El largo camino del hijo de un comunista

Giampiero Ventura (Giacomo Vaiani)

A Giampiero Ventura le falta vivir en Palermo. Le gusta el mar. Le gustan las ciudad portuarias. Ha entrenado en casi todos los grandes puertos italianos, excepto Palermo. Aunque, curiosamente, le ha tocado sumar elogios en Turín, una ciudad que vive lejos del mar. Paolo Conte, el maravilloso cantante piemontés, tiene una canción en que un tipo del Piemonte, hijo de esa tierra fría con niebla, se sorprende cuando bajando por carreteras con curvas, llega a Génova y el mar. Las nuevas carreteras lo han cambiado todo, pero no hace tanto Turín y Génova era mundos diferentes. Una ciudad casi de montaña y otra con mar. Sí, eran otras épocas.

Giampiero Ventura, con 67 años, es hijo de otros tiempos. De otra Italia. A los hinchas de 20 años que cantan los goles de su Torino, las historietas de los tiempos de Ventura les suenan a chino. Les parece imposible que muchas generaciones consideraran Génova y Turin ciudades alejadas, cuando ahora, por carretera, no tardas ni dos horas entre ellas. A las nuevas generaciones, la palabra “postguerra” no les dice nada. Y Ventura es hijo de la postguerra.

Hubo una época que Ventura era un Rey Midas de los banquillos. Se ponía al volante de un proyecto modesto y le sacaba su mejor fútbol. Luego, la suerte le cambió y muchos lo consideraron un entrenador de Segunda, un perdedor. Ahora, a sus 67 primaveras, vive quizás los mejores años de su carrera en un Torino que como Ventura, necesita alegrías. Eran 20 años sin el Torino brillando en Europa. Y aunque todo el mundo sabe que el Zenit es un rival superior, los hinchas del Toro ya se sienten afortunados por la victoria en San Mamés. Y por la racha de resultados positivos de su equipo, con Ventura en el banquillo. Si otros clubes tienen entrenadores jóvenes, el Torino defiende a un entrenador que, por edad, podría estar ya jubilado. Y no vivir en Génova, seguramente. Su Génova.

Con 67 años, Giampiero Ventura vive los mejores años de su carrera.

En los años 60, mientras en Italia los estudiantes ocupaban rectorados, los obreros fábricas y los sueños parecían, por momentos, sólidos, Ventura pateaba un balón. Inicialmente, su padre no había visto con buenos ojos la obsesión de su niño con la pelota. Ventura se crió en Cornigliano, al lado de Génova, una zona llena de fábricas monstruosas, gigantes de acero que rompían la espalda de sus trabajadores. Su padre, comunista convencido, participaba en las huelgas y asambleas, pues era amigo de todos los trabajadores, que compraban en la modesta tienda de alimentos de los Ventura. Los trabajadores pedían mejores salarios y mejores condiciones de trabajo. Los recuerdos de infancia de Ventura son las calles llenas de polución y el gas de las fábricas, que teñían de gris los paisajes. La libertad se escondía en las playas cercanas, donde la familia, en su modesto Fiat, se escapaba. Y en los campos de fútbol. Ventura no era mal jugador y llegó a debutar en la Serie A con la Sampdoria, aunque una lesión muy grave acabó con su carrera a los 25 años.

Giampiero Ventura (Giacomo Vaiani)Una vida en los banquillos. Foto: Giacomo Vaiani

Ventura recuerda su infancia y se siente feliz por salir de esos escenarios. Le tocó vivir una época dura. Muchos amigos se marchaban a Alemania. Muchos no tenían trabajo, otros acaban detenidos pues se metían en política. En los juveniles de la Sampdoria, Ventura jugaba con Marcello Lippi. También el padre de Lippi era comunista. Y como muchos comunistas de la época, los padres de Ventura y Lippi odiaban a la Juve, considerado el club de los Agnelli, de las grandes familias, de los empresarios. Por eso Lippi, cuando fichó por la Juve como entrenador, primero visitó la tumba de su padre y le pidió perdón. Lippi ya era de otra generación, como Ventura. Dos entrenadores de caminos diferentes, aunque jugaban juntos en el mismo equipo juvenil.

Lippi siempre tuvo esa pizca de fortuna que Ventura no tuvo. Fue mejor jugador, pues no se lesionó de gravedad. Y en los banquillos llegó hasta arriba, hasta esa final de Berlín. Ventura ha dado más rodeos. Después de dirigir sus primeros equipos en las categorías inferiores de su Sampdoria, saltó de pueblo en pueblo por su Liguria: Rapallo, Chiavari, Spezia, Albenga… Eran los años 80. Italia ganaba un Mundial en Madrid y Ventura lo celebraba en esos pueblos maravillosos con vistas al mar, en esa costa agreste, con esos vinos blancos. Entrenaba equipos de quinta y sexta, conociendo personas como Luciano Spalletti, al que dirigió en el Virtus Entella de Chiavari en cuarta.

Ventura, aunque la edad lo convierte por momentos en un viejo gruñón, es un tipo de mar, mediterráneo. Y todo tipo de mar quiere vivir bien. Consciente de sus orígenes humildes, siempre defiende la felicidad. Defiende que el fútbol debe dar alegrías. Por eso le gusta atacar, ya sea con la pelota o buscando las contras si el rival es más duro.

Siempre defiende la felicidad. Defiende que el fútbol debe dar alegrías.

Giampiero Ventura (Giacomo Vaiani)Poco a poco, Ventura se abrió camino. Foto: Giacomo Vaiani

Poco a poco, Ventura se abrió camino. Cada vez, los clubes tenían más fama. Centese, Pistoiese, Giarre, Venecia (donde eliminó a la Fiorentina y la Juve de la Copa con un equipo de Segunda, con una famosa victoria por 4-3) y finalmente, en 1995, el Lecce. Cerca del mar, en la Apúlia, Ventura empezó a ser famoso cuando consiguió dos ascensos, de la Serie C1 a la Serie A. Aunque se marchó al Cagliari, otra ciudad de mar, en 1997, consiguiendo otro ascenso a la Serie A. Ventura se convirtió en especialistas en ascensos y eso fue también responsable de un error. La Sampdoria, su Sampdoria, descendió a la Serie B con un exjugador suyo, Spalletti, en el banquillo. Así que aceptó el reto de volver a casa. Y fracasó. “Ha sido el peor error de mi carrera”, suele decir un Ventura que siguió su camino: Udinese y otra vez el Cagliari, con otro ascenso a la Serie A.

Aunque las cosas se torcieron. Ventura aceptó ser el primer entrenador de Di Laurentiis con el Nápoles en la Serie C1. El club napolitano, hundido en la Serie C1, empezaba de nuevo con un nuevo presidente, nueva estructura, nueva sociedad. Y Ventura, especialista en ascensos, llegó sumando un fracaso estrepitoso. Su Nápoles solamente pudo ser tercero por detrás del Rimini y el Avellino, aunque Ventura perdió el cargo antes. Llegó Eddy reja en su lugar. Y, con Reja, el Nápoles perdió la final del play-off de ascenso precisamente contra el Avellino, eterno rival regional del Nápoles. Ventura marchó más al sur, otro puerto: Messina, en Sicilia. El club siciliano, en Serie A, apostó por su trabajo pese al fracaso de Nápoles… Y bajaron a Segunda. El siguiente trabajo fue en Verona, ciudad alejada del mar. El histórico Hellas apostó por Ventura buscando el ascenso a la Serie A… Y bajaron a la Serie C1. Nada le salía. Su fama se hundía.

En 2007, Ventura fue fichado por un histórico sin dinero, el Pisa. El club toscano le pidió evitar el descenso en la Serie B. Y Ventura resucitó en una de las Repúblicas Marineras italianas (Pisa no tiene mar, aunque es considerada República Marinera por su historia). El conjunto toscano casi ascendió, perdiendo el play-off de ascenso contra el Lecce. Ventura descubrió a un chaval cedido por la Roma llamado Alessio Cerci y su trabajo le abrió las puertas de otro puerto, Bari. En esas épocas, el entrenador llamó la atención por su apuesta descarada por un 4-2-4 que, más tarde, adoptó Antonio Conte. Ventura, admirador de Cruyff, llegó a Pisa y los jugadores le comentaron que su anterior entrenador, Antonio Toma, jugaba con este sistema. Ventura no lo consideró una locura, lo estudió y mejoró. Y durante muchos años jugó con este 4-2-4, aunque ahora, en el Torino, apuesta por defensa de cinco con laterales de largo recorrido.

Giampiero Ventura (hellaslive)Y, finalmente, el Torino. Foto: hellaslive

Después de dos años en el Pisa, marchó al Bari. En 2010, este club vivió su mejor año en décadas, ocupando la décima posición en la Serie A. La mejor clasificación en la historia del club, descubriendo jugadores como Ranocchia o Bonucci. Aunque se vendió a medio equipo y Ventura perdió el cargo un año más tarde. Pese al despido, dos años más tarde le dieron las llaves de la ciudad. Y Ventura aún tiene casa en Bari. Le gusta.

Finalmente, en 2011 fue fichado por el Torino con el objetivo de subir a la Serie A. El primer año llegó el ascenso. Y por primera vez en 35 años de carrera, Ventura se ha quedado quieto más de tres años en un club. En su cuarta temporada, el Toro compite bien y brilla en Europa. El equipo ha encadenado una buena racha de resultados. Planta cara a equipos más ricos y Ventura insiste en la necesidad de crear “comunión con los hinchas” y jugar en su nombre. Han evolucionado sus tácticas, no su forma de entender el juego.

Ventura, el entrenador más veterano de la Serie A, defiende que no es un profesor, ni un maestro. Solamente un trabajador del fútbol que disfruta como un niño en el Torino, aunque le falta el mar. Por eso bromea que le falta el Palermo.

Foto de portada: Giacomo Vaiani

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2 comments

Precioso artículo, como preciosa es Italia, qué maravilla de país…
(En español decimos Piamonte y piamontés, no Piemonte; y Apulia -Puglia- no lleva tilde, por cierto, una preciosa región muy poco visitada por los españoles que merece mucho la pena)

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