“Soy del Barça y del Real Madrid”

Tiflis

En una callejuela con edificios derruidos y el pavimento sin asfaltar, con adoquines colocados quién sabe si al azar, un niño sentado delante del portal de su casa agarra una pelota vistiendo una camiseta antigua del Milan, probablemente adquirida en su día porque allí jugaba Kakha Kaladze. “Milan“, grito y le sonrío, porque me encanta sentir que el fútbol puede ejercer de vehículo comunicativo entre dos seres humanos que no hablan ninguna lengua en común y cuyas raíces culturales son tan distantes como lo es Tiflis de Barcelona. Me devuelve la sonrisa y me quiere enseñar que sabe decir “hello“, y le pregunto de nuevo si es un “Milan fan“, a lo que él me contesta que no, que él es “Barcelona and Real Madrid“.

El niño georgiano es del Barcelona y del Real Madrid porque ve por la televisión a estos equipos y juegan muy bien, y a él nadie le ha contado que sus aficiones se odian, y por supuesto no sabe nada de Catalunya ni de España. Es el fútbol del XXI, el de la televisión por satélite influyendo más que el olor a césped, el del streaming ganándole la partida al café del descanso con el compañero de grada. Es el que explica que en Tiflis se viviera un Barcelona-Sevilla con mucha más pasión que cualquier partido de la liga local, y que la maquilladora que nos intentó poner guapos definiera aquella noche como “la de un sueño hecho realidad” porque pudo ir a la rueda de prensa de Messi y decirle “hello“. El fútbol del XXI hasta se aproxima al tenis: es más espectáculo que identificación, y por eso un estadio repleto con 51.000 personas puede cambiar de preferencia atendiendo a los vaivenes del resultado. Tiflis pasó de abuchear al Sevilla cuando salió a calentar -sólo porque jugaba contra Messi y ellos habían ido al campo a ver a Messi– a animarlo a completar la gesta porque les parecía heroico pasar del 4-1 al 4-4. “Es que a los georgianos nos encantan los equipos que luchan”, lo justificó la mañana siguiente el recepcionista del hotel, un hombre que dice que es del Metalurg Rustavi pero que no parece estar demasiado enterado de la promoción en la que su club bajó a segunda antes del verano.

El fútbol del XXI enterró cualquier posibilidad de que se repitan gestas como la del Dinamo Tbilisi del 81, campeón de la Recopa. Si así lo hemos querido todos, si no estamos dispuestos a regresar a los viejos tiempos en los que sólo el campeón de liga iba a la Copa de Europa y todos los países tenían el mismo número de representantes en las competiciones continentales, al menos no nos quejemos si la UEFA manda una Supercopa a cinco horas de avión. Ya que les quitamos la emoción de su fútbol, al menos que puedan ver en directo una vez en la vida aquel que les hemos vendido como el único y el mejor.

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