Sandhausen

Sandhausen

Sandhausen es el episodio que mejor resume las últimas semanas de ajetreo. Visitar el estadio del club más modesto de las dos primeras categorías del fútbol alemán no hubiese sido posible sin el coche de alquiler, pero tampoco estaría hablando de ello aquí si la organización alemana hubiese sido tan perfecta como presume tras anunciar que ha propiciado el Europeo sub19 más concurrido de la historia. Al fin y al cabo, Sandhausen es un pueblo perdido en Baden-Württemberg en el que te piden que vayas a recoger tu acreditación de un torneo UEFA en una gasolinera poligonera a la misma hora que se juega una de las semifinales de ese mismo campeonato.

Sandhausen es llegar al estadio en el minuto 85 de partido rezando que haya prórroga para no ir en vano tras pegarse casi diez horas de carretera en poco más de un día por el sur de Alemania. Sandhausen es llevar al extremo el modo de vida de periodistas y ojeadores, personas que viven pegadas a un volante si es eso lo que exige la distribución de las sedes y los horarios de un torneo. Y sobre todo, Sandhausen es el enésimo estadio alemán escondido en un bosque, perdido en medio de la nada, con la particularidad de que la zona de aparcamiento está delimitada por campos de hortalizas recién sembrados.

Aparcamiento de Sandhausen.
Aparcamiento de Sandhausen.

Por este motivo, a pesar de que fue el estadio en el que menos tiempo pasé, Sandhausen se convertirá en un símbolo a partir de ahora, del mismo modo que me acuerdo de Kaunas cuando pienso en una ciudad tranquila o de Tallinn en un día de lluvia. Trascenderá más allá de los récords de espectadores, de las visitas a los estadios del Stuttgart y Hoffenheim, de disfrutar de un partido en ese coqueto estadio del Aalen donde Kevin Kampl jugó un par de partidos antes de fichar por el Red Bull Salzburgo o de la exhibición de Nouri contra Croacia en Ulm, uno de los epicentros del cambio de mentalidad del fútbol alemán de inicios de siglo gracias a las ideas revolucionarias de un tal Ralf Rangnick. Solo era posible llegar a tantos lugares por carretera, en dos semanas en las que tomé conciencia de lo que significa convertir tu propio cuerpo en una extensión más del medio de transporte. Por eso ningún episodio refleja tan bien la cobertura del Europeo sub-19 como el momento en el que tuve que detenerme en una gasolinera de Sandhausen para recoger una acreditación a pesar de saber perfectamente que llegaría muy tarde al partido. Tanto que ya habían retirado el puesto de recogida de los pases de prensa y tuve que discutir con los policías de los accesos al estadio si la confirmación por correo electrónico bastaba para acceder al recinto. Existía una certeza: merecía la pena hacer el esfuerzo por llegar, porque en gran medida mi misión se basa en empaparme de los detalles e impresiones que solo se perciben desde el lugar de los hechos. Mejor un minuto en Sandhausen que ninguno.

Alemania y los Países Bajos disputaron en Sandhausen el partido por el quinto puesto. El ganador se clasificaba para el Mundial sub-20.
Alemania y los Países Bajos disputaron en Sandhausen el partido por el quinto puesto. El ganador se clasificaba para el Mundial sub-20.

Al volver, uno de mis mejores amigos me preguntó si no me cansaba nunca del fútbol. Si la eterna serie de partidos de cada temporada no se convierte en algo monótono. Si es posible digerir tantos duelos de un mismo torneo en tan poco tiempo. Espero que el día en el que me invada esa sensación quede todavía lejano, pues ahora mismo considero que cada encuentro tiene mil matices y detalles que lo diferencian tanto del anterior como del siguiente. La riqueza y variedad del fútbol se basa en eso: no hay dos partidos iguales. Pero, sobre todo, disfruto especialmente de las categorías inferiores porque en muchos casos te permiten sentarte a ver un encuentro sin ningún tipo de idea preconcebida. Sin prejuicios. Solo fijar la mirada en el césped y dejarse sorprender. Cuanto menos sepa antes de abrir los ojos, mejor. Ni nombres, ni apellidos, ni equipos de procedencia cuando se trata de selecciones. Eso son detalles para revisar una vez el árbitro pite el final.

Solo por la curiosidad de descubrir a aquellos chicos que asoman la cabeza para sustituir a quienes ahora ocupan el primer plano mediático, estoy convencido de que en el futuro nos toparemos con nuevos rincones tan inhóspitos como llenos de historias como Sandhausen.

El campo del Sandhausen, un estadio en medio del bosque.
El campo del Sandhausen, un estadio en medio del bosque.
Fotografías: MarcadorInt.

Related posts

Deja un comentario

*