Boskov era Boskov

Boskov Orarossa

“Fútbol e fútbol, e gol e gol”, dijo Boskov. Y se quedó serio. Era 1979. Era La Romareda. Y el Zaragoza descubría a un entrenador yugoslavo que venía de Italia. Un tipo tosco, serio, que disparó frases simples durante décadas. “Ganar es mejor que empatar. Y empatar es mejor que perder”, dijo una vez. “Penalti es cuando arbitro pita”, en otra. Aunque su especialidad eran las evidencias: “Un punto es un punto”. Fútbol es fútbol. Un gol es un gol. Así se comunicaba Boskov. Y hoy nos ha dejado.

Poco a poco, el tiempo le pobló la cabeza de canas. Le arrugó la cara. Y convirtió sus métodos modernos de los años 70 y 80 en tácticas obsoletas. Poco a poco dejó de ser un entrenador moderno y lo convirtió en un viejo zorro que entrenaba equipos en periodos cortos. Luego se alejó de los terrenos de juego y lo olvidamos. Boskov era un hijo de otros tiempos. Hoy te cuentan que ha fallecido y tienes la sensación que ya había fallecido antes. Pero Boskov aún vivía, alejado de todo, en Génova.

Fútbol es fútbol. Un gol es un gol. Así se comunicaba Boskov.

Nacido en Begec en mayo de 1931, le tocó curtirse en tiempos duros. 1931. Sólo 14 años antes de su nacimiento, al ciudad se llamaba “Begecs” y pertenecía al Imperio austrohúngaro. Después de la primera guerra Mundial, la ciudad se incorporó al nuevo estado yugoslavo. En la pequeña ciudad convivían serbios, húngaros y croatas, como en tantas ciudades de la región de la Voivodina. Boskov, étnicamente serbio, tenia amigos húngaros y judíos. Luego llegó la Segunda Guerra Mundial y los perdió. Unos se convirtieron en enemigos. Otros en víctimas. Los hijos de esa época vieron muertos en las cunetas. Aprendieron a callar. Eran tipos de pocas palabras. A Boskov no le gustaba hablar de esas épocas. La única vez que lo entrevisté le pregunté por ello. No quiso hablar. Le cite los libros de Aleksandr Tisma, sobre la Novi Sad de los 40. “Si te has leído eso, ya lo sabes todo. Él lo contó bien. Yo, fútbol”, dijo en tono robótico.

Boskov aprendió a hablar con un balón en la Voivodina de Novi Sad, el equipo grande de la región. Debutó justo después de la guerra, en 1946. Fueron 14 años llenos de goles. Empezó de extremo y llegó a la selección, donde centró su posición. Logró la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y jugó el Mundial de Suiza 1954, perdiendo los cuartos de final con los alemanes, que serian los campeones. Boskov no ganó ningún título como jugador. Aunque jugó dos Mundiales.

El serbio fue un tipo fiel a esos colores y sólo en 1961 se largó a la Sampdoria para ganar un poco de dinero. Un año en la Serie A y luego otro en Suiza, en el Young Boys, donde colgó las botas e inició su carrera como entrenador, que proseguiría en su tierra, ya que fue seleccionador yugoslavo. También fue el director técnico de la Voivodina cuando el equipo de su tierra ganó la liga en 1966 y llegó a las semifinales de la Copa de Europa, eliminado al Atlético de Madrid. Eran otras épocas, como lo demuestra que Boskov permitió vender su delantero estrella, Takac, para poder instalar unos focos nuevos en el estadio.

Boskov llegó al Real Madrid en 1979.

Admirador del fútbol holandés, en los 70 recaló en esa liga, ganando una copa con el ADO Den Haag y entrenando al Feyenoord. Y finalmente, llegó al Zaragoza. Boskov convirtió al equipo maño en un matagigantes, ganándose la oportunidad de entrenar al Madrid: ganó una liga y dos copas. En Madrid se buscaba un perfil similar a Miljanic y Boskov dió la talla. Era un Madrid que se modernizaba, en años de transición. El Madrid de Laurie Cuninngham, de las patillas, de los García. Del peinado de Stielike y los duelos con los equipos vascos. Ese Madrid que ganó una final de Copa contra el Castilla y perfeccionó su juego táctico con la obsesión de Boskov por el juego sin el balón. Y por la motivación. Los suyo era arte: motivar con pocas palabras.

Boskov no dejó mal recuerdo en el Madrid. Incluso llegó a la final de la Copa de Europa, que el Madrid perdería con el Liverpool. Pero era un tipo de carácter fuerte, y acabó por colmar la paciencia de sus jugadores, que provocaron su caída. Boskov ficharía por el Sporting. Y en 1984, se largó a la Serie A, al Ascoli, que le ofreció mucho dinero. Dos años en Ascoli Piceno le permitieron otro salto: la Sampdoria de Mantovani, un empresario del petroleo muy ambicioso. Y seguramente aquí fue donde fue más feliz.

Boskov OrarossaBoskov en el Ascoli (Foto: Orarossa)

Con Mantovani formaron un buen equipo. Uno ponía el dinero. El otro, el carácter. Entre 1986 y 1992 la Sampdoria fichó con criterio: Pagliuca, Vialli, Mancini, Toninho Cerezo, Lombardo… el equipo genovés ganó la Recopa, la Serie A y perdió la final de la Champions contra el Barça en Wembley. “He ganado muchas cosas. Nada como esa liga con la Sampdoria, pues no éramos favoritos”, solía decir. La Sampdoria derrotó al Milan de los holandeses, al Nápoles de Maradona, a la Juventus de Schillachi y Baggio, al Inter de los alemanes. En esa Serie A que fichaba a los mejores jugadores del mundo, se salió con la suya Boskov con esa Sampdoria maravillosa que casi reinó en Europa. Dispuso de un equipazo, cierto. Pero los rivales eran gigantes. Gracias a Boskov se descubrió ese goleador que era Vialli. Nos enamoramos del estilo de Mancini, de la velocidad de Lombardo. Vimos la inteligencia de Katanec y Toninho Cerezo. Las paradas de Pagliuca. La forma de defender del veterano Vierchowod. Uno aún se emociona con los goles de Vialli en la prórroga de la final de la Recopa contra el Anderlecht.

En Génova descubrió algo más que un equipo. Se sintió como en casa. Con ese mar cálido, ese carácter desenfado y orgulloso de los genoveses. Un refugió lejos de su amada tierra, condenada ala violencia de forma cíclica. Cuando Boskov ganaba ligas en Italia, en su país empezaba una guerra civil. Y aunque volvió para entrenar en periodos cortos a la selección, siempre vivió en Génova.

En 1992, Boskov fichó por la Roma. Sólo duró un año – su legado fue el debut de un chaval llamado Totti – y empezó la decadencia. Dos años en Nápoles. Uno en el Servette. Un retorno sin fortuna a la Samp. Pocos meses en Perugia. Su ultimo trabajo fue en 2006 con un cargo técnico en su amada Sampdoria. Allí, en Génova, ha fallecido. La Ciudad Deportiva del Vojvodina lleva su nombre y allí se oficiará el martes un funeral. Sampdoria y Vojvodina le robaron el corazón. Amor es amor, supongo que habría dicho.

Foto de portada: Orarossa

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3 comments

Brutal, Toni, brutal. Más cerca de la literatura que del deporte, incluso. Un gustazo para la vista y los amantes del fútbol de verdad. Esa narrativa biográfica que te hace sentir el sabor de los campos de la posguerra o los 70. El segundo párrafo es sencillamente para enmarcarlo. Gracias por este tipo de artículos, sois los mejores 😉

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