Un 1 de enero a las 10 de la mañana

Montevideo - Héctor de Pereda

Óscar Duarte hizo el 2-1, agarré mi mochila y me fui de casa. Eran las 17:20 en Montevideo y debía empezar a trabajar 40 minutos después. Mientras bajaba en el ascensor me preguntaba si pasarían autobuses o, en su defecto, habría taxis. Abrí la puerta y la calle estaba desierta. ¿Habéis probado a deambular un 1 de enero, a las 10 de la mañana, por cualquier calle céntrica de cualquier gran ciudad? Ni un alma.

Empecé a andar hasta llegar a la parada más cercana. Ni un coche. Me sorprendió ver, eso sí, varias peluquerías abiertas, donde los empleados estaban sentados, de espaldas a la puerta, viendo el partido en improvisados televisores. En una de ellas, incluso, la peluquera le estaba tiñendo el pelo a una clienta mientras las dos, agarradas de una mano, vibraban con cada acercamiento costarricense o uruguayo.

Varios minutos después, un abuelo y su nieto hicieron acto de presencia. El adulto escuchaba la radio mientras el pequeño aún no era consciente de todo lo que estaba sufriendo aquel hombre cansado, que debía hacer una pausa en medio de aquel paseo agotador. Demasiadas emociones en sólo tres minutos, lo que tardó Joel Campbell en empatar y Duarte en poner por delante a los ‘ticos’.

Cuando ya perdía toda esperanza de coger el transporte público y, por lo tanto, de llegar a mi hora a la redacción, apareció a lo lejos un autobús con una bandera delante del tamaño de mi estudio de alquiler en Madrid. La radio estaba al máximo, el coche estaba vacío y sólo me acompañaba un hombre que, como esos 1 de enero a las 10 de la mañana, vuelve a su casa (casi) siempre con alguna copa de más.

En su casa, “alguna” eran en realidad “demasiadas”. “For lán, ¿quién es Forrrrrlán?”, gritaba. “Luis Suárez… Suárez, ¿qué va a hacer? Se ha cannnsado de ganar ya dinero en Inglaterra”. Y así, una frase tras otra, una crítica a cada jugar seguida de otra aún mayor que la anterior. Quedaba un cuarto de hora de partido pero ese señor ya no creía en su selección y, ante la molestia que estaba ocasionando, el conductor optó por suavizar la tensión cambiando de emisora. Empezaron a sonar The Beatles. “She loves you yeah, yeah, yeah, she loves you yeah yeah yeah…” Mala idea. Uruguay… Inglaterra… 19 de junio en el Arena Corinthians de Sao Paulo. Cara o cruz… “No tenemos nada que hacer contra los… Ingleses. ¡Nada!”, exclamó el único pasajero de ese autobús que tenía ganas de hablar.

Mientras, pasamos por delante de un colegio público que tenía en la puerta un collage de sus alumnos que tenía escrito “¡Vamos Celeste!” Sentí pena por aquellos niños y niñas que, con toda su ilusión, animaban a su selección desde su más tierna inocencia.

El señor se bajó y el conductor y yo volvimos a escuchar el partido por la radio. Hola. 3-1. Adiós. A la izquierda, decenas de personas bajaban por las calles, cabizbajas. A la derecha, una chica abrazaba a su novio en un bar con lágrimas en los ojos.

Hice el trayecto, de 35 a 45 minutos en un día normal, en un cuarto de hora. Nadie se subió y sólo uno se bajó. Fue triste. Pantallas gigantes sin gente y plazas llenas en silencio. Demasiadas miradas al suelo. “Me quedé sin fuerzas”, le decía un chico a un amigo que tenía al lado.

A pocos metros de entrar en mi edificio, oí chillar a un hombre que intentaba alentar al resto de sus compañeros. “¡Vamos Uruguay, carajo! ¡Vamos carajo!” Y pensé: “5-1 el viernes y 3-1 el sábado. ¿Qué más sorpresas nos deparará este Mundial?”

Foto de portada: Héctor de Pereda.

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