Una historia en el Caruso

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Más o menos igual que lo recordaba. Mesas de madera, amplio y dividido en diferentes sectores. Los manteles eran de cuadros rojos y blancos, como cualquier restaurante italiano que mantenga las costumbres de las tratorías originales. Los mismos manteles sobre los que suelen dejarse caer los mafiosos de las películas al recibir el traicionero disparo, normalmente, mientras disfrutan de su plato de espaguetis a la boloñesa. Y ahí suelen quedarse, ya inertes, mientras la sangre se camufla con la salsa de tomate. Aunque no todas las historias de pizzerías ocurren en Sicilia o New Jersey.

Českobratrská 1229/13. Cuando buscas direcciones de ese tipo agradeces que el GPS te recomiende calles mientras vas pulsando las letras en la pantalla. Siguiendo las indicaciones he llegado fácilmente, y he buscado un sitio cercano para aparcar. Desde mi vuelta a Ostrava sabía que tenía que llegar este momento. Cuando anochece, en las ciudades de Europa del este, aparecen muchos chicos con un look muy Niko Bellic. En España, ese estilo aparece sobre todo los domingos. Después de cruzarme con dos o tres de ellos, me he plantado en la puerta de la pizzería Caruso.

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La “famosa” pizzeria Caruso. (Foto: Albert Fernández)

Supongo que la mayoría de gente que lee esto ya conoce la historia de la camarera de ese lugar. Al bajar las escaleras que dan acceso al restaurante, mis ojos han empezado a adoptar el rol de radar. He visto pasar una chica con una bandeja, pero no se parecía en absoluto a la que yo estaba esperando. Pero al girarme a la izquierda, ha emergido ante mí la figura de una camarera rubia, guapa y sonriente. No tenía ninguna duda: tampoco era ella. Igualmente he pedido asiento. Al acercarse la chica rubia con la carta he querido ir rápido al asunto que me había traído hacia allí. “Sorry, can I make you a ques…”, sin dejarme acabar la frase, la chica ha abierto los ojos y ha salido disparada hacia otra parte del restaurante. La última vez que hablé en inglés en ese lugar tuvo que aparecer otra persona al rescate, pero esta vez no. Había salido disparada a por la carta en inglés. Después de pedir la cena he decidido preguntar por la camarera del mes de mayo. Tal vez era su día de fiesta. He intentado explicarme, pero era absurdo. Cada vez que le decía algo en inglés me hacia gestos o sonreía, no se enteraba de nada. Viendo a su compañera en apuros, la otra chica del restaurante ha venido en su ayuda. No había mucha gente allí, pero una mesa grande, ocupada por parejas y sus hijos, ha empezado a poner atención en la extraña perfomance que yo estaba creando. Cuando la vergüenza ya me iba bloqueando cada vez más. En un desesperado intento, he señalado el pelo rubio de la camarera y he agitado la otra mano, como diciendo: “Busco a una chica que se parece a ella”. Se han mirado y han sonreído, aguantando la carcajada como buenamente podían. No entendían nada de inglés y mucho menos lo que intentaba expresar con gestos. De reojo notaba cómo en la mesa con gente ya habían llegado esas carcajadas que las chicas aguantaban a duras penas. Incluso una de las niñas miraba la escena absolutamente boquiabierta. Ya literalmente sudando de los nervios, y rozando el colapso mental, he decidido dejarlo. Esta vez sí han entendido mi gesto con las manos: “dejémoslo estar”. Aún así me he fijado que la conversación de la mesa familiar se ha centrado en el lamentable espectáculo. Me he quedado sentado, esperando que se fuera apagando el tema. Escudriñaba el móvil, la cámara, lo que fuera menos levantar la mirada. Ni siquiera me ha dado tiempo a pensar en lo mal que me sabía no reencontrarme con mi camarera añorada. Y efectivamente, más allá de alguna sonrisita de las dos chicas, la cosa se ha ido calmando.

Curiosamente en la mesa de mi lado, una pareja no había hecho ni caso de todo el show. Me he centrado en ellos por un momento y es increíble pero he descubierto que yo no era el que lo estaba pasando peor en esa pizzería. La estampa era la siguiente: el chico estaba callado, y ella, con los ojos a punto de estallar en lágrimas, no paraba de moverse. El propio Elvis hubiera firmado el movimiento acelerado de sus piernas. He interpretado que estaba observando una ruptura en directo. “¡Vaya restaurante de desamores!”, he pensado. En cierto momento los dos se han quedado callados. En silencio. He pensado que era mi momento para grabar la estampa en vídeo. “Si disimulas no se fijarán”. He disimulado, como si estuviera mirando fotos en la cámara, he enfocado hacia ellos, y ¡¡¡PAM!!!, el chico -que abultaba tres como yo- se ha percatado totalmente y ha empezado a mirarme con muy mala cara. En un disimulo aún más patético he seguido moviendo la cámara en otra dirección, como si estuviera grabando todo el local. Pero al enfocar más a mi izquierda he grabado a unas mujeres que tomaban un café, y también se han dado por aludidas, y han empezado a mirarme fijamente. Luego han reído. Otro “volantazo” de cámara y de nuevo ha aparecido el novio cabreado en mi pantalla, ya con las alarmas encendidas. He apagado el aparato y he vuelto a bajar la cabeza. Si esto fuera un juego de rol, mi estatus en esa pizzería habría pasado de friki a psicópata. El resultado de esos segundos catastróficos es, probablemente, el vídeo más lamentable que jamás se haya grabado y colgado en una página web. Lo encontraréis aquí debajo.

He pagado y me he ido volando de allí. La verdad es que ha sido bastante diferente de lo que pensaba. Quizá hubiera sido mejor encajar una bala para acabar con mi cabeza en un plato de espaguetis.

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5 comments

Jajaja, gran relato, me he reído bastante.
Tienes razón, uno de los peores videos de la historia pero en ese contexto… una joya!

No tío. De verdad que no me atrevo a volver.

Y bueno…no era el Premium que esperaba, pero si os habéis reído un poco, ya me vale.

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