La tristeza de despedir al capitán de la selección más alegre

Carlos Alberto Torres beija a taça da Copa do Mundo Fifa,  durante a Soccerex, a maior feira de futebol do mundo, realizada pela empresa britânica Sport Global Management. Essa é a 1a edição do evento no Rio que acontece de  20 à 24 de novembro no Forte de Copacabana. Rio de Janeiro/RJ, Brasil. Felipe Sampaio Quintanilha / Fotoarena

En ocasiones asusta pensar cómo la tristeza y la alegría caminan juntas. Son hermanas. El Brasil de 1970, considerado por muchos el mejor equipo de todos los tiempos, era un equipo de juego profundamente alegre que se recuerda con mucha tristeza, pues no deja de ser la constatación de la triste evolución del fútbol brasileño. Cada recuerdo de 1970 te deja un poco triste, pues esa selección tenía más magia que la mayor parte de las que vinieron detrás. Solamente en 1982 se transmitía la misma alegría. Pero no ganaron. Y en 1970, sí.

La muerte del gran capitán de ese Brasil de 1970, Carlos Alberto, deja detrás una tristeza difícil de borrar. La muerte de una persona asociada a la alegría te deja roto. En la muerte de un poeta triste y pesimista parece existir cierta coherencia; en la muerte de un cantante que arrancó bailes y euforia se produce una sensación de dolor mayor. Carlos Alberto era la representación de la alegría brasileña. Sí, en ocasiones el tópico de considerar Brasil un lugar feliz y bailarín no ha permitido entender un estado complejo, fascinante y con sus esquinas oscuras. Pero ese equipo era realmente alegre y transmitió felicidad. Era el mejor embajador del Brasil. Y ayudó que, en 1970, Brasil fuera un sitio oscuro.

Carlos Alberto, carioca, debutó en el Fluminense, aunque no le entregó su corazón y militó en los otros grandes de Río de Janeiro, como el Botafogo y el Flamengo. Debutó en 1963 y siete años después este lateral de raza ya era capitán de la selección. Nada mal. Igualmente, sus grandes páginas las escribió al lado de Pelé, ya sea en el Santos, la selección o incluso en el New York Cosmos, cuando brillaron más en las discotecas que en los campos. A partir de 1983 se dedicó a entrenar. Empezó bien, con el Flamengo. Luego su carrera se perdió en sitios como Omán, donde no dejaba de ser la imagen del tipo que levantó la Copa de campeón del Mundo de 1970. Ya no era un entrenador, era un recuerdo de un beso. Sí, de Carlos Alberto dicen que fue el primero en besar el trofeo de campeón del mundo cuando lo levantó como capitán.

Carlos Alberto, lateral con vocación ofensiva, fuerte, vertical, técnico, unía el pie delicado del jugador brasileño con esa mala leche que han tenido todos los buenos jugadores del Brasil. Debajo de la imagen alegre por su estilo, cada crack brasileño ha sido un luchador dispuesto a pasar por encima de todos. Él y Pelé se pelearon, a puñetazos, contra uruguayos y paraguayos en partidos oficiales cuando tocó. Los años 60 eran aún salvajes, en los terrenos de juego. Y Carlos Alberto nunca se asustó.

El capitán lideró esa famosa selección capaz de poner en el equipo titular a 5 jugadores que lucían el dorsal 10 en su club. Pura locura ofensiva. En la final, derrotaron a una Italia maravillosa que venía destrozada después de ganar a Alemania en la prórroga por 4-3. Italia aguantó hasta la segunda parte, cuando fue goleada por 4-1. Mazzola contaba que empezaron a perder la final en los himnos: Brasil lo cantó con pasión. Los italianos solían callar, entonces. La moda de cantar himnos es otra herencia brasileña. Antes se escuchaban con normalidad. Y en 1970 los italianos intentaron cantar el himno para no parecer menos que los brasileños. Pero algún jugador ni se sabía la letra.

