La invasión sueca

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En Cracovia amanece temprano, a las 4:30 a las puertas de verano, y los trenes siempre se llenan. No es la primera vez que viajo a Polonia, pero no por ello dejan de confirmarse mis temores. A pesar de la cortina con la que intenté tapar la ventana, la luz solar me desvela pronto e interrumpe mi sueño en ciclos de menos de 60 minutos. Es el tiempo que tardo, con una precisión prácticamente suiza, en abrir los ojos y mirar el reloj a la espera de que sea una hora decente para desayunar y acercarme a la estación. Para ir a Kielce tengo que subirme un tren y la última vez que pisé Polonia con otros tres amigos no me quedé en tierra de milagro: reservamos los últimos cuatro asientos del convoy. Mejor no tentar a la suerte.

A las ocho y poco las primeras camisetas amarillas colorean el centro de Cracovia. Varios suecos pasean por la espléndida Plaza del Mercado, donde los comerciantes empiezan a levantar los primeros tenderetes de lo que imagino que es el mercado diario. Son tres suecos que andan como Pedro por su casa por el corazón de la segunda ciudad más poblada de Polonia, luciendo la camiseta de su selección (de manga corta, por supuesto) y los mismos pantalones con los que se podrían haber equipado en la visita a la Costa Azul en la pasada Eurocopa. Llueve lo suficiente para obligar a los transeúntes más sensibles a abrir el paraguas, pero a esos suecos no parece importarles. Sospecho que, a pesar de todo, el clima polaco será más benévolo que el de Estocolmo.

Los aficionados suecos acabarán llenando las gradas del estadio de Kielce.
Los aficionados suecos acabarán llenando las gradas del estadio de Kielce.

La marea de camisetas amarilla se multiplica en la estación central de Cracovia. En Krakow Glowny se amontonan decenas de hombres y mujeres de todas las edades, desde aquellos que han diseñado un fin de semana largo en el extranjero tras unos días de exámenes hasta los que aparentan disfrutar de una expedición más entre sus aventuras posteriores a la jubilación. Llama la atención tanto la transversalidad del público escandinavo como la multitud desplazada ya en la primera fecha del Europeo sub-21. Hoy debutan ante Inglaterra y los pocos británicos que se suben al tren de las 11:14 están atónitos. “Nos superan por goleada”, escucho decir a un sexagenario inglés después de ver cómo los suecos no dejan de ir y venir por el pasillo de nuestro vagón. Unos vuelven al vagón bar-restaurante con cervezas en la mano. Los otros imagino que seguirán el mismo ejemplo. “Ah, nos vimos ayer en el pub”, escucho que dice algún sueco cuando otro hincha inglés le saluda.

Tanto ajetreo me recuerda que no he hecho caso a la mujer que me vendió el billete cuando me preguntó si realmente no me importaba no tener asiento. “Ya habrá algún lugar para sentarme”, pensé erróneamente. Pronto una pareja me demuestra que se sienta en el sitio del que confiaba que no me echaría nadie y la revisora me obliga a salir con rapidez. En ese momento, yo no había calculado que hasta 5.000 suecos se desplazarían a Kielce para ver a la selección sub-21 y que muchos de ellos optarían por el ferrocarril. Afortunadamente, al empezar a escribir este texto en las notas del teléfono me acordaré de que había olvidado el paraguas debajo de la butaca por las prisas. Suficiente tuve en dejar el cargador enchufado en el apartamento en el que me hospedo.

El desembarco en Kielce es masivo. Las hordas nórdicas bajan del tren y empiezan a cantar, algunos estimulados por los efectos del alcohol matutino, y desfilan por la larga avenida que conecta la estación ferroviaria con el corazón de la ciudad, situada al este del país. Me uno a un grupo de cuatro chicos nórdicos que no pasan de la treintena y, atónico, no me puedo resistir a preguntarles cuántos compatriotas tienen previsto acudir al partido en Kielce. “Al menos 5.000. Como mínimo”, me contesta Jakob. Como me deja petrificado, siendo esta la primera jornada del campeonato, mi nuevo amigo sueco continúa: “Quizás ayuda que seamos los vigentes campeones, pero siempre somos muchos los que viajamos a los partidos fuera de casa”. A Jakob le divierte mi procedencia, pues él quería aprender castellano y acabó en un pequeño pueblo del País Vasco hace varios años, así que la conversación fluye con naturalidad. Su amigo, Oskar, simplemente me transmite un mensaje muy simple cuando repara en que mi próximo partido es el Italia-Dinamarca: “Queremos que los daneses pierdan. Siempre”.

