquina de una calle poco transitada de las afueras de la ciudad donde un par de niños solían jugar al fútbol aprovechando la entrada a un viejo garaje abandonado. Alguna vez sintió que la vitalidad de los críos le daba un respiro y aliviaba el dolor que se clavaba con frecuencia en su pecho. Probablemente era psicológico: nada ni nadie le ayudaría a esas alturas a desandar el camino que había desembocado en una situación sin marcha atrás. Se pegó aún más los periódicos al pecho y comenzó a toser: era una tos aguda, profunda, mortal.

Se lo habían dicho la última vez que se despertó en el hospital sin saber cómo había llegado hasta allí. No le dio más importancia. Miró entre la oscuridad y de pronto sintió un pinchazo en las costillas. Agarró con fuerza sus libros, pensó en los chicos del garaje, escupió sangre y perdió el conocimiento. Cuando llegó el camión de la basura la llama ya se había apagado. Las dos llamas ya se habían apagado.

Foto de portada: Jorge Mejía.

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11 comments

La entrada más inesperada de MI en mucho tiempo. Y la más misteriosa. Tengo tantas preguntas sobre esta entrada que no sé por dónde empezar.

Por lo que veo (o leo, más bien), Carlos Rosende es una caja de sorpresas. Me ha encantado esta entrada, una joyita.

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