Viaje a Tallinn

La Supercopa de Europa de 2018 se disputará en Tallin.

8:39 de la mañana; Kaunas, Lituania. Vibra el teléfono móvil encima de la superfície de cristal de la mesilla de noche, situada al lado izquierdo de la cama. Todo resulta extraño. El sonido no es estrepitoso, más bien discreto, y la luz se cuela por los flancos de una ventana cuya cortina, demasiado corta, no llega a tapar por completo. Suficiente para percibir, mientras me despierto, que algo no va como debería. Hay demasiada luz. Y había que madrugar para coger un autobús dirección Tallinn, pues se jugaba un Nomme Kalju-Viktoria Plzen, el único partido de Champions que se disputaba a kilómetros a la redonda esa semana.

Es martes, 30 de julio, y hace apenas han pasado unas horas desde que España ha quedado eliminada del Europeo sub-19. El día anterior fue agitado. La Serbia de Mitrovic había eliminado a la Portugal de Bernardo Silva en la tanda de penaltis, lo que nos hizo llegar tarde a la segunda semifinal, que se decidió en la prórroga. Por suerte el segundo choque se disputó en Kaunas, pero por otro lado terminó tarde. Y precisamente este marcador era uno de los motivos de la vibración del teléfono móvil. Desde un punto indeterminado del sur de Europa, llegó un SMS: “¿Has podido coger el bus? ¿Cómo quedó España ayer?”

No necesité leer el mensaje para darme cuenta de que había perdido el autobús que hacía el recorrido entre Kaunas y Riga. Salía a las 7:30 y me había puesto varias alarmas a eso de las 6:30. Había preparado la mochila con todo el material necesario para esas 24 horas de expedición. Pero, ingenuo de mí, no reparé en dos asuntos. El primero, la mala decisión que supuso quedarse trabajando hasta las tres y pico de la madrugada con los contenidos posteriores a la eliminación de España. “Ya tendré horas para dormir en el autobús”, pensé. El segundo, que descubrí más tarde, fue el causante de todos los problemas: la funda del móvil estaba rota y al bloquearlo se producía un contacto que repercutía de forma involuntaria en el volumen del teléfono. Total, que lo había rebajado al mínimo una noche en la que tenía previsto dormir unas tres horas.

Había que tomar una decisión. El bus tenía debía llegar a Riga a las 11:30. A las 12:30 salía de allí otro que completaba el recorrido hasta a Tallinn. Había que llegar a la estación de autobuses de la capital de Letonia antes del mediodía. Había una hora de margen y el autobús apenas me llevaba una hora y cuarto de ventaja. Una hora y media a lo sumo, con una parada intermedia obligada casi en la frontera, por lo que era verosímil recorrer el mismo camino en unas tres horas. Más cuando un taxi corre más que un autobús y es (mucho) más barato que en cualquier país de Europa Occidental. Ya tenía el billete comprado y el hotel reservado, por lo que llegar tarde a Riga implicaba quedarse un día entero colgado en Letonia sin nada que hacer. Tenía que llegar.

Riga Letonia
Riga, la primera parada en el viaje a Tallinn. Foto: MarcadorInt.

Salí del apartamento tras revisar que conservaba el billete del autobús (lo único que necesitaba junto al ordenador) y en la primera esquina me topé con el taxi que estaba buscando. Delante había un cajero. Suficiente. La conversación fue simple, muy simple, porque apenas entendía el inglés.

– ¿Riga?

– ¿Riga? OK.

– Pero en la estación de autobuses de Riga a las 12:00 (le apunté la hora en un papel que me dio, para cerciorarme de que me entendía). ¿Cuánto cuesta?

Me escribió el precio en el mismo papelito cuadrado, saqué dinero del cajero que se encontraba justo enfrente (un poco más de lo que me pedía, que a saber dónde terminaba) y nos pusimos en marcha. El viaje de mayor sufrimiento de mi vida por los remordimientos de la alarma que jamás escuché, a contrarreloj, junto a un tipo que no hablaba más de tres palabras de inglés y que desconocía por completo mi urgencia real por enganchar el siguiente autobús. Era mi culpa, obviamente, porque no había tomado suficientes precauciones. “Me habían dejado solo en Lituania para los últimos cuatro o cinco días y la había liado a las primeras de cambio” era el pensamiento recurrente que martilleó mi cabeza durante los siguientes días. Sin embargo, la única preocupación no fue llegar a tiempo a la estación de autobuses. Aún se tenía que producir un nuevo giro de guion.

Cerca de la frontera con Letonia, el taxi se para. El conductor ha ido reduciendo la velocidad y se detiene en el arcén de la carretera. Abre la puerta y baja del automóvil. Miedo. Puro miedo. Pero solo quita el cartel de TAXI de la parte superior del vehículo y lo guarda en el maletero. Bueno, ya está. Falsa alarma. Además, en el paso fronterizo, bendita zona Schengen, veo que a la mayoría de coches no les hacen detenerse. Excepto a nosotros. Mal asunto. Documentación. Un conductor lituano bien arrugado con un chavalín de pasaporte extranjero. Raro. Intercambio de palabras en algún idioma propio de la zona báltica. Nos dejan pasar, pero hemos perdido diez minutos muy valiosos entre las dos interrupciones. Sin embargo, en los próximos minutos me esperaba una tercera parada. En un semáforo, mi compañero se pone a hablar con el taxista del coche del lado. Se aparta de la carretera principal. Siguen hablando. Nos paramos en una calle secundaria.

En la frontera me vi obligado a cambiar de taxi. Foto:  Brad Hammonds.
En la frontera me vi obligado a cambiar de taxi. Foto: Brad Hammonds.

De golpe, el taxista con el que he partido de Kaunas saca un fajo de euros –¿de dónde han salido?– y le paga al taxista número 2, el letón, con una moneda que no se usaba entonces ni en Lituania ni en Letonia. El conductor de Kaunas me pide que le pague (más de lo estipulado en un inicio, pero era eso o quedarse colgado en Letonia) y señala el otro taxi. Que va a Riga y que si le pago a él ahora ya no tengo que hacerlo con el segundo taxista. Lo repregunto dos o tres veces. Al lituano primero y al letón después. Aunque yo ya me temía que había un 50-50: jugársela a que te estafen (o peor) en un diminuto pueblo letón o llegar a Riga. Ante todo, no podía negarme o me iba a quedar tirado con poco dinero en la frontera entre Letonia y Lituania. No había salida. Y, además, aún estaba a tiempo de coger el autobús a Tallinn.

Efectuado el pago, me subí al segundo taxi, el letón, con la esperanza de llegar a tiempo a la capital del país. Entonces no sabía que estaban asfaltando la entrada a la ciudad y que, en una zona de carretera de un único carril por dirección, la circulación estaba parcialmente detenida. Durante cinco minutos pasan los coches que entran a Riga, y durante cinco posteriores pasan los coches que salen de Riga. Más tiempo parados. Esos minutos se me hicieron eternos: habíamos superado las 12:00, de eso ya me he dado cuenta, y llevaba un rato largo mirando el reloj cada pocos minutos, por si el taxista se daba cuenta de que tenía prisa. Y le repito, por si me entiende, que vamos a la estación de autobuses y que necesito llegar antes de las 12:30. Estaba sudando más que Adrien Rabiot en el minuto 115 de la semifinal contra España.

Pero entramos en la ciudad. Con suspense, como en las películas malas en las que todo hace indicar la tragedia, que el protagonista se topará con que le cierran la puerta en las narices. El taxista me dejó en la estación de autobuses a las 12:27. Sobre la bocina, pero me colé en un autobús con wifi y pantalla con acceso a internet a la velocidad de una tortuga coja e incluso me sobraron unos minutos porque arrancó tarde, pues la cola para entrar en el vehículo era larga. Aunque, en cualquier caso, llegué a Tallinn. Por el camino se me ocurrió pensar en buscar el estadio donde se jugaba el partido del Nomme Kalju, porque no había pensado que su campo podía no cumplir con los requisitos UEFA, como sucedió finalmente. Benditos autobuses con conexión a internet. Aunque eso no evitó una caminata de una hora para ir al Le Coq Arena y otra para volver (en dirección al hotel) bajo la incesante lluvia estonia.

Bus Tallin
12:28. La cola retrasará un poco más la salida del bus en dirección a Tallinn. Foto: MarcadorInt.

Entre medias, un Nomme Kalju 0-4 Viktoria Plzen, con cuatro goles en cuatro acciones a balón parado. En ese mismo estadio la selección sub-21 española iniciará su camino hacia el Europeo de 2017, que se celebrará en Polonia. La misma generación que se quedó en las semifinales del torneo disputado en Lituania ese 2013, que cuenta con los laterales titulares de Arsenal y Valencia o chicos que se perdieron esa cita porque acudieron al Mundial de Turquía pese a ser un año menores que la mayoría, como Deulofeu, Óliver Torres o Saúl Ñíguez. A estos últimos Tallinn les trae mejores recuerdos que a un servidor, pues un año antes que sucediera esta anécdota se proclamaron campeones de Europa en categoría sub-19 en la más norteña de las repúblicas bálticas.

Así que no era un mal pretexto para recuperar la historia de cuando MI estuvo muy cerca de no llegar a Tallinn.

Deulofeu se proclamó campeón de Europa sub-19 en 2012, precisamente en el Le Coq Arena de Tallinn.  Foto: Catherine Kõrtsmik.
Deulofeu se proclamó campeón de Europa sub-19 en 2012, precisamente en el Le Coq Arena de Tallinn. Foto: Catherine Kõrtsmik.

Un par de días más tarde, después de la final del Europeo de Lituania, me di cuenta de que me había dejado el cargador del teléfono móvil en el estadio. En Marijampole, a 60 kilómetros del piso alquilado en Kaunas. De esto me percaté en el viaje de vuelta en coche, mientras un compañero de UEFA, ese día copiloto, sacó una botella que escondía debajo de sus pies para servir vino en vasos de plástico dignos de un día de picnic, y otro me relataba el estado del fútbol serbio y su pasión por Estrella Roja (la oveja roja de la familia, bromeaba). Entonces tomé consciencia. Miré el móvil, a menos del 50% de batería. Y me vino a la mente el momento en el que desconecté el cargador, cuando los jugadores serbios subieron a la grada para hacer la fotografía de rigor con el título. Pero ya era demasiado tarde. Serían las 2 y pico de la madrugada porque habíamos esperado durante un largo rato a que Mitrovic y Laporte pasaran el control antidopping para que atendieran a los medios. Como ya no me fiaba de mi móvil ni de nadie tras el incidente del bus, esa noche no dormí. Me puse a escribir sobre la final y, en definitiva, a hacer tiempo hasta que pasara el taxi que debía llevarme al aeropuerto de Kaunas, sobre las cinco de la madrugada. Quedarse dormido en Kaunas por segunda ocasión no era una opción.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue comprar una funda nueva. Y un cargador.

Foto de portada: MarcadorInt.

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