Holmes y Watson

Mathieu Flamini (Foto: Focus Images Ltd.).
Mathieu Flamini (Foto: Focus Images Ltd.).
Mathieu Flamini (Foto: Focus Images Ltd.).

Un relato detectivesco

He aceptado su punto de vista, porque a veces los movimientos más pequeños y ocasionales esconden giros de guión singulares e interesantes.

El más alto andaba más por encima que por debajo de los seis pies, aunque la delgadez extrema exageraba considerablemente esa estatura. Los ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los períodos de sopor, y su fina nariz de ave rapaz le daba no sé qué aire de viveza y determinación. La barbilla también, prominente y maciza, delataba en su dueño a un hombre de firmes resoluciones. Las manos parecían siempre manchadas de tinta y distintos productos químicos, siendo, sin embargo, de una exquisita delicadeza, como las de quién maneja frágiles instrumentos de física.

Paseaba de un lado a otro por el Shenley Training Centre de Hertfordshire. Hasta muy cerca de las dos no acabó sus funciones y, poco después, los chicos ya se habían ido a sus casa; sin embargo él solo deseaba acunar su cuerpo largo y delgado en la butaca de piel de su coqueto despacho. El paso del tiempo se le hacía eterno y había perdido la noción de la realidad, como cada vez que repasaba en voz alta sus convicciones y se sorprendía a sí mismo enfrascado en un debate racional sobre la practicidad de recuperar lo enterrado en el pasado. Todos alrededor reclamaban con vehemencia caras nuevas, mientras, allí mismo, él sentía que ardían vivamente heridas abiertas un lustro atrás.

Cuando todos recogían sus pertenencias, él se resguardaba entre libros, periódicos y café, tratando de sacar alguna conclusión sólida. De nada servía discutir con él, tantas y tantas veces había manifestado que la responsabilidad, el veredicto final, era cosa suya. Esa capacidad de alterar el futuro de una institución era lo que le permitía escapar de la cotidianidad. En alguna entrevista había expuesto que los pequeños problemas, la necesidad de procesar datos nuevos, ordenarlos e ir encajando pieza a pieza el futuro, dotaba de sentido su profesión.

El más pequeño era un hombre de mediana estatura, de cuello grueso. Un tipo extraño que andaba buscando compañía para compartir nuevos retos. Hablaba desde la memoria, el cariño y la nostalgia, y estaba siempre preocupado por todo lo que sucedía a su alrededor. A veces hablaba del hombre alto, decía que era un estudioso un tanto lánguido, rígido en su gesto y con rutinas extremadamente marcadas. Palabras que, sin duda, provenían de una convivencia intensa y llena de inestabilidad

en momentos exitosos pero complicados.

El cerebro del hombre alto trataba de discernir si el más pequeño era lo que necesitaba. Si encajaba escrupulosamente en todo el batiburrillo de ideas que iban y venían rápidamente y se le escapaban por las orejas. ¿Estaba traicionado sus ideales? Difícilmente podría ser considerado un movimiento pragmático, anegado de utilitarismo. Irónicamente, razonando desde la dialéctica criminal, quizá la ficha que se disponía a desplazar pudiese esconder un crimen perfecto: el equilibrio, el balance. Una demanda repetida y enérgica de todo aquel que pasaba por delante de su puerta. No hay duda de que el hombre alto, al menos en el último lustro, no disfrutaba con los peones. Se había convertido en un amante del alfil bueno: de banda a banda, arriba y abajo. Como el fluir de sus ideas.

— ¿Qué ha hecho usted? — Preguntaron algunas voces.

— Nada.

— ¿Nada?

— Es hábil y costará poco. Sigamos.

Un relato sobre el césped

Flamini mira al horizonte apretando los dientes mientas pliega los ojos con ficticia ascendencia oriental. Se acerca sigiloso a su presa, aumenta su velocidad comprobando que todo está OK en el panel de control y se lanza en picado a por su objetivo agarrándolo por todos lados hasta que éste suelta la pelota o termina magullado en el suelo. Lo asfixia por insistencia, porque es apabullante tratando de recuperar el balón. Es muy pesado y no por una cuestión de peso. Mathieu es de esos jugadores que roba la pelota con todo su cuerpo: te pisa, te empuja, te cachea, te pide el pasaporte y te dice que por esta vez te dejará ir pero la próxima tendrás que tener más cuidado y te tocará buscar otro camino. Que por ahí no se cruza.

Físicamente, Mathieu es perfecto.

Es menudo, intenso y viscoso, nada que ver con la armonía de los cuerpos fitness, marca registrada de un tanto por ciento elevadísimo de los equipos que transitan por la Premier League. Esos cuerpos, a menudo muy vistosos por su zancada portentosa, sus piernas de ébano y la eficacia con la que meten hombro y culo para separar de una tajada rival y balón, son el antiflaminismo. Arsène pudo optar por esa opción, de hecho en el pasado se decantó por ella e incluso todavía está presente en la actualidad a través de Diaby y su inseparable quirófano, pero no lo hizo. Wanyama, Capoue, Luiz Gustavo. Opciones distintas, más o menos atractivas, más o menos defensivas, que se esfumaron para acabar sucumbiendo a los peculiares encantos del irreductible galo. A su fuerza concentrada.

Wenger inocula a su pequeño Asterix en el centro del campo y el equipo se va juntando poco a poco haciendo una mezcla espesa de lo que antes, hasta con el mejor Arteta, era casi agua y aceite. Un fluido no demasiado atractivo, del color de mil frutas trituradas en la licuadora, pero muy nutritivo cuando tienes la defensas bajas.

Es listo. Sabe a lo que queremos jugar.

Con el balón en los pies no es un futbolista excelso, pero sabe lo que tiene que hacer y juega sencillo. Acredita un 88% de pases completados y sus combinaciones son siempre cortas, al pie de Wilshere o Ramsey. Trata de pasar desapercibido. Aún no ha probado el disparo de media distancia, ni falta que hace, porque los balones no son baratos y el fichaje de Özil salió por un pico.

Lo suyo es la armonía, el equilibro detectivesco. Robar, repartir, ordenar, ayudar, achicar y tratar de que el Arsenal se parezca lo más posible a él en el carácter y lo menos posible en el juego. Que Ramsey vuele, que Özil se sienta como en casa.

Siéntese, Watson, y póngase cómodo. Ahora sólo tenemos que esperar.

 

Referencia 1: “Las aventuras de Sherlock Holmes”, de Arthur Conan Doyle
Referencia 2: Wenger recibe a Flamini en www.arsenal.com

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