El sueño de la copa

La afición del Newcastle United celebra un gol en la FA Cup en casa del West Bromwich Albion | Foto: Xavi Heras.

A Mark lo conocí jugando a fútbol. Coincidimos en el equipo de Sunday League (el infrafútbol del amateurismo) al que me alisté nada más mudarme a Manchester. Conocer a alguien implica buscar puntos en común. Te preguntarán por tu equipo, y luego les verás buceando en su memoria, rastreándola hasta encontrar algún tipo de conexión. Laurent Robert en nuestro caso, aunque su zurda dejó sensaciones opuestas en su ciudad y en la mía. No nos convenció, pero dimos por bueno el hecho de que los dos equipos vestían rayas blancas y negras, aunque uno lo hiciese tradicionalmente en su primera indumentaria y el otro en la segunda. Importaba poco, si podíamos lucir los mismos colores en un entrenamiento también podríamos hacerlo viendo un partido del Newcastle United.

Un día me animé a hacer el trayecto de más de tres horas en tren entre Manchester y Newcastle para ver un partido contra el último clasificado, el Swansea City. St James’ Park es un gran estadio pero aquel empate a uno no estuvo a su altura. He de decir que la expresión mi casa es tu casa no la había escuchado nunca hasta llegar a Inglaterra, pero a orillas del río Tyne aquel día, Mark y su gente hicieron porque entendiera el significado. Pura efervescencia. Todo el mundo tenía ganas de hablar y de contar maravillas sobre aquella ciudad y aquel equipo. Con la boca pequeña al principio pero a viva voz según se acercaba la hora del encuentro.

Con un orgullo tremendo pese a las circunstancias. Un orgullo contagioso. Una ciudad volcada con su club de fútbol. Los goles de Alan Shearer, el hat trick de Faustino Asprilla al Barcelona en la Liga de Campeones, Norberto Solano, sus viajes por Europa en la Copa de la UEFA… No había nada actual en esa lista, ni había nada que les hiciese pensar en vivir sensaciones similares a corto o medio plazo. Crecer viendo a tu equipo competir por la liga y resignarse a verlos coquetear continuamente con ascensos y descensos. O peor, el tedio de vivir en mitad de la tabla, en mitad de la nada.

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Estuvimos en el arranque de la Copa de la Liga la pasada temporada en el City Ground de Nottingham. Comimos y nos refrescamos el gaznate junto al río Trent, con el estadio del Forest al fondo. Disfrutamos más de la previa que de un partido que arrancó con un gol local a los 90 segundos en nuestras narices. Mark y Tom, otra urraca afincada en Manchester, agonizaban junto las 3.000 almas que desesperaban ante la inoperancia de su equipo, que se encaminaba hacia una nueva derrota a las primeras de cambio. Debíamos salir pronto del estadio si queríamos llegar a tiempo para coger el último tren de vuelta al noroeste de Inglaterra, pero un gol de Salomón Rondón en el descuento cambio radicalmente el escenario. De la frustración al delirio en lo que tardó el venezolano en controlar dentro del área y enviar el balón al fondo de las mallas con un tiro cruzado.

El volumen de ocasiones generadas por uno y otro equipo no presagiaba una respuesta visitante, y pese al gol en el minuto 92, aún hubo tiempo de ver cómo el Nottingham Forest marcaba dos goles más en el descuento para evitar la tanda de penaltis y facilitar nuestro regreso. Salieron escopetados mis anfitriones con el gol de Gil Dias en el 97. Aquella eliminatoria terminó antes del pitido final, y de repente me encontré trotando por las calles de Nottingham un miércoles de agosto por la noche para tratar alcanzar a mis amigos y llegar a casa lo antes posible.

Donde más disfrutamos fue en la FA Cup. En enero de 2019, los geordies regresaban a Lancashire. Se citaron con el Blackburn Rovers en Ewood Park para discernir quién avanzaba a la siguiente ronda después de empatar en el encuentro jugado en St James’ Park. Nuevamente entresemana, pero esta vez fuimos en coche. Aquella noche fue sobre ruedas. Más de 2.000 personas se desgañitaron cuando el canterano Sean Longstaff marcó de rebote su primer gol con el primer equipo, en el primer minuto del encuentro. Otro joven, Callum Roberts, anotó el segundo gol en el minuto 22 para mi incredulidad. El orden habitual de las cosas se restableció con un gol a la media hora y otro en el 45+1, 2-2. ¿Cómo iba a hacerlo fácil el Newcastle?