El centro de Kielce parece Estocolmo horas antes del partido inaugural del Europeo sub-21.
El centro de Kielce parece Estocolmo horas antes del partido inaugural del Europeo sub-21.

A pesar de la multitud de suecos que han tomado la céntrica plaza Rynek, sospecho que todos se conocen. Como si fuera un pueblecito de 5.000 habitantes perdido entre las montañas que se hubiese desplazado en masa a apoyar a su equipo en un partido de Copa ante un rival de mayor entidad. En el tren todos se saludan como si se conocieran de toda la vida: en los vagones, en la cola del baño. También en los restaurantes, donde algunos se encuentran e incluso se abrazan. La marea nórdica se manifiesta de mil modos distintos gorros, gorras, pelos tintados, banderas dibujadas en los rostros, camisetas personalizadas, cascos con cuernos vikingos. Pero siempre con un mismo elemento en común una zamarra amarilla con detalles azules, sea contemporánea o vintage. El punto de encuentro oficial, la mencionada plaza Rynek, es un espectáculo de tonos amarillos que salpican cada esquina. Si le enseño una foto a cualquiera persona que no conozca su contexto, podría pensar que es una imagen de una plaza de Estocolmo a falta de dos horas para un partido decisivo de la selección sueca. Creo que no me puedo llegar a hacerme una idea de cuántos se pueden llegar a desplazar en una fase final de la Eurocopa.

Los aficionados suecos desfilan rumbo al estadio.
Los aficionados suecos desfilan rumbo al estadio.
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Varios hinchas posan para la ocasión.

En Kielce, Suecia jugará como en casa. Más de 11.000 espectadores llenan el estadio de la ciudad polaca, tomada por una multitud de camisetas amarillas después de una marcha desde el centro de la ciudad que ha captado la atención de todos los conciudadanos de esta urbe, que queda perdida a medio camino entre Varsovia y Cracovia. La defensa del título nórdico empieza contra una selección inglesa que no parece dejarse amedrentar por el ambiente, que intenta teletransportar a los suyos hasta Solna o Malmö y que viene aliñado de una lluvia torrencial que deja incluso alguna que otra piedra. Pero lo cierto es que en los primeros compases es Inglaterra quien domina el encuentro. Ataca muchísimo por el sector derecho, donde participa más de lo esperado la gran novedad del once de Boothroyd, Jacob Murphy. Pero sobre todo quien llama la atención es Tammy Abraham, el delantero propiedad del Chelsea que ha brillado en la Championship esta temporada. El ariete inglés gana todas las disputas aéreas, es fuerte como una roca e impone su físico ante los centrales escandinavos. Pero además cae a banda, exhibe zancada y muestra una mayor en los giros superior a la que su cuerpo insinúa. Inglaterra cuenta con una ventaja notable en esa parcela, pero solo es capaz de atacar de forma bastante simple, con un bombardeo de centros laterales de Holgate y Murphy por la derecha. Suecia no se despliega, pero al menos defiende el tipo de acciones en el que se siente más cómodo.

Suecia 0
Inglaterra 0

Suecia parece jugar en casa.
Suecia parece jugar en casa.
El ingenio también está presente en las pancartas suecas.
El ingenio también hace acto de presencia en las pancartas suecas.
La fortaleza física de Abraham genera problemas en los defensas nórdicos.
La fortaleza física de Abraham genera problemas en los defensas nórdicos.