Carlos Alberto sí se la sabía. Y bien, porque era obligatorio ya que en Brasil se vivía en una dictadura. En este juego de extremos, la creación de la imagen de un Brasil alegre nació en una dictadura militar. En 1970, todo el mundo se enamoró de Brasil gracias a sus futbolistas, así como la música de Jobim y Vinicius de Moraes. Aunque en Brasil, que potenciaba el turismo, mandaba la dictadura del general Médici. Y la dictadura brasileña utilizó el deporte para vender una imagen amable del país, lo que permitió que los jugadores fueran unos privilegiados. Recuperar el título de campeones del mundo en el Mundial de 1970 se convirtió en una prioridad y por eso ofrecían todos los recursos a la Federación, controlada por un tal João Havelange. Havelange escogió como seleccionador a João Saldanha, un periodista que había sido corresponsal en la Segunda Guerra Mundial y militaba de forma clandestina en el Partido Comunista. Parecía un sinsentido que una dictadura de derechas contratase un comunista que hacía 12 años que no entrenaba, pero Havelange confiaba en su talento y confiaba en que la prensa respetaría a un compañero de profesión.

Saldanha levantó un equipo magnífico que ganó todos los partidos de la fase de clasificación. Carlos Alberto ya era titular fijo. El problema residía en que Saldanha denunciaba los abusos del régimen, y a los militares les dio miedo ver cómo un marxista ganaba el Mundial. Así que activaron un plan para derrocarlo y la prensa oficialista lo empezó a criticar. Por si fuera poco, priorizó cuidar el talento de Tostão por delante de Pelé. Y Pelé, siempre amigo del poder, comenzó a criticar al seleccionador. Después se lesionó Tostão y el general Médici exigió que fuera convocado su jugador preferido, Dario Maravilha. Saldanha se negó y, pocos días después, fue despedido. Todos los jugadores de la selección se opusieron a la destitución, también Carlos Alberto…. excepto Pelé. Pelé calló. Siempre fue el más listo cuando se trataba de ganar, ya fueran títulos o dinero. En su lugar, se contrató al experimentado Mário Zagallo, un hombre sin filiación política. Zagallo hizo retoques al equipo de Saldanha y convocó a Dario Maravilha, como quería el general. Aunque Dario Maravilha no jugó ni un solo minuto en el Mundial, claro. Lo jugaron los buenos, como Carlos Alberto. Y en 1970, medio mundo pensó que Brasil era un país feliz, alegre, ideal. Cuando solamente era perfecta su selección. Menudo equipo. Menudo capitán. Menuda tristeza pensar que tanta belleza tapó tanta crueldad. Menuda tristeza pensar que Brasil nunca más jugó como en 1970.

Foto de portada: Felipe Sampaio Quintanilha / Fotoarena, bajo licencia Creative Commons 2.0.

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1 comments

Es curioso como el Brasil de 70 es mucho más reconocido fuera de Brasil que dentro, como el mejor equipo de todos los tiempos. Aquí hay mucho debate incluso si ésta es la mejor selección brasileña que ha habido, y a menudo sacan encuestas de cuál es la mejor, si la de 58 o la de 70.

Yo ha he visto muchas veces a los partidos del mundial de 70, y no me parece que fuera para tanto. El portero Félix era muy flojo (véase el gol que encaja en la semifinal), el central Brito era bastante tosco, el otro central Piazza era un mediocentro reconvertido por falta de opciones, el lateral izquierdo Everaldo era normalito y jugaba por ser más defensivo y compensar un poco el resto del equipo…del medio hacia arriba sí eran todos buenos…

A mi me gusta bastante más la del 82, donde todos 11 eran genios (excepto quizás el portero Waldir y el delantero centro Serginho, que sólo jugó por lesión de dos cracks como Careca y Reinaldo) o incluso la que ganó la Copa America de 97, con Cafu, Aldair, Roberto Carlos, Mauro Silva, Djalminha, Giovanni, Ronaldo y Romário, todos en la mejor (o muy cerca) forma de sus carreras.

Cuanto al tema de Dario Maravilha, hay un poco de leyenda urbana en este caso, todavía hoy se dice que Zagallo sólo le convocó por pedido de Médici, pero el cierto es que era un delantero que marcaba muchísimos goles (uno de los que más ha marcado en la historia) y estaba en gran forma, a pesar de no ser un privilegiado técnicamente.

Finalmente, interesante los datos sobre Carlos Alberto ser el primero a besar el trofeo, y los brasileños los primeros a cantar el himno. Soy brasileño y no los conocía.

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