Allan Saint-Maximin, de los que intentan cosas. Foto: Simon Moore/Focus Images Ltd.
Allan Saint-Maximin, de los que intentan cosas. Foto: Simon Moore/Focus Images Ltd.

Ritchie estuvo tan cerca de marcar el tercero como de rompernos los dientes. Su trallazo desde la frontal salió rozando el larguero y luego nuestras cabezas. Joselu y Ayoze Pérez marcaron en la prórroga para convertir un hueso duro de roer en una experiencia satisfactoria, algo que no abunda recientemente en el Newcastle United. No le viene bien acumular partidos a un equipo metido en la lucha para evitar el descenso, pero la oportunidad de vivir más noches emocionantes motiva al más seco.

Para esta campaña, Mark ya se había hecho a la idea: que le den a la liga, lo bueno es la FA Cup. Porque pese a los éxitos anteriores, su equipo está muy lejos de disputar la Premier League a los mastodónticos Liverpool, City y compañía. Incluso luchar por un puesto en Europa se antoja imposible salvo un cambio abrupto en la propiedad del club. Y ni así, el gasto no asegura el éxito. La copa ofrecía emociones fuertes, un posible viaje a Wembley y la posibilidad de volver a viajar por el viejo continente. Pero sobre todo la de ganar, la de ser campeón. Algo que el Newcastle no ha sido desde que ganase la Copa de Ferias de 1969 contra el Újpesti Dózsa húngaro.

Ese fue el principal tema de conversación cuando Mark nos reunió a Tom y a mí en su casa para ver el partido de desempate contra el Oxford United en la FA Cup que se cierra el domingo. Ese y mi falta de vergüenza por no ir a Rochdale en la ronda anterior, donde los más de 3.200 aficionados visitantes abarrotaron la grada lateral de un estadio con capacidad para 10.249 espectadores. Aquel día, las urracas volvieron a defraudar empatando contra un equipo de tercera división.

Ganaron en el replay. Como sucedería con el Oxford United tras el empate en St James’ Park. No sin sufrir, a la manera del Newcastle United. Dos goles de ventaja tenían los de blanco y negro en el minuto 83 de partido. En el 94 Nathan Holland forzó la prórroga. Otro 2-2. Pintaba peor la escena que en Ewood Park la temporada anterior, hasta que apareció el ídolo de la hinchada. Allan Saint-Maximin recibió, encaró y soltó un derechazo en la frontal para dar la victoria a los visitantes. Locura en casa de Mark muy a pesar de sus compañeros de piso. Pudo haber sido peor, un tipo se sacó el pene en la grada y le dio vueltas como si de una hélice se tratara para celebrar la clasificación.

“Haces lo que quieras para tener el día libre, pero al partido del West Brom vienes”. Algo así me dijo Mark para despedirse después de disfrazar su hospitalidad de superstición: conmigo en la FA Cup, el Newcastle ganaba. Confirmé asistencia. Otro viaje entresemana, otro impacto al aparecer por la grada y ver la cantidad de gente que había viajado para animar a su equipo. 5.000 personas para ver a los suyos a casi 350km un martes por la noche. Esta vez el partido estuvo a la altura y al minuto 47 ya habíamos celebrado tres goles. Nos vinimos arriba sin importar los dos goles del West Bromwich en el último cuarto de hora, cuando en nuestros planes aparecía ya el viejo nombre del nuevo Wembley. Después de los cuartos de final habría viaje a Londres.

Pero no. Apareció el coronavirus y desaparecieron las aficiones de los estadios. Se truncaron los planes. Sin gente que les empujara en la tarea eliminar al Manchester City, que eran mejores sobre el papel, y al remate lo fueron también sobre el césped. 20 años ha esperado la afición geordie para visitar Wembley en partido de copa (semifinal de la FA Cup 1999/2000, 2-1 contra el Chelsea). Y ahora deberá seguir esperando para poder ver a los suyos en directo y para retomar el sueño de la copa.

Foto de Portada: Xavi Heras

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