El ‘Chupete’ de las Malvinas y el Ødegaard de Hitra

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Llegaba tarde al partido entre las Falkland Islands (Malvinas) e Hitra en Saint John, uno de los pueblos más septentrionales de la isla. De hecho, llegaba muy tarde. Mi amigo ‘Fat Vinnie’ –así se hace llamar en su tarjeta de contacto– lo sabía y apretaba cuanto podía por las estrechísimas carreteras isleñas. Una aclaración, no es que sea muy amante de establecer demasiado contacto, y mucho menos amistad, con los taxistas para luego jactarme de las conversaciones mantenidas en el auto como hacen otros por estos lares (un afectuosísimo saludo a Axel si me está leyendo) pero en este caso Vinnie sí lo era. Me había rescatado literalmente del medio de la nada esa misma mañana, cuando el conductor del taxi que había cogido para presenciar el Menorca-Groenlandia decidió dejarme en el primer prado que vio con dos porterías roñosas puesto que, según él, en Grooville no podía haber otro campo que aquel y tenía que ser allí.

Pero bien, volvamos al tema de las estrecheces. ¿Por qué? ¿Será por lo de vivir en una isla, por lo del aprovechamiento del espacio? ¿ Exceso de confianza en sus habilidades al volante? ¿Un tema estético? Con visible apuro me acordaba de una visita a la ciudad de Londres y maldecía a los británicos por no hacer los márgenes de sus carreteras unos centímetros –ya no digo metros– más anchos; un perro despistado saliendo del jardín, un conductor adormecido, una mala racha de viento… Pese al agobio y a la tardanza, hacía cuanto podía para ir asimilando los paisajes que veía e ignorar la sensación que los árboles se me vendrían encima en cualquier momento. Llevaba poco tiempo pero ya empezaba a captar la esencia de Jersey: una mezcla un tanto estrambótica entre ‘british style’, el carácter socarrón y un tanto tronado típico de los isleños que tratan sin éxito de disimular la ilusión por ser el epicentro de algo durante unos días; todo ello barnizado con un aire de dejadez y cierta decadencia entrañable típico de las localidades costeras turísticas. Entendedme, en la Península también pasa –no vamos a poner ejemplos para no herir sensibilidades–. Seguro que habéis tenido esta sensación al estar en un pueblo de este tipo, como cuando llegas a una fiesta que ya va de capa caída y te lamentas de no haber llegado un par de horas antes, cuando estás seguro que hubiera sido la bomba.

El caso es que llegué sano y salvo al partido con un par de minutos ya disputados. Bonito ‘field’ el de Sant John, con unas escaleras que hacían a la vez de gradas en las que se escenificaba una amistosa disputa de animación entre un grupo de jóvenes– y por qué no decirlo también– bonitas noruegas que apoyaban a su Hitra y el sexagenario público de las Falkland que también gritaba lo suyo. No eran sexagenarios pero sí bastante veteranos los jugadores de las Malvinas; de seguida observé que eran un equipo aguerrido y competitivo y, claro, la comparación era inevitable: región pequeña, conjunto experimentado, mermado de talento pero sobrado de garra; eran la Uruguay de los Island Games. Pero de entre todos los miembros de esta versión isleña de Uruguay, ironías de la vida, quien me cautivó fue un jugador chileno: Rafael Sotomayor.

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Pasa cientos de veces, que ves un partido entre dos equipos que ni te van ni te vienen y de repente haces ‘clic’; se produce un magnetismo, un enamoramiento que hace que no pares de observar ese jugador. Normalmente suele ser el mejor, pero no siempre es así: será por su forma de moverse, por su peinado, porque te recuerda a alguien, por su nombre; el caso es que no sabes cómo ni porqué pero estás seguro que ese tío tiene algo, tiene carisma, tiene una historia detrás. En esta ocasión además era bastante evidente pues era de largo el mejor, iba sobrado: controles con la espalda, tacones, driblings en la banda, pases sin mirar… De hecho, su actuación fue la clave de la remontada y la sorprendente victoria de las Malvinas ante Hitra (2-1).

Pedimos disculpas por el sonido del viento, escucha aquí la entrevista mucho más nítida.

No me falló mi sentido arácnido y estaba claro que Rafael tenía una entrevista: chileno, 36 años. Jugó gran parte de su carrera en San Antonio, en la quinta región de Valparaiso y numerosas veces se enfrentó, entre otros, al ‘Chupete’ Suazo o a Arturo Vidal. A diferencia de ellos, él no pudo dedicarse profesionalmente al fútbol y su trabajo le llevó hace 6 años a las Malvinas. Es uno de los más de 200 chilenos residentes en las islas; teniendo en cuenta que viven unas 2500 personas, eso supone cerca del 10 por ciento de población. Me cuenta que las condiciones en las Falkland son pésimas para jugar al fútbol: hace muchísimo frio, viento y el sol se va a primera hora de la tarde. Tienen sólo 4 equipos que se enfrentan cuando pueden y los 19 seleccionados (un 0,76% del total de la isla) han tenido que preparar la competición jugando contra equipos formados por los militares de la base establecida allí. Se le nota a Rafael que su alma canchera le pide más, pero qué le va a hacer. Él es feliz. Un tipo llano y agradable–menos cuando le hablo del asunto con Jara– que a sus 36 es la estella indiscutible de su equipo.

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El Ødegaard de Hitra

Algo parecido a esta conexión mágica me sucedió con un jugador del equipo rival. El combinado de Hitra era mucho más joven que su adversario y también mucho más potente físicamente. Pero de entre todas aquellas torres escandinavas me fascinó un rubio relativamente pequeñito, zurdo, con el 9 a la espalda. Su equipo perdió, pero él intentó una y otra vez la conducción, el recorte y el disparo de rosca con la pierna izquierda. Incluso en los momentos desesperados, en que su conjunto buscaba el empate con más ansia que ideas, bajó a recibir hasta prácticamente su área para empezar a distribuir el balón. A ese zurdo sólo le faltaba una melena un poco más larga pero se lo tenía que decir al acabar el partido: para mi siempre sería el Ødegaard de Hitra.

Galería de Fotos del Falkland Islands-Hitra

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