La generación errante de Cesare Maldini

Cesare Maldini - Nazionale Calcio.

Cesare Maldini levantó la copa al cielo de Wembley en 1963 con una sonrisa sincera, sonrisa que normalmente no se veía en el vestuario. Sus ojos azules se iluminaron. El Milan se había convertido en el primer club italiano que ganaba la Copa de Europa gracias a dos goles de Altafini contra el Benfica. Él no podía ni imaginar que su hijo levantaría la Champions en cinco ocasiones. Paolo aún ni había nacido. Y los Maldini ya hacían historia. Paolo fue más famoso. Siempre jugó en el Milan, lo ganó todo. Nada que ver con su padre. Su padre era hijo de tiempos oscuros, formó parte de una generación de genios errantes. Entrenadores y jugadores nacidos entre reinos, tierras y naciones. Entre guerras. Tipos duros. La historia de Cesare es la historia de una ciudad y gente maravillosa que conoció. De Cesare siempre me interesó más su juventud que su madurez, cuando fue un buen entrenador.

Ese día de 1963, mientras Altafini y Sani, los dos brasileños aunque hijos de italianos, hacían su fiesta, mientras Gianni Rivera se ponía ropa elegante y un joven Giovanni iesteappattoni tomaba cerveza, Cesare Maldini habló durante horas con el entrenador, el paron Nereo Rocco. “Cuando llegué a Milán me tomaron el pelo muchas veces por mi acento, aunque nunca delante de Rocco” recordaría Cesare, que hoy nos dejó. Rocco y Maldini eran los dos triestinos (paron, el sobrenombre de Rocco, quería decir maestro en triestino). Y la gente de Trieste tiene un acento muy particular. Un dialecto lleno de palabras desconocidas por los milaneses. Bueno, Trieste siempre ha sido ciudad de muchas lenguas: italiano, alemán, esloveno, serbio, húngaro, yiddish, incluso inglés o húngaro. Era el puerto natural del Imperio Austrohúngaro, ese crisol de lenguas, cuando nació Nereo Rocco, en 1912. Cuando nació Cesare, en 1932, la ciudad ya era italiana. Por el medio se había desplomado un Imperio durante una guerra cruel. Rocco y Maldini salieron de Trieste. Aunque Trieste nunca salió de ellos.

 

Trieste era una ciudad multicultural, aunque con el final de la Primera Guerra Mundial, el estado italiano la pidió para formar parte de su Reino. La población italiana de la ciudad solía ser pobre, obrera. La población eslovena, de clase media. Y parte de los ricos se habían escapado a Viena o Graz hablando alemán. Cuando el fascismo ascendió al poder, Mussolini se encargó de italianizar como fuera Trieste. Y fueron malos tiempos para los eslavos de la ciudad. Era adaptarse o escapar. Muchos grupos políticos eslovenos fueron perseguidos por luchar contra el fascismo y oponerse a leyes como esa que pedía italianizar las cosas. Una obsesión de Mussolini. El Milan tenía nombre inglés. Debía ser el Milano. ¿El Inter? Demasiado cosmopolita, mejor bautizar el club como Ambrosiana, por el patrón de la ciudad. ¿Los nombres de músicos americanos? No, no gustaban. Louis Armstrong pasó a ser Luigi Braccioforte (quiere decir lo mismo, brazo fuerte). ¿Y los apellidos eslavos en Trieste? Los Rok se pasaron a llamar Rocco. Y los Maldic, Maldini. Sí, Nereo Rocco y Cesare Maldini eran de una familia eslovena. Los ojos azules de Paolo son eslavos.

Trieste explica mejor que nada a Cesare Maldini. La ciudad pasó de ser el gran puerto de un gran Imperio a ser un puerto más. La ciudad sufrió, arrinconada en un extremo del mapa, y muchos jóvenes escaparon a otras grandes urbes. A Cesare lo salvó el fútbol. Nereo Rocco lo convirtió en uno de los mejores defensas del mundo en ese Milan que ganó títulos poniendo de moda la palabra ‘catenaccio’. Candado. Un equipo defensivo. Aunque parte de la clave del éxito fue la Triestina, el equipo local de Triste, que llegó a acabar segunda en la liga durante esos años y ahora vive hundida en categorías amateurs. “Me duele mucho ver a la Triestina así”, dijo Cesare Maldini en una de sus últimas entrevistas.

El “catenaccio” nació en Suiza, aunque Rocco lo descubrió como rival y lo puso en práctica cuando colgó las botas en la Triestina y otros equipos, como el Pádova. Eran los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y la ciudad de Trieste, ocupada por los partisanos comunistas de Tito, había sufrido, barrida por extremismos con diferentes banderas. El nuevo gobierno italiano, por ejemplo, decidió que la Triestina debía jugar en la Serie A pese a que había bajado. Se trataba de dejar claro que Trieste debía seguir siendo italiana (la Yugoslavia de Tito pidió su anexión), y Rocco consiguió mejorar el nivel del equipo con su catenaccio. Rocco, tipo duro, discutió con la directiva muchas veces y fue despedido en dos ocasiones; aunque tuvo tiempo para ver cómo jugaba ese chico flaco llamado Cesare. Maldini jugó dos años en la Triestina, aunque coincidió muy poco con Rocco. El entrenador que lo potenció, cuidó y mejoró fue otro tipo errante: Bella Guttmann, ese judío de Budapest que entrenó por medio planeta, ganando siempre, creando nuevos módulos tácticos y maldiciendo al Benfica. Guttmann había llegado a la Triestina escapando de la Hungría comunista y su buen trabajo lo llevó al Milan. Ese Milan de los suecos Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm. Ganaron la liga ya el primer año, en 1955, aunque lo despidieron por su manía de plantar cara a los directivos. Como herencia dejó un fichaje: Cesare Maldini.

 

Cesare Maldini ya era titular en el Milan con 22 años. Llegaron nuevos entrenadores, se marcharon los suecos y en 1961 llegó Rocco, procedente del Padova. Y con Rocco, el Milan se convirtió en el primer club italiano campeón de Europa en 1963 contra el Benfica, club maldito, cómo no, por Guttmann. Con los años, Rocco volvería ya mayor a Trieste, donde falleció. Cesare se quedó por siempre en Milan. Solamente dejó la ciudad cuando entrenó fuera. Sí, las ciudades te pueden marcar. Cesare era un gran defensa, en un equipo defensivo. Salía de tiempos de guerras y pobreza. Su hijo Paolo sería pura elegancia. Ya era milanés.

Dejó el Milan en 1966 después de ganar cuatro ligas, una Copa de Europa y una Copa Latina, casi siempre como capitán. Jugó 347 partidos de Serie A y solamente metió tres goles, pues era defensa de la vieja escuela y no dejaba su sitio fácilmente. En 1966 se marchó al Torino, llamado por Rocco, entrenador del equipo granata, aunque se retiró y en 1968 ya se sacó el título de técnico en Coverciano. Comenzó su carrera como míster con el Foggia en 1971 y después entrenó en la Ternana, el Parma (lo ascendió de C1 a Serie B antes de Sacchi) y, cómo no, su Milan. Con este último ganó la Recopa y la Copa de Italia de 1973. Y, claro, con Rocco cerca. El paron era el manager y él, entrenador. Ganó dos títulos, cierto, aunque también sufrió una humillación en 1973: pocos días después de la final de la Recopa contra el Leeds, una batalla física sin cuartel, perdió en Verona 2-1 en la última jornada de liga, cediendo así una liga que habían liderado hasta los últimos minutos.

También dirigió a la selección italiana. Su aventura en el combinado nacional empezó en 1982, como ayudante de Enzo Bearzot durante el Mundial de España. Campeón del mundo como hombre de abordo con una selección con la que había jugado el Mundial de 1962, Maldini convirtió a la selección sub-21 en la gran dominadora del Europeo de su época (tres títulos) antes de dirigir a la selección absoluta en Francia 1998. Italia perdió en los penaltis contra la anfitriona; aunque Maldini fue muy criticado por sus métodos defensivos. Los métodos de Rocco ya no estaban de moda. Después de una aventura en Paraguay en 2002, se centró en comentarios en la televisión y sus nietos. Era un abuelo feliz. Y los nietos, ahora con sangre venezolana, esa de la esposa de Paolo, siguen con los ojos azules de los Maldic.

Foto de portada: Cesare Maldini – Nazionale Calcio.

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6 comments

“Se me pone la gallina de piel” leyendo los increíbles artículos de Toni. Otra vez más, como dice el compañero de arriba, muchísimas gracias por hacernos vivir y compartir cosas así

Genial artículo, siempre aprendo de tus historias. Lo compartí en twitter y facebook, ojalá alguien más los lea.

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