Irán en estado puro

Carlos Queiroz Irán Steindy

Irán siempre resiste. El equipo dirigido por Carlos Queiroz sabe sufrir como pocos entre los clasificados para el Mundial de Rusia 2018. Resiliente ante la adversidad, Irán siempre incomoda a sus adversarios por su dureza y tenacidad. Tarda unos minutos en detectar sus fortalezas y en ajustar los mecanismos defensivos, pero se adapta casi de inmediato para aguantar el chaparrón. No le importa vivir sin el balón. Se repliega, defiende de forma compacta, en pocos metros, hasta desquiciar a su adversario. Le inocula el veneno de la impaciencia. Le ocurrió a Marruecos, que se sintió dominador en su primer partido en el Mundial en 20 años pero apenas generó ocasiones verdaderamente claras de peligro. Percutió al inicio con las irrupciones de Nordin Amrabat, profundo partiendo desde el lateral derecho, pero una vez Irán ajustó su defensa apenas le volvió a intimidar. Poco a poco Marruecos fue perdiendo la fe, en un proceso inverso al de Irán, el mejor equipo asiático del último lustro. La paciencia de los de Queiroz acabó dando frutos: una falta lateral en el descuento terminó en un autogol de Marruecos que decantó la balanza.

Marruecos 0
Irán 1 (Bouhaddouz pp. 95′)

Iran vs Marruecos - Football tactics and formations

Los siete años de Queiroz al frente de la selección iraní se notan en su funcionamiento colectivo, que apenas deja resquicios en defensa. Marruecos llevó la iniciativa, pero le costó mover la pelota con fluidez. Hervé Renard acumuló buenos peloteros en el centro del campo, con Ziyech y Harit partiendo desde las bandas para terminar las jugadas por dentro, pero les costó entrar en juego con continuidad ante la densidad de la medular asiática. La aglomeración de efectivos vestidos de blanco dificultó la circulación marroquí. El arraque africano fue notable, con ritmo y desequilibrio por la banda derecha, pero poco a poco se fue apagando. Harit, muy activo en el desborde en los primeros minutos, se diluyó con el avance del encuentro, enredado en la maraña de piernas iraníes. Dominó el centro del campo Omid Ebrahimi, inmenso en la recuperación del cuero. El mediocentro iraní chocó con y contra todos y casi siempre salió ganando, en una exhibición de oficio defensivo. Como el resto de sus compañeros, Ebrahimi tenía claro que en el mismo instante en el que un adversario pudiera girarse y ver la portería de cara debía cometer una falta. Así cortocircuitó también Irán a su oponente.

Al combinado asiático le faltó frescura a la hora de desplegarse al contragolpe. Sardar Azmoun estuvo impreciso a la hora de canalizar las transiciones. Errático en el pase y en los controles, a veces el balón se le quedó atrás en situaciones en las que tenía mucha ventaja. Tampoco compareció Alireza Jahanbakhsh, que se sacrificó en defensa para perseguir a Achraf Hakimi y se quedó sin combustible para desplegarse a la contra. Aun así, Azmoun y Jahanbakhsh protagonizaron la ocasión más clara del partido antes del descanso, cuando Munir salvó el gol iraní con una doble intervención prodigiosa. Por su parte, Marruecos acabó desesperada, casi sin generar oportunidades de gol. Beiranvand le negó a Ziyech el tanto en la recta final, con una estirada de mérito ante el remate lejano del centrocampista del Ajax, pero apenas tuvo mayor trabajo. El equipo de Hervé Renard se fue exponiendo con el paso de los minutos en busca de una victoria que le acercara a los octavos de final, mientras Irán parecía firmar el empate, con cambios relativamente conservadores de Queiroz. Hasta que Ghoddos le sacó una falta cerca del área a Sofyan Amrabat, que picó en la trampa del delantero del Östersunds, y Bouhaddouz acabó rematando en su propia portería cuando a Marruecos ya no le quedaba margen de reacción. En un día en el que sus dos estrellas apenas destacaron, brilló aún más el trabajo de Carlos Queiroz. 0-1 y tres puntos en el bolsillo. Irán en estado puro en su segunda victoria en la historia de los Mundiales.

Foto de portada: Steindy

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