Cagar fuera de casa

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V. siempre dice que no caga fuera de casa. Es una de esas manías que se vuelven mandamientos. Él sostiene que no es una elección, sino algo que le viene impuesto por la naturaleza. En el trabajo no se le ocurriría jamás. Cagar en la oficina es como matar a alguien: es imposible hacerlo sin dejar pistas. Imagina que no hay ventilación y entra alguien después de ti. Imagina que dejas frenazo o derrape y la escobilla no puede borrarlo. Imagina que te quedas sin papel higiénico. ¿Y en un bar? “Imposible concentrarse”, dice, como si cagar fuera estudiar en una biblioteca. El chof-chof del suelo, alguien que te aporrea la puerta o las gotitas en la taza del que ha pasado antes son ingredientes suficientes para que V. solo cague de local.

Todo es más difícil fuera de casa. Algunos tienen la teoría de que si comes en un restaurante o en el trabajo, y más con compañía, no disfrutas igual la comida. Hay quien argumenta que lo de emborracharse es mucho mejor en el sofá. O quien solo ve películas en su televisión. Por no hablar del teletrabajo, con el que algunos han descubierto el mejor placer gratuito que nos puede brindar la humanidad: teclear con un pijama de Snoopy y una bata de cuadros azules y blancos.

Hasta esta semana, al menos según el criterio de la UEFA, entre las cosas que costaban más hacer fuera de casa estaba marcar un gol. Se le daba más valor al tanto que se anotaba lejos de tu estadio. Y desde ahí se impuso una de las grandes verdades-mentiras del fútbol: el valor doble del gol como visitante. Que el gol fuera de casa valiera doble no era del todo cierto, porque ese gol no se multiplicaba por dos. Tampoco era del todo falso, porque en caso de empate sí que valía más. Era un gol extraño, difícil de catalogar, que pertenecía al mundo de la ficción. El gol doble fuera de casa era uno de lo muchos espejismos que tiene el fútbol.

Como buena mentira, gracias a él experimentabas una de las sensaciones más placenteras. Marcar fuera de casa era como abrir la cartera y encontrar el dinero justo para pagar un paquete de tabaco. Marcar fuera de casa era llegar a la parada y ver el autobús al final de la calle. Marcar fuera de casa era encontrar aparcamiento justo enfrente del portal de tu casa. No encajar en tu estadio te hacía sentir invencible. Con el 1-0 parecía que te había tocado el bote del Euromillón. Te ponías a sumar como si estuvieras en la calculadora humana de Saber y ganar. ¿Y marcar fuera de casa? Incomparable. Qué valor doble, tú sentías que eso valía triple. Te ibas a dormir más contento si tu equipo perdía 4-1 que 1-0. Habías marcado fuera de casa, la gran promesa del fútbol.

Como tantas otras cosas, el gol fuera de casa ha muerto. El cadáver todavía está fresco y aún no sabemos cómo reaccionar. ¿El 1-0 es un buen resultado? ¿Si ahora gano 1-2 también tengo un pie y medio en la próxima ronda? Es ir a contracorriente, como cuando te miras a un espejo o como si de golpe te dijeran que ya no eres diestro. El gol fuera de casa ha muerto en el fútbol pero vivirá en tu cabeza. Será un tic, una manía imposible de desprenderte. Un mandamiento, más o menos como el de V.

Imagen de portada: Marcadorint

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4 comments

Cagar en la oficina es como matar a alguien: es imposible hacerlo sin dejar pistas.
Sublime. Por eso hay que usar cerillas.

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