Pero el arreón inglés dura 20 minutos. A la que deja de llover, Suecia agarra la pelota y la empieza a mover con mayor criterio por el sector derecho. El capitán, Kristoffer Olsson, decide que es el momento de intervenir, baja a recibir la pelota y calma las posesiones. Mejora cada jugada que pasa por sus botas y serena a sus compañeros. Activa primero a Tibbling, acompañante en el sector derecho, y luego el central diestro Une Larsson se suma a la fiesta. Larsson incluso es más bajo que el lateral derecho nórdico y no puede competir por físico frente a Abraham, pero luce un interesante manejo del esférico cuando Suecia manda. Es en ese momento cuando Suecia empieza a demostrar por qué se clasificó primera en un grupo que compartía con España y Croacia, dos países con mucho mayor talento individual en sus plantillas. Aunque el partido se empieza a romper en el segundo tiempo. Se encadenan las ocasiones: el delantero de origen polaco Cibicki dispara al larguero; Inglaterra responde con un remate de Baker a la salida de un córner que no emboca dentro de milagro; Suecia replica con un contragolpe iniciado por Tibbling que Carlos Strandberg no transforma ;e Inglaterra replica por partida doble con un tiro de Chilwell que toca en el larguero tras un desvío y una falta de Ward-Prowse que el portero Cajtoft rechaza a córner.

De los centros ingleses del primer tiempo se pasa a un encuentro más abierto en el segundo.
De los centros ingleses del primer tiempo se pasa a un encuentro más abierto en el segundo.
Cibicki disparó al larguero en una de las ocasiones más claras del segundo tiempo.
Cibicki disparó al larguero en una de las ocasiones más claras del segundo tiempo.

En el intercambio de golpes, cuando Suecia podía salir perjudicada al contar con menos calidad individual, Ben Chilwell se fue al suelo para interceptar el avance de Wahlqvist, llegó tarde y cometió penalti sobre el lateral derecho escandinavo. El defensor sueco se encargó de ejecutar el lanzamiento desde los once metros, pero su tiro, centrado y picado, lo despejó con el puño el nuevo portero del Everton, Jordan Pickford, rectificando sobre la marcha. El público nórdico se echó las manos a la cabeza. Habían desperdiciado una ocasión inmejorable para ganar al favorito del grupo en el partido inaugural. Aunque la decepción no evitó que los hinchas agradecieran a sus jugadores el esfuerzo incluso minutos después de acabar el encuentro.

Chilwell derriba a Wahlqvist.
Chilwell derriba a Wahlqvist.
Wahlqvist dispara desde los once metros.
Wahlqvist dispara desde los once metros.
La afición escandinava no se puede creer el error en el penalty.
La afición escandinava no se puede creer el error en el penalty.

Con el pitido final la gran mancha amarilla que ha salpicado Kielce se va dispersando. Una parte importante de la afición desplazada se marcha a cenar y a festejar el punto en los hoteles de la localidad polaca mientras el resto regresa a la estación en el camino de vuelta a Cracovia. Otros noventa minutos, aunque esta vez de viaje. Es en la estación de Kielce donde me reencuentro con Jakob y Oskar, que me saludan desde la parte inferior de las escaleras que llevan al andén. Están satisfechos con el juego del equipo, pero resignados por el resultado a tenor del transcurso de los acontecimientos. Aunque ya iban mentalizados: “Contra Inglaterra, siempre acabamos 0-0”.

Cuando los primeros rayos de sol del día me desvelaron, lo último que esperaba encontrarme este viernes en Kielce eran 5.000 hinchas suecos gritando como locos.

Olsson y los demás jugadores suecos agradecen el apoyo de los hinchas tras el partido.
Olsson y los demás jugadores suecos agradecen el apoyo de los hinchas tras el partido.
Fotografías: MarcadorInt/T.Martínez (todos los derechos reservados).

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Como curiosidad el equipo de balonmano de Kielce, ganó la Liga de Campeones el año pasado y es entrenado por el ex-Balomnano CiudadReal, Talant Dujshebaev, que a su vez ha sido nombrado recientemente seleccionador de Polonia a la vez.

También juega allí el pivote Julen Aguinagalde.

Como disputen finalmente el próximo mundial los suecos, van a llenar Rusia, y más como les toque una sede como San Petersburgo.

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