Papá y la futbolista

Pelota - E. Cartón

Papá salió corriendo de la clínica para comprarle una pelota. Ella, evidentemente, no lo sabía. No sabía nada, todo le parecía extraño: la pelota, la habitación, todos esos señores que se acercaban a verla y a tocar sus minúsculos dedos como niños con su juguete nuevo. Pero no eran niños, eran mayores. A ella le asustaba un poco la situación. ¿Por qué lo harían? Acababa de llegar a casa desde el hospital en brazos de Mamá, una chica de treintaypocos radiante de felicidad que por fin tenía en sus manos el tesoro que tanto tiempo se le había resistido. Lo habían buscado durante meses y pensaron que ese momento nunca llegaría. “Paciencia, paciencia, hija mía”, le decía su madre. Siempre les habían pedido paciencia. Ahora también: Mamá estaba cansada, no había sido un parto fácil. “La primera vez todo es un poco más complicado y tú eres muy nerviosa, tranquila. Tú tranquila, no te agobies”, le habían repetido sus amigas a lo largo de las últimas semanas. Finalmente, todo salió bien.

La casita era grande, muy espaciosa, con dos plantas, y un pasillo ancho se abría paso al subir las escaleras que daban acceso al primer piso, la zona más iluminada del domicilio: tres amplios ventanales filtraban luz natural durante toda la mañana y la sensación era de paz, de armonía. Papá paseaba por allí a menudo estrujando un muñeco de goma mientras mascaba chicle. Gruñía. Papá era un gruñón. A ella le parecía divertido. Papá había dejado de fumar por ella, aunque de eso se enteraría tiempo después.

Pelota - E. Cartón

Una pelota. (Foto: E. Cartón)

Un zapatero de pladur dividía el pasillo por la mitad, el señor gruñón siempre decía que lo habían puesto ahí, y no en otro sitio, para que todo el mundo tuviese claro desde dónde se tenía que sacar de centro. Nadie vivía el fútbol como Papá. Era un loco, un enfermo. Papá había jugado en las categorías inferiores de su equipo y se le iba la vida cada fin de semana. Su equipo parecía suyo, como si fuese de su propiedad. El fútbol sacaba lo mejor y lo peor de él: le cambiaba el carácter. ¡Si Mamá lo conoció en el estadio! Todos creían que el señor gruñón quería tener un hijo, un futbolista. Durante meses, Papá se había acostado cada noche pensando en el pasillo de la primera planta, en las dos puertas de las habitaciones que harían de porterías y en la pelotita de goma que le compraría a su futbolista. Mamá sabía que tendrían una futbolista, se lo había dicho el doctor, pero no quería decírselo a Papá. Por alguna razón intuía que Papá se sentiría algo decepcionado, aunque no lo expresase en voz alta. Estaba segura. Así que no se lo contó, y nunca consiguió explicar de forma racional si fueron esos u otros los motivos que la llevaron a tomar esa decisión. “Sea lo que sea, que sea una sorpresa”, repetía una y otra vez.

Papá casi no había tenido tiempo para reaccionar, el doctor le acababa de decir que todo había ido bien, que su futbolista estaba en perfectas condiciones y, si el equipo lo necesitaba, podría entrar en la convocatoria en un par de días. “Y tendrás que cuidarla, que de momento es muy pequeña para pelear en el cuerpo a cuerpo”. ¿Pequeña? ¡Una futbolista! Papá no supo que decir. ¿Mamá lo sabía y no le había dicho nada? ¡Una hija! Papá estalló de alegría, parecía no importarle lo más mínimo que su futbolista fuese niña y no niño. Mamá hace memoria y sigue decepcionada consigo misma por no haberle dicho algo antes al señor gruñón, pese a que día de hoy el paso del tiempo ha deteriorado los recuerdos del pasado.

Transcurrieron un par de años y los 3 seguían siendo muy felices. Mamá se reía mucho y Papá le decía que tenía una sonrisa preciosa. Papá corría por el pasillo y su futbolista, pequeñita pero con carácter, golpeaba una y otra vez la pelota. Papá aseguraba que le daba duro, que tenía maneras. ¡Gol! Él siempre se dejaba perder y Mamá aplaudía. Los tres se abrazaban y corrían por la primera planta. La futbolista del señor gruñón aprendió un par de palabras y las gritaba de vez en cuando: “¡Gol!, ¡Falta!, ¡Penalti!”. Las reproducía a su manera, sin sentido, y a Papá le hacía mucha gracia.

Una mañana, Mamá se fue a trabajar y Papá se quedó en casa con su futbolista. Él no se encontraba bien. Ella quería jugar y los dos subieron a su campo de fútbol, como cada día. Cogieron la pelota de plástico y se pusieron a pegarle patadas de un lado al otro del pasillo. En uno de los cientos de remates, él se dejó meter gol. Y acto seguido cayó desplomado al suelo. Ella gritó: “¡Falta!, ¡falta!, ¡falta!”. Y lo continuó gritando hasta que Mamá volvió a casa al mediodía.

Hoy María cumple 10 años y Papá le diría que no se achique, que pelee, que ayude a Mamá. Que el 10 es el que manda, el que lidera al equipo desde la media punta.

Foto de portada: E. Cartón

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48 comments

Tremendo. Llevo ya un tiempo frecuentando marcadorint, de hecho es quizás mi página de fútbol favorita, y creo que nunca había leído algo tan bueno en este portal. De verdad, felicidades. Qué manera de unir fútbol y vida. Me has recordado a Axel Torres con “11 ciudades”: historias personales con el fútbol como telón de fondo.

Deberías escribir más relatos así y recopilarlos todos en un libro. Aquí ya tendrías un comprador… ¡Saludos y a seguir así, Carlos!

Gracias Ángel. Este tipo de artículos son difíciles de ubicar, porque hablas de todo pero a la vez no hablas de nada concreto. Por eso agradezco mucho los comentarios: si gusta, si no gusta, etc. Un abrazo!

Al final el hablar del fútbol es hablar de la vida. Textos como este os hacen ser referentes.

no se de quien habláis porque soy bastante novato en esta pagina y programa pero, desde que la descubrí siempre creo encontrar fútbol del que a mi me gusta pero explicado de otra manera menos “convencional”, más “profesional”.

Gracias unaitxo89. Nos hace especial ilusión que a la gente "nueva" le guste lo que lee y cómo se tratan los temas. Un abrazo!

Hasta el desplome parecía que hablabas de mi propia vida, tengo una niña de casi 2 años, la edad de mi mujer, jugué en las categorías inferiores e mi equipo… Obviamente espero tener otro final… Pero enhorabuena, no dejes de escribir. Un abrazo.

Enhorabuena!

Os leo desde hace algunos meses, procuro leerlo casi todo. Noto que aprendo mucho de fútbol leyéndoos y además, este año me acompañáis en mi nueva vida lejos de España. No suelo comentar tanto por falta de tiempo como porque me es difícil aportar más. Pero este artículo me ha parecido una pasada.

Así que enhorabuena una vez más y espero que no quede aquí, que haya más.

Gracias a todos.

Muy bueno, Carlos. Me gusta pensar que el fútbol trasciende de los campos y la prensa hasta formar parte de nuestras vidas. Promesa que mientras te leía olvidé que estaba en la web de Marcadorint, jeje. Enhorabuena 🙂

Jajaja. ¡Me lo creo! Comparto lo que dices: las pasiones (fútbol) que tenemos, nos definen y marcan nuestra manera de disfrutar la vida y las relaciones personales.

Grandísimo articulo Carlos, esto es de verdad periodismo deportivo. Yo solo tengo 17 años pero tengo claro que algun dia me gustaria escribir sobre mi pasión, el fútbol.Espero que este tipo de articulos me ayuden algun dia, sigue asi.

Hola Edu! Lo más importante, al menos para mi, es disfrutar escribiendo! Y para eso no hay edad! Anímate! Un abrazo.

Bravo! Tremendo artículo. Gracias por compartirlo. Una manera preciosa de relacionar el fútbol con la vida. Enhorabuena por esta narrativa.

Hola Carlos, leo tu texto con un nudo en la garganta, los futboleros y padres de pequeñas nos identificamos al instante con la historia, gracias por compartirla, abrazo desde México.

Articulo diferente, apasionante e inesperado ese final. Carlos poco poco haceis que se olvide el salvame futbolistico que nos intentan vender, y eso es por gente como vosotros santome, padilla, axel, miguel angel roman… Periodistas que informan opinan y retransmiten partidos haciendo que aprendamos y disfrutemos entre todos un poco mas de este deporte. De verdad gracias por ser los mejores de vuestra profesion y liderar esta nueva forma de opinar e informar.

Intentamos disfrutar del fútbol con rigor y con pasión, a veces nos sale mejor y otras peor. Muchísimas gracias por tus palabras, Javier. Se agradecen mucho!

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