Una Roma de diez

Escudo Roma, Maximus'78

Más allá de observar el funcionamiento colectivo de la AS Roma de Rudi García y la oposición, mucha o poca, que sería capaz de plantarle el Chievo de Sannino, tenía muchas ganas de ver a Miralem Pjanic.

Se ha escrito muchísimo en los últimos días sobre el joven centrocampista bosnioherzegovino: la prensa italiana ha hablado de su ascendencia en el equipo antes, y sobre todo después, de la lesión de Totti; se ha analizado minuciosamente su facilidad para crear juego y desarmar a rivales encerrados con últimos pases geniales e incluso, algunos periodistas que siguen al conjunto giallorossi en el día a día, han comentado que si hay un futbolista insustituible en la La Loba, ese es Pjanic. Un futbolista básico, bien rodeado por De Rossi y Kevin Strootman, sobre el que se asienta el cuadro del técnico francés.

Bradley - proforged

Bradley sustituyó a Pjanic a falta de diez minutos para el final (Foto: proforged).

Pjanic no defraudó. Dominó los primeros cuarenta y cinco minutos: cada vez que recibió la pelota, marcó diferencias. Cayó a la derecha, combinó con Ljajic y Marquinho, principalmente porque Dodó y Torosidis no le ofrecieron buenas alternativas desde los laterales y lo probó a balón parado en varias ocasiones. La Roma, que algutinaba casi un 80% de posesión, no recibió ni un solo disparo a puerta. De Sanctis era un mero espectador. Pero los visitantes, colistas y con pocos argumentos más que el de mantener su portería a cero y sacar una valiosísimo empate, tampoco sufrían. Le faltaban socios a Miralem, que notó muchísimo las ausencias en la delantera. Con esa calma, esperando a que algo o alguien agitase definitivamente el partido, se llegó al descanso. Era una calma tensa que precedía a la fiesta, al estallido de júbilo.

García dio entrada a Balzaretti y Florenzi a lo largo de la segunda mitad. El equipo mejoró, ganó fluidez, y comenzó a llegar a la porteria de Puggioni con más regularidad, dejando atrás el atasco inicial. De Rossi se descolgó más, Pjanic pisó área, Florenzi se movió entre líneas y en una jugada algo embarullada, consiguió poner el balón en el punto de penalti para que Borriello, muy pillo, rematara de cabeza anticipándose a los centrales amarillos. El banquillo romano lo celebró como un gol de oro, un gol que daba por finalizado el partido. En realidad, casi lo era. El Chievo había mostrado muy poco en ataque y nada varió desde el 1-0, en el sesenta y siete, hasta el pitido final.

García sacó del campo a Pjanic en el ochenta y la afición se levantó para aplaudirle. Hasta Totti lo hizo. Fue un momento de comunión total que dio paso, minutos después, a la celebración del 10 de 10: treinta puntos conseguidos de treinta posibles y sólo un gol recibido en diez partidos. Sin la distracción que suponen las competiciones europeas entre semana, queda claro que la Roma de García, Benatia, Pjanic y Totti no va de farol. No hay quien los pare.

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