El Mundial y la vuelta a la infancia

Digo Souza - Maracana

Ya estamos en 2014 y, como cada cuatro años, tenemos un nuevo Mundial a la vuelta de la esquina. No será uno cualquiera. La mayor cita futbolística del planeta en el mejor escenario posible culminado con una final en el mítico Maracanã. Imposible imaginar un escenario mejor como broche de oro a un mes único. Memorable. Inolvidable.

Digo Souza - Maracana

Maracanã, Rio de Janeiro. Foto: Digo Souza.

Con cada nueva Copa del Mundo se renuevan las ilusiones de los países participantes, de las aficiones deseosas de celebrar goleadas, triunfos por la mínima, empates sufridos y, en algunos casos, simplemente, presentar batalla. Cada excusa es buena para reunirse con familiares, amigos, o desconocidos que serán como hermanos, madres, padres, primos, novios y novias durante 90 minutos. O los que se tercien.

Pero, con el Mundial, llega otro fenómeno: los álbumes y los cromos del torneo. Durante tres años y medio, estos coleccionistas aguardan en silencio. Sin hacer ruido. Y salen en manada a partir de enero o febrero, cuando los primeros sobres se ponen a la venta. Niños, adolescentes, adultos y muy mayores. Ese espíritu festivo, que consiste en inmortalizar el evento con unas pegatinas del tamaño de unas tarjetas.

“¡Me ha tocado Cavani!”, le grita un niño pequeño a su hermana, que no consigue abrir uno de sus muchos sobres que aún permanecen cerrados. Ésta se enfurruña. Agarra su álbum con fuerza, se desespera. Ella tampoco tiene a Edinson y le hubiera gustado tapar por fin su casilla. Esboza una ligera sonrisa cuando ve que, por fin, tiene sus cromos entre las manos. No está satisfecha porque apenas conoce a ninguno de los que le han tocado. Ni rastro de Cavani, Suárez, Muslera ni Lugano. Con el rabillo del ojo veo que sostiene a Luka Modric y creo adivinar, por su barba y la bandera, a Andrea Pirlo. “Mamá, ¿son conocidos?”, pregunta, esperando que su progenitora convierta esas caras anónimas en leyendas vivas. En motivos para darle envidia a su hermano. “También son muy buenos, hija, claro. Pero sigue abriendo sobres, a ver si a ti te sale Forlán”, responde.

Yo estoy esperando una cola cualquiera en una tienda cualquiera de ese monstruoso y gigantesco centro comercial. Como en la película de Kevin Smith ‘Mallrats’, con una preciosa Claire Forlani, un desconocido Jason Lee y un imberbe Ben Affleck, paseo por el “Punta Carretas Shopping” para pasar el día. Compro de aquí y de allá sin más expectativas que seguir avanzando. Cuando veo esa escena, vuelvo a tener 8 años. Está a punto de comenzar el Mundial de Estados Unidos 94, mi primer recuerdo futbolístico. Mi primer ídolo (Roberto Baggio) y mi primera gran decepción. El codazo a Luis Enrique vuelve frustrarme y el lanzamiento a las nubes del penalti de Baggio en la final ante Brasil me entristece. También ahí empezó mi vida como coleccionista y tomó sentido la palabra tristeza.

Cromos Colombia - Centella

Selección de Colombia (1994). Foto: Centella.

Reconozco que, lo único que he coleccionado en mi vida son los álbumes de los Mundiales. 1994, 1998, 2002, 2006 y 2010. Ahora, en Uruguay, el contexto es diferente, yo soy diferente pero, ¿qué demonios?

Sigo andando y veo un puesto enorme, lleno de niños, comprando sobres. También descubro un fenómeno que desconocía: hay un puesto oficial de intercambio. En grandes carpetas, la gente guarda los cromos que tienen repetidos y los números exactos que les faltan. Puedes comprar el cromo individual que necesites o cambiar uno por otro. ¡Qué maravilla!

“Un álbum y 8 paquetes, por favor”, digo en voz alta. Las cosas, o se hacen a lo grande o no se hacen. “96 pesos (poco más de 4 dólares), por favor”.

Y así empieza. Llego a casa y, como aquel niño y su hermana, me aventuro en el fascinante, infantil y feliz mundo de los cromos del Mundial. Navas, Fellaini, De Bruyne, Mascherano, Ramires… y Stuani. El único uruguayo de mi nueva colección que estoy seguro hubiera desencadenado otra pelea entre ese joven chico y su hermana. “Pues yo prefería a Modric o Pirlo”, pienso, desconsolado.

Foto de portada: Digo Souza.

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2 comments

Buen artículo Pedro. Es curioso comprobar que la gente se "asombre" de los puestos de intercambio. Yo soy de Ávila y veía como algo muy normal ir el domingo a cambiar cromos. Ahora vivo en Madrid y en la Latina también se hace (con carpetas jejeje) el día que ponen el mercadillo.

Saludos y gracias por la web